Columnistas

Portazo al profesor
Autor: Sergio De La Torre
29 de Enero de 2012


Y la misma ambición, grande o pequeña, que mueve a cualquier político profesional, sobre todo al que hace de predicador, ascético, translúcido, ojalá algo desaliñado, para mejor posar de redentor, que es lo que más réditos deja en el oficio.

La praxis política, como trajín de cada día, tiene unas reglas básicas, no escritas, de forzosa aplicación, no solo para lograr triunfos y descollar, sino apenas para mantenerse a flote.


También tiene sus reglas cualquier otra actividad, mínimamente competida, desde la del zapatero remendón hasta la del poeta incomprendido, sin excluir a los chamanes, hoy tan de moda en nuestro medio.


Mockus, este profesor con aires de filósofo, creyó que su monserga embrollada  (que le sirvió para hacerse elegir dos veces a la alcaldía de Bogotá y obtener luego una robusta, prometedora votación enfrentado a Uribe por la Presidencia) le alcanzaría para seguir deslumbrando al electorado.


Pero se equivocó: el elector acabó desengañándose al percatarse de que detrás de la entrega y fervor que denotaba el novel profeta, afanado en imitar al galileo en sus primeras comparecencias por Palestina, no había sino jactancia y egocentrismo.


Y la misma ambición, grande o pequeña, que mueve a cualquier político profesional, sobre todo al que hace de predicador, ascético, translúcido, ojalá algo desaliñado, para mejor posar de redentor, que es lo que más réditos deja en el oficio.


Pero el lituano ilustre bien pronto olvidaría las reglas. La primera de las cuales es la de la coherencia: hay que ser consistente con su propio partido, tanto más si se es el fundador, que debe ser el primero en observar la disciplina que toda agrupación requiere, siquiera para existir. Y la segunda, derivada de aquella: la lealtad.


No la lealtad verdadera, que ya es mucho pedir, y que en política no existe (como no existe tampoco, por una imposibilidad estructural, en la vida de los negocios, donde rige el principio hobbesiano de que “el hombre es lobo del hombre”, aún en los estadios más avanzados e idílicos de la civilización, o en las sociedades que se presumen las más cristianas) no la lealtad verdadera, que no existe, digo, sino apenas la aparencial, que es dable practicar sin riesgo de perder brío y hundirse en aguas así de sucias y procelosas.
Pues bien. A Mockus le obligaba apoyar a Peñalosa por pura y elemental lealtad, y en reciprocidad obvia, dado que éste ya lo había hecho en la contienda presidencial anterior, en que al profesor no le fue tan mal, a pesar de sus yerros, brumas y distracciones.


Él provocó la derrota de Peñalosa y con ella la de su partido, por mucho que trate de limpiarse con la excusa pueril de la adhesión de Uribe. Desde un comienzo todos supimos que el profesor en su entorno no soportaría a nadie que le hiciera sombra.


Así pues que quien seguía siendo una alternativa para cualquier momento en el futuro, ya dejó de serlo. Cuando la deslealtad, que, como lo vemos a diario, en sí misma es indisociable del quehacer político, se manifiesta de forma tan cruda y ramplona, el pueblo la cobra con el desdén o con el olvido. Sus camaradas de antes saben además que el ex alcalde bogotano, en su errabunda y solitaria situación actual, suma poco en comparación con lo mucho que restaría su veleidad incurable y esa idea exagerada, providencialista, que tiene de sí mismo.


De ahí el portazo que acaba de recibir ahora que intenta retornar. La política tiene su lógica. E, insistimos, sus leyes inescapables, aún en un partido tan joven y liviano como lo son los verdes colombianos.