Largo & Ancho
¿Actualizar la novena de aguinaldos?
Autor: Rubén Darío Barrientos
17 de Diciembre de 2009


No existe nada igual a ver la familia congregada en torno a la proximidad de la novena de aguinaldos, durante estos nueve días decembrinos que comenzaron ayer. Y en esa comunión entre fe y remembranza, los niños son amos dichosos de una época que se ve más hermosa y que rutila con intensidad, porque estas fiestas saben a encuentro, a unión, a cercanía y a pensamientos bellos y generosos. Navidad es navidad. Para sentirse más acompañados o para descifrar el enigma de la tristura, que no falta en la evocación.

El creador de la novena de aguinaldos fue Fray Fernando de Jesús Larrea, un franciscano quiteño. La escribió a finales del siglo dieciocho por petición de Clemencia Gertrudis de Jesús Caycedo Vélez Ladrón de Guevara de Aróstegui (¡kilométrico nombre!), la fundadora del Colegio La Enseñanza de Bogotá. Ya en el siglo diecinueve, la Madre María Ignacia –cuyo nombre de pila era Bertilda Samper Acosta, nada menos que hija de José María Samper y de Soledad Acosta- religiosa ídem, la retocó en cuanto a ‘la oración al niño Jesús’ y le compuso los consabidos ‘gozos’.

Territorialmente, la novena de aguinaldos es una costumbre católica de Colombia, que resulta ignota para otros países que, incluso, profesan la misma religión mayoritaria. Se vive ansiosamente cada 24 horas y se acicala con los villancicos tradicionales, con las panderetas caseras, con los obsequios de natilla, buñuelos y hojuelas, y con las lecturas de sus textos sagrados, que se hacen como un colectivo, por el que desfilan los chicos y los grandes.

Es toda una teología de la navidad, que sabe a tradición. Forma parte de la espera, porque se precipita luego de muchos días de ansía, dado que el pesebre y el árbol cada vez se arman con mayor antelación: en muchos casos cuarenta y cinco días antes de la Nochebuena. Rejuvenece el espíritu y despierta la creatividad. Todo se vale, en tratándose de graficar la pobreza evocativa de la cuna del Niño Jesús y la humildad de esas pobres y humildes pajas de Belén.

Se pregunta uno, al margen de tan insignes recuerdos, ¿si los textos de la novena son verdaderamente inteligibles, especialmente para la población infantil, que es la que más disfruta y saborea esta especie de catequesis bíblica? ¿O si los entenderán tantos y tantos campesinos, que lejos del ruido se integran en torno al pesebre para leer con fruición los contenidos ya relatados? ¿No será que así como la Madre María Ignacia, se requiere que alguien docto en la materia, les haga una refacción y contemporice los textos, los vuelva más digeribles y los nutra de mensajes más contagiosos?

¿No les parece que expresiones como: “debemos datar la genealogía del Eterno”, “El Verbo Eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada”, “María está engolfada en la oración”, “Pronunciase el Fiat que debió ser melodía para sus oídos”, “Gozaría de esa visión beatífica terrestre”, “Aquellas negativas que eran el preludio de sus humillaciones venideras”, “La bóveda de los cielos aparece purpurina”, “Oh Adonaí potente que a Moisés hablando”, “Presentas al orbe tu fragante nardo” y otras muchas, son poco entendibles para los infantes, algunos adultos y cientos de personas del campo?

Bajo el título de ‘Novena de Vida’, la edición de El Espectador del pasado martes, nos acaba de regalar unos textos sencillos y claros, que si bien es cierto que no se equiparan a un novenario como el que nos ocupa, sí son un reflejo de un ejercicio de lecto-comprensión plausible. Daniel Samper Pizano, hace treinta y cinco años, habló de ‘palabras arcaicas en la novena’. Es verdad ello. Valdría la pena que alguien, proveído de la fe y de la intelección, revisara con el máximo respeto los textos y nos deparara para el entrante año una redacción que fuera más universal y que llegara a los corazones con mayor penetración y fuerza cristiana. ¿No les parece?