Columnistas

El caso Akerman
Autor: Rubén Darío Barrientos
19 de Febrero de 2015


El pasado martes, los lectores de prensa (es verdad de a puño que los articulistas leemos varios diarios, por supuesto), vimos que la columna de Yokir Akerman en El Colombiano terminó con una nota de la dirección, que rezaba:

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El pasado martes, los lectores de prensa (es verdad de a puño que los articulistas leemos varios diarios, por supuesto), vimos que la columna de Yokir Akerman en El Colombiano terminó con una nota de la dirección, que rezaba: “Este diario promueve el debate desde el respeto y la argumentación. Consideramos que esta columna se aleja de estos principios. Para el autor, no publicarla implicaría su renuncia. La publicamos y aceptamos su renuncia”. El artículo se titulaba “Enfermos”. Para quien esto escribe, los días de Akerman estaban contados en El Colombiano, pero no presagiaba que fuera esta semana y de esta manera: rebosando aún más la copa de la dirección del periódico.


Se filtró que la cabeza editorial del diario, Martha Ortiz Gómez, lo llamó –cuando conoció el destemplado texto– para invitarlo a escribir una nueva columna o para bajarle el tono al contenido, pues estimó que conllevaba una fuerte ofensa para los lectores. Es un derecho bien ejercido por un director, cuando se franquea la línea cuidadosa del medio. Dicen los analistas que conspiró la frase “dios estaba equivocado”, incluida en la columna, dado que dejaba al descubierto un par de sacrilegios: el primero, que al escribirse dios con minúscula, había una ironía inaceptable y que al calificar de errado al ser superior, se atropellaba un principio religioso férreo. Además, el artículo incluía unas citas bíblicas fuera de contexto, que requieren temporalidad, hermenéutica y sindéresis para su comprensión.


Yohir Akerman, es hijo de Amalia Lú Posso Figueroa, una escritora y poeta militante  de las juventudes comunistas y briosa líder estudiantil, y de Moritz Akerman, recordado como un mediador entre las Farc y el gobierno de César Gaviria, en un proceso de paz fallido. Éste, también fue militante del partido comunista. Es dable entender que Yohir tuvo un entorno hogareño de librepensador y de iconoclasta de las ideas tradicionales, que ratificó como politólogo de la Universidad Nacional. Su llegada a El Colombiano se cuaja por las calendas de 2008, cuando ejercía la dirección la actual senadora del Centro Democrático, Ana Mercedes Gómez Martínez. Un poco más de seis años se mantuvo el indomable libelista Yohir, en un medio confesional y que aunque pluralista a esta sazón, tiene una línea editorial de comando.


Estoy recordando al inolvidable Guillermo Gaviria Echeverri, cuando en una de las reuniones con columnistas, nos dijo: “Los enemigos del periódico los pone el director y no los columnistas”. Cae como anillo al dedo esta sentencia de ese hombre eximio, porque El Colombiano estaba afrontando muchas dificultades con este articulista tan irreverente. Y hay que decir claramente que solo tenía tres temas en su magín: atacar a la iglesia católica, burlarse del procurador Ordoñez y denigrar de Álvaro Uribe. Algunos críticos dicen que fue “despedido”. No hay tal. Solo se despide a un empleado, simplemente no se le brinda más el espacio para su columna. Akerman fue entrevistado por todos los medios capitalinos y habló mal de quienes les brindaron acogida y poder de aguante. 


No solo atacó íconos de la mayor cauda de lectores de El Colombiano, sino que tuvo diatribas contra el leído columnista Raúl Tamayo, a quien con bajeza le puso frases descontextualizadas sobre las AUC de Urabá, mostrando su maledicencia. Juan Gómez Martínez también tuvo su rifirrafe con él. Ya el periódico antioqueño, había afrontado otra pelotera con un columnista insolente, que se metió con los dueños (Jaime Andrés Jaramillo) y que terminó acertadamente apeado del medio. Una cosa es disentir, contradecir u opinar diametralmente de forma opuesta a un tema específico. Pero otra cosa bien diferente es irrespetar, deslenguarse y romper la barrera editorial. Solo en Colombia, hay dos medios que publican columnas de cualquier corte y sin ningún reparo: Semana y El Espectador. De resto, todos los medios exigen la sensatez de no ir frenéticamente contra-corriente editorial. Queda el ejercicio académico y la moraleja de este impase. Para mí, la decisión estuvo bien tomada.