Palabra y obra

Víctor Gaviria, tras la belleza de la marchita Margarita
Autor: Daniel Grajales
9 de Octubre de 2015


El mal es tan grande que puede manifestarse de muchas maneras. Hasta puede llegar sensual y atractivo, para seducir las papilas cinéfilas de un director.


El mal es tan grande que puede manifestarse de muchas maneras. Hasta puede llegar sensual y atractivo, para seducir las papilas cinéfilas de un director.


Y  Víctor Gaviria lo sabe. A él se le apareció primero Verdugo de verdugos, libro de Fabio Restrepo que cuenta la maldad de su hermano Famer, pero el destino se encargó de desbancarlo como protagonista de su nueva película.


Todo fue culpa de ella. Bella, inocente y sobreviviente al conflicto, capaz de entregar su cuerpo a ser sin escrúpulos: La mujer del animal, relato que el cineasta de Medellín, recientemente nominado al Premio Fénix a la Trayectoria, escuchó hace once años, y hoy, sentado en su casa en Envigado, a escasos metros de sus armas de guerra: las casi diez cámaras que lo han acompañado en el combate de contar lo que se vive en las comunas de Medellín; eriza su piel y le quita el aliento.


“Ahora sí me voy a dedicar a ser director de tiempo completo”, es lo primero que le aseguró a Palabra y Obra, para referirse a su adiós al cargo de director de Festicine Antioquia, de los festivales de Medellín y Santa Fe de Antioquia, con lo que promete saludar un momento crucial en su trayectoria cinematográfica. 


¿Cómo llegó La mujer del animal hasta el cine de Víctor Gaviria?


Esta historia me la contaron en el 2004. Íbamos a hacer una película sobre un justiciero de barrio, basado en el libro Verdugo de verdugos de Fabio Restrepo; pero dudé de si era el personaje, a uno también le da miedo elegir un personaje y equivocarse con él.


En ese momento, me presentaron a La mujer del animal, una señora humilde, sencilla, de 52 años, que nos mostraba la maldad tan impresionante que se tomó el barrio Popular en los 70 y 80. Ella nos hizo un resumen del animal en unos minutos, que me dejó impactado.


Volví a entrevistarla después y ahí asumí la misión de contar lo que había quedado como un secreto para ella: se la habían robado, no había elegido ser la mujer de nadie, le habían dado escopolamina y había vivido siete años con un tipo que había decidido que fuera su mujer. 


Se llama Margarita. Siempre se pregunta a ella misma: ´¿Por qué nadie dice que se dio cuenta de lo que me pasaba a mí?, todo el mundo me dice ¿cómo así, pero usted no le tuvo tres hijos a él?´ 


Y ahí decidí que debía hacer un relato en el que los testigos fueran muy importantes. Es que fue casi una esclavitud, durante siete años, en un barrio. Cuento cómo ellos fueron cómplices de El Animal, que no les importaba cómo vivía ella, que la cobardía les impidió actuar.


Quiero que la película no sólo indague sobre El Animal y la víctima, por cómo convivieron, por si a ella le gustaba que la maltrataran, sino por el proceso de los testigos, para que se entienda cuál fue la relación que hubo entre ellos: él en su propio delirio y ella sin poder saber por qué la vida la había elegido para vivir todo eso. 


Espero que en la película esté lista, con música y colorizada, en diciembre. La idea es, en enero o febrero, estarla mostrando en festivales, vamos a ver si nos invitan a Cannes. 


Catorce años hace que usted no rodaba una película, ¿cómo fue esta vez el proceso con La mujer del animal, en qué va el proyecto?


Va muy bien la película, ya llevamos más de una hora de edición. Va a ser, creo, que de dos horas de duración. Desde el 2001 no rodaba, y ahora viendo el resultado puedo decir que pude tener control como director, a uno lo que más miedo le da es que no tenga el control por las presiones del fotógrafo, de producción, el plan de rodaje, que se vio afectado por las torrenciales lluvias el año pasado. 


¿Cuándo siente que está perdiendo el control?


Se pierde el control cuando no se hacen los planos que necesita, no cuenta las cosas que necesita, cuando no se hacen los énfasis. Es importante que el espectador vea que hay un director detrás, que no es solamente una serie de movimientos de los actores, sino que en cada secuencia se está diciendo una cosa. Afortunadamente lo tengo, ahora que estoy viendo el material y editamos, veo un director. 


¿Cuéntenos quiénes son los protagonistas de su nueva película y cómo los eligió?


Me imaginaba de muchas maneras a la protagonista. A veces pensaba si realmente iba a encontrarla. Duré dos años buscándola. 


Encontré una niña de Apartadó, Antioquia, hace tres años, cuando eso tenía 18 años. Todas las mujeres con las que hablaba habían tenido experiencias con otros ‘animales’, como sicarios, tíos, sobrinos, padres, abuelos, muchas historias tristes, toda una enciclopedia del abuso; pero ella me contó algo con mucha sensibilidad. 


La protagonista de La mujer del animal se llama Natalia Polo, vino a Medellín hace cinco años y ha tenido que vivir al día, preguntarse si tiene pasajes para ir a estudiar, viene de una familia humilde, pero con una lucha tremenda, es el símbolo de la gente que todos los días en Medellín se busca un espacio.


La búsqueda de El Animal fue también muy difícil. Un amigo mío me llamaba a decirme que había visto a El Animal, que era un conductor de una buseta de Rionegro. Un día, faltando un mes para el rodaje, llegó con él. Yo tenía gente que había vivido el mal, pero físicamente eran muy menudos, y había secuencias en las películas donde él coge a la muchacha y se la tira en la espalda y sube una montaña con ella, de lo primero que se me quedó de la historia de Margarita; entonces apareció mi amigo con Tito, El Animal de mi película, tenía esa imponencia: muy peludo, muy fuerte, grande, que había estado en malos pasos, y se había salido de la delincuencia.


Usted vuelve a tener a Medellín como locación, a una mujer como protagonista, actores naturales y una problemática social, ¿qué es lo nuevo, cuál es la apuesta de esta obra?


No es una película minimalista, hay cosas que el minimalismo no puede dar, así lo quisiera, por lo que esta es una película complicada, en la que los personajes se transforman durante siete años, donde hay todo un universo alrededor. 


Por primera vez, hicimos una historia en la que nos pusimos a prueba como narradores y como cineastas, ya que comenzamos a narrar una historia compleja, difícil, del imperio de un tipo en una comunidad, en una familia. Además, lo que me propuse hacer todo el tiempo era hacer una puesta en escena en la que no sólo importaran el victimario y la víctima, porque siento que los victimarios se han vuelto protagonistas de todos los relatos. Es válido mirarlos como quienes son protagonistas porque son amorales, pero ese poder, en sociedades desprovistas de poder, también merece ver a las víctimas. 


¿Cómo llegó hasta el barrio Nuevo Jerusalén para grabar la película,  por qué seleccionó este territorio limítrofe entre Medellín y Bello?


Es una película de los años 70, una cuestión de época, no teníamos mucha plata ni un equipo muy especializado para hacer época, por lo que buscamos un barrio de invasión. Esa atmosfera de pobreza de un barrio de invasión es el mismo hoy que hace cuatro décadas. 


Nueva Jerusalén es un barrio de Bello, en los límites con Medellín, que en su imagen física y en su dinámica social de invasión representa el Popular en los 70. Rodamos el 90% allá, y el 10% fue en un internado y en una finca, en Ebéjico. 


Nosotros entramos a través de las corporaciones sociales del sector. Las fundaciones Casa Mía y Nueva Generación hacen un trabajo de convivencia.


Para entrar a hacer cine hay que aceptar las reglas del juego. Desde que hicimos casting en la ciudad, en diferentes barrios, tuvimos que tener permiso en los diferentes barrios. 


¿Medellín sigue viviendo realidades difíciles en sus comunas, como sucedía hace treinta años, cuando grabó Rodrigo D no futuro?


Sí. Es lo que siempre he hecho. No lo había pensado así, pero siempre que he hecho una película he tenido que estar bajo el control de un grupo, porque estamos con nuestros equipos, esta vez tenías dos camiones de cámaras, dos de luces y vestuario, nuestras cámaras Alexa.  Es casi que un cogobierno, una tributación por la vacuna, de barrios que día a día son construidos por la gente, donde se convive con una dinámica social muy hermosa. 


Medellín es una ciudad que, según estuve investigando, es 70% informal, entonces hemos visto los procesos de descuido, los lugares oscuros de la ciudad.


El cine colombiano últimamente no ha tenido mucha recuperación. Eso sólo se da en el cine que hace por ejemplo Dago García. 


Hubo un momento en el que intenté buscar recursos, se la mostré a los productores de La sirga, a la gente de Dínamo, busqué por todas partes, pero no. 


Entonces, me gané el premio de $700 millones del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, con lo que pude hablar con productores y decirles que teníamos algo. Servisoft si creyó en nosotros, y puso $400 millones. Pero necesitábamos más, con lo que buscamos con Polo a Tierra, PAT, que pusieron $1.500 millones más. 


Sabemos que fue difícil recaudar el dinero para hacer la película, aunque se crea que a un director con su trayectoria no le pasaría...


Esta es una de esas películas que de parte nuestra no tiene expectativas comerciales. Lo único que queremos es que la película exista, nos dé la oportunidad de escribirla. 


Aun así, tenemos la esperanza de que la película sea vista. En este momento no puedo aspirar a un éxito tremendo, con La vendedora de rosas tuvimos cerca de 700.000 espectadores, ahora aspiramos mínimo a 400.000 espectadores, es que las películas están haciendo 80.000. Esa curiosidad que el cine tenía de estar tocando el conflicto, la marginalidad, toda la exclusión ya la tomó la televisión, porque vio que el público quería verlos. 


Muchos dicen que estos temas están estereotipados, ¿qué opina?


El mal es estereotipado. La preocupación es humanizar el mal. Yo le mandaba el guion a una amiga mía mexicana, Marcela Fuentes, guionista, y ella me decía que había que humanizar el mal, pero llegó un momento en el que me di cuenta de que el mal no se humaniza, es un ser que existe entre los hombres, que no es de matices, va de frente y se regodea de ser el mal. Encarnar el mal era mucho mejor.