Tres novelas colombianas, joyas literarias indiscutibles

Autor: Lucila González de Chaves
20 octubre de 2019 - 10:08 PM

Es hora de comprobar también que la novela tuvo en el siglo XX la preeminencia en el continente americano, por su individualidad, su riqueza temática y su formidable arrogancia

Medellín

1. Los años de la asfixia

Esta novela representa veinte años de paciente labor intelectual del escritor costeño, José Stevenson (1932 – 2013): dibujante de publicidad en Nueva York; profesor de Historia del Arte en la U. Jorge Tadeo Lozano; de diseño artístico en la U. Nacional, y de poesía contemporánea y literatura medieval en la Gran Colombia. Los años de la asfixia recoge episodios de su vida de estudiante en Bogotá; se desarrolla en la década de 1950 a 1960 en la zona urbana, y su atractivo no es la historia en sí, sino la forma de narrarla, la habilidad con que el autor evoca los personajes, presenta el ambiente y refleja las situaciones. Esta obra sirve de escape y compensación a esa vida gris, o negra, de los “años de la asfixia” de nuestra república.

La vida del colombiano ha sufrido profundas transformaciones y dolorosas experiencias. Esta novela es un testimonio de uno de esos hechos: la muerte de un gran número de estudiantes ocurrida en 1953. El ambiente es esencialmente inquietante, inestable, en peligro. Realidades oscuras, contradictorias, expresadas en forma desconcertante (diálogos intercalados en la narración que no sabemos a quiénes pertenecen, saltos hacia atrás, encuentro del primero y el último capítulos, como si fuera una novela circular.

No hay mensajes claros, el lector debe penetrar en un laberinto sugestivo, insinuante. Como casi en toda novela de mediados del siglo XX, en esta obra está incompleta la presentación de los personajes y del escenario, por tanto, el lector debe completar idiosincrasias y espacios. De este libro están ausentes las fábulas, los dogmas, los espejismos cargados de artimañas, los trucos…

No hay frases espectaculares, ni filosóficas; tampoco decisiones fundamentales; pero sí, mucha riqueza de expresión. Es esa trama apasionante y apasionada que es la vida del estudiante.

Lea también: William Ospina, novelista poeta y ensayista de altísimos méritos

Toda la obra es el testimonio de una época desastrosa de nuestra historia política. Hay un circuito que se abre y se cierra en esos años oscuros, trágicos, asfixiantes.

Es literatura asumida en el terreno de los hechos, no en el de las abstracciones; amasada con llantos, gritos, tiroteos, muerte, desolación…; vidas de estudiantes, que por el solo hecho de serlo constituían un desafío. Es como si la mala conciencia de gobernantes y su desprecio y persecución a la juventud, obligaran a esta a extremar su denuncia, su inconformismo, a levantar un registro de los males que, en esa década, aquejaban a los colombianos.

Leamos con horror:

“Contra las paredes de los edificios, unos sobre otros, amontonados como un nudo humano, vimos en el extremo de la calle, los cuerpos abandonados e impregnados de aquel hálito siniestro, moribundos, aún tibios, con los entresijos palpitantes, bajo los estallidos y estruendos que ahogaban los estertores. Llorábamos. El llanto, todo el llanto del mundo, no lavaría jamás esa sangre. Tirados en el suelo, apenas a unos cincuenta metros de distancia, veíamos las siluetas de soldados armados, apuntando, difusos en el humo espeso…... “Corrimos, resbalamos, saltamos por encima de más de un cadáver. …. Se caía, se paraba, se volvía a caer, se reptaba sobre el vientre, miserablemente, en busca de una salida, entre palos, trozos, banderas, trapos sucios y pedazos de ladrillo. Avanzamos, cara al suelo…; habríamos jurado que ese día no había existido el cielo. ¡Santo Dios! ¿Qué era el tiempo en ese instante?, ¿en ese momento? Mirábamos en los ojos de los demás nuestra propia impotencia (…).”

“Después de esto ya no duele la muerte, parecía que nos lo decían todos los despojos en ensordecido, en alocado aullido, con ojos desmesuradamente abiertos, fija la pupila, crispados de pavor, paralizados por el terror, o acaso, eran un gesto ya sin vida”.

“Retumbó la segunda descarga: queríamos escondernos, ocultarnos detrás de nosotros mismos; llovieron las esquirlas, giró el espacio, giró el mareo. ¿Dónde estaban los puntos cardinales? No había dirección, cada dirección conllevaba una elección: del caos, de la rabiosa mordedura, del remolino que quebrantaba los huesos, de ese continuo rotar vertiginoso de espejos que multiplicaban y aceleraban la turbamulta al garete. ¡Que no puede ser!, no puede ser, no lo creíamos, pero lo sentíamos, en la calle, en la humareda: donde el humo gris se mezclaba de una manera etérea y delicada con el humo azul, con la niebla, con el alarido […]”. (pp. 46- 47).

Es un nuevo estilo de novelar. Es hora de comprobar también que la novela tuvo en el siglo XX la preeminencia en el continente americano, por su individualidad, su riqueza temática y su formidable arrogancia.

 2. La rebelión de las ratas:

Esta novela obtuvo el premio “Selecciones en Lengua Española, 1962”, otorgado por la editorial Plaza y Janes de Barcelona, al escritor Fernando Soto Aparicio (1933 – 2016).

La rebelión de las ratas es la disolución de un hogar desarraigado, el de Rudecindo Cristancho, quien abandona el campo, y va con su familia a Timbalí para trabajar en la Empresa Carbonífera, en donde cree conseguir dinero y bienestar.

Pero, Rudecindo ignora que son los obreros quienes lo pierden todo frente a la técnica y la civilización. Son ellos los que dejan de ser humanos y se convierten en una ficha, en un número, y el hambre y la miseria rondan a sus seres queridos.

Rudecindo fracasa al no ganar lo suficiente para calmar el hambre, y debe trabajar en circunstancias infrahumanas. Además, las desgracias morales penetran a su tugurio. Su hija de quince años es seducida por el tradicional “don Juan”, que en este pueblo de extranjeros explotadores, se llama “El Diablo”.

Su hijo de doce años, alienta en su pecho los más negros sentimientos de venganza, al ser testigo, diariamente, de las desgracias económicas y morales de su humilde familia.

La esposa de Rudecindo muere de hambre y de falta de recursos contra la enfermedad que la acosa; y él, el esposo, pierde su propia vida en la revolución de los mineros que piden pan, justicia y mejores salarios. Los hechos suceden entre el 10 y el 29 de febrero, y los acontecimientos de cada día conforman los capítulos, separados entre sí por la fecha de cada suceso.

El autor no omite ningún detalle al presentar la miseria y el único refugio que les queda a estas pobres “ratas”: el alcohol, frente a las desgracias que les acarrea la falta de sensibilidad social de los patronos, que no quieren ver las angustias de sus trabajadores.

Esta novela es un “Yo acuso” de muchas circunstancias en las que se encuentra gran parte del pueblo colombiano. Gentes humildes, atraídas por las propagandas y las promesas, dejan sus campos, la paz de sus modestas viviendas, y se van, confiados, a las ciudades en donde van a carecer de abrigo, de pan, de protección; a vagar por las calles expuestos a la droga, a la prostitución y a todo tipo de corrupción.

Otros llegan, y deslumbrados por las poderosas empresas, entregan su esfuerzo, su vigor, su vida, su familia, por un menguado salario, y acaban como Rudecindo y los suyos, desprotegidos de todo alivio económico, social, moral y sin ningún soporte para su salud.

Le puede interesar: Santiniketan morada de la paz

 3. El otoño del patriarca

Uno de los aspectos más significativos en esta extensa obra de Gabriel García Márquez (1927 – 2014) es la importancia que dada a la mujer: todo gira a su alrededor; nada se mueve sin su influencia. En El otoño del Patriarca, el octogenario dictador, que ha vivido más tiempo del que cualquiera pueda recordar (más de doscientos años), y que representa todas las dictaduras de América Latina, es cruel, absoluto y déspota. Su consejera y confidente es su madre Bendición Alvarado. En la obra la figura del padre no existe, por eso su único punto de referencia es su madre; es con ella con quien el tirano siempre encabeza su soliloquio confesional: le interesa que ella lo comprenda, lo justifique, lo absuelva: el dictador arrastra su “Edipo” a lo largo de toda la novela. Luego está la ex monja, Leticia Nazareno, que se convierte en su esposa, quien le enseña modales de comportamiento, lo pule, lo refina. Con ella tiene un hijo a quien educan como a un príncipe.

Paralelo al tema de la carencia de padre, está el de la exaltación del machismo, que dentro de ese mundo amoral, aparece como valor único y supremo, encarnado en la figura del tirano. Lo que más lo hace feliz es su “apetito bárbaro de mandar”, su necesidad de ser obedecido y de poseer el mando siempre, inclusive, para canonizar santos por decreto. Cuando pregunta qué horas son, sus gentes le contestan: “las que usted ordene mi general” (p. 92).

La escritora colombiana Laura Restrepo opina: “Uno de los mayores logros de esta novela consiste en que esta historia prosaica de un anciano, incluye dentro de sí, y refleja la historia de América Latina. Hay un momento clave que abre toda la dimensión histórica: presenta, simultáneamente, en el mar del puerto, el acorazado de los infantes de marina norteamericanos, y las carabelas de Cristóbal Colón. Esta escena, lograda mediante la utilización del tiempo que podríamos llamar “sincretismo temporal”: superposición de diferentes tiempos y momentos históricos, ubica a la novela y todo su acontecer dentro de un contexto histórico preciso: el de la dependencia, sintetizada aquí en dos de su momentos determinantes, la conquista española y la dominación norteamericana. ….. es la historia del coloniaje y de sus diversas manifestaciones (…)”.

El dictador se derrumba y frente a la ocupación del país por los marinos extranjeros y la venta del mar a un país extraño, desesperado, pide con angustia: ¡Llévense todo, pero déjenme el mar!

Y…. ¡se le llevan el mar! Solo queda la desolación representada en los cuervos, las vacas y las inmundicias que se apoderan de su palacio; todo esto lo contempla con estupor la multitud, que penetra en el palacio en ruinas y encuentra muerto al dictador.

Es una parodia grotesca de una realidad, que García Márquez golpea, mediante la ironía trágica y el humor negro. Se ha dicho que el Patriarca solo es un fetiche, pero su existencia real la confirman sus masacres, sus venganzas y crímenes, sus mentiras oficiales, la tergiversación colectiva de un pueblo mil veces engañado. El tirano miente siempre para mantenerse en el poder.

Compartir Imprimir

Comentarios:

Edgar
Edgar
2019-10-21 17:25:35
Así es Doña Lucila, cualquier tirano se mantiene en el poder en base a una o varias mentiras.

Destacados

Hidroituango
Columnistas /

La propuesta de Luis Pérez sobre Hidroituango

Movilización
Columnistas /

La moción de Censura y otros vericuetos de la vida nacional.

León Trotsky
Columnistas /

Técnica del golpe de Estado

Ejercito de Colombia
Columnistas /

Un escándalo para neutralizar la superioridad aérea

Sala de control
Columnistas /

Estados de vigilancia: el cáncer de la democracia

Artículos relacionados

Los muertos que nadie llora
Columnistas

Libros -III-

En buena hora, la Universidad Pontificia Bolivariana –UPB– está llevando a cabo una ennoblecedora tarea, la de publicar las obras de los buenos escritores...

Lo más leído

1
Columnistas /

Roy Barreras cruzó la línea roja

Ese político transformó deliberadamente una matanza de niños propiciada por las Farc en una carnicería...
2
Política /

Así ganó Daniel Quintero

Los estratos 1, 2 y 3 se conectaron con el alcalde electo y le dieron la victoria como alcalde de Medellín...
3
Columnistas /

La propuesta de Luis Pérez sobre Hidroituango

Descapitalizar EPM para crear unas empresas públicas departamentales, como pretende el actual Gobernador...
4
Columnistas /

Los “petristas” de Quintero

Los protagonistas de esta vergüenza debieron quedar de cama esta semana, después de que el alcalde...
5
Columnistas /

Técnica del golpe de Estado

La “brisa” de Diosdado, que se está convirtiendo en huracán en Chile, no es espontánea como los...
6
Columnistas /

Un escándalo para neutralizar la superioridad aérea

La muerte de cualquier menor en un bombardeo es deplorable, pero no es culpa del Estado sino de quien lo...