Somos como hojas muertas

Autor: Álvaro González Uribe
29 marzo de 2019 - 09:05 PM

La vida me ha ido enseñando que la verdadera paz y el sosiego internos no me los dan las cosas ni nadie

 

Uso poco mi celular. Menos que la mayoría de las personas. Incluso hablo poco por teléfono, pues también para hablar con la gente son esos endiablados aparatos. Para mí es más como una expectativa por si alguien me necesita o por si yo también quizás lo requiera. Por lo general se queda en expectativa.

Sin embargo, pese a utilizarlo escasamente, miro ese celular y a veces me pregunto quién es el dueño de quién. También recuerdo con nostalgia -era libre- cuando no había celulares y el teléfono negrito de disco se quedaba solo en mi casa sobre la mesita, abandonado el pobre, sonándole a las paredes sordas sin que nadie le prestara atención porque no nos cabía en el bolsillo y porque qué importaba si casi nunca nada era urgente y las noticias malas o buenas corrían raudas por cualquier otro medio. Quizás la urgencia la pone cada uno, es tan subjetiva...

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Nada contra los celulares. Son de gran utilidad y han salvado vidas y solucionado miles de situaciones. Y también han causado muertes y líos. ¿Cuál será su balance entre lo bueno y lo malo? Pero ahí están, llegaron para quedarse y para llenarse ellos -pequeños transformers- cada vez de más funciones, canutillos y lentejuelas, y para llenarnos a nosotros -vacíos humanos- de más “necesidades”.

Pero no quiero hablar solo de los celulares que nos dan órdenes, que nos hacen ir y venir, que nos dominan hágase su voluntad aquí en mi mano como en la del otro, que nos angustian cuando se descargan y ¡oh Dios mío! los dejamos en la casa, y ¡oh tragedia! se nos mueren, y ¡oh crimen sin castigo! nos los roban. No, no solo son los celulares. Son tantas cosas...

Tantas cosas que creemos tener, que pensamos nos pertenecen, cosas, cositas y cosotas, aparatos, ropa, adminículos, en fin, tantas que hemos comprado y vivimos comprando o nos llegan por cualquier medio. Es una trampa. Nos hacen creer que nosotros las tenemos pero son ellas las que nos tienen a su servicio y antojo. Somos sus esclavos.

La vida me ha ido enseñando a ser más libre. A dejarme usar lo menos que pueda de las cosas. A no acumularlas. A sentir que yo soy el importante. A tratar de depender lo más posible de lo que tengo en mi mente que, además, únicamente me lo quitará la muerte. Y cuando la muerte llegue no necesitaré la mente ni los celulares ni nada.

La vida me ha ido enseñando que la verdadera paz y el sosiego internos no me los dan las cosas ni nadie. No quiero sonar pedante ni autosuficiente. No lo soy. Incluso, intentar esa lucha de liberación es muestra de mi debilidad frente a lo externo. Claro, están mis hijos y mis familiares y amigos, y también mi ciudad, mi país, el mundo y su gente. Hago lo que puedo por ellos. Mientras más amor, más me dominan, pero eso sí no lo he podido aprender a manejar. Es más: me nace luchar por ellos en una suerte de amor ciego, de solidaridad demente o de altruismo irresponsable como me acusan muchos que en últimas pienso que es egoísmo: Me siento mejor.

Eso sí, por las cosas cada vez menos. ¿Qué tal un celular, una chaqueta o un carro darme órdenes? "¡Contéstame, úsame, lávame, cárgame, llévame!". ¿A mí?, ¿a usted? No nos dejemos.

Y lo sabemos: Quienes en la trastienda nos dan esas órdenes, quienes nos quieren dominar son los que fabrican y venden las cosas. Por eso cada vez las hacen para que duren menos. Ellos son nuestros amos. Y lo sabemos: esos fabricantes generan empleo y dinero para ellos y sus empleados, y ellos y sus empleados usan ese dinero para muchas cosas útiles, pero también para comprar más cosas útiles en demasía, e inútiles y suntuosas y así en una loca e infinita espiral de consumo.

Lo sabemos: es la sociedad de consumo que llaman y que no solo nos genera angustias, ansiedades, envidias, codicias y afanes sino que está destruyendo nuestro planeta.

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Yo hago ese esfuerzo para que las cosas no me dominen, pero no siempre lo logro. En especial pierdo la lucha con ciertas cosas, pequeñas casi siempre -y entonces mayor mi debilidad- que me tienen a su merced como una hoja muerta, y entonces cómo no recordar al gran Serrat. ¡Va por usted, maestro!:

“…Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve”.

 

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Comentarios:

Edgar
Edgar
2019-03-30 10:45:17
Excelente.

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