Marcas de este tiempo

Autor: Manuel Manrique Castro
25 marzo de 2020 - 12:00 AM

El coronavirus volvió a desnudar la desigualdad. Sólo un segmento de nuestra población estudiantil tiene más semejanza con los alumnos del primer mundo que con los de su propio país.

Medellín

Con toda razón los ojos están puestos en los adultos, pero la pandemia afecta también a la población más joven pese a que su riesgo de enfermar es menor y que puede convertirse involuntariamente en transmisora del virus. Dos efectos severos recaen sobre ella:  Para un número muy importante, la pérdida de ingresos de sus padres, con el consecuente remezón a su precaria economía familiar y, para la gran mayoría, la interrupción del ciclo escolar.

Unicef, utilizando datos de la Unesco, dice que, a raíz de las cuarentenas, el 95% de los estudiantes de nuestra región están fuera de la escuela y que más del 90% de centros educativos, de todos los niveles, se encuentran cerrados, sin ofrecer la importante alimentación escolar, para muchos alumnos la más relevante del día, ni la diversidad de actividades complementarias y recreativas. El gran riesgo es que el paréntesis obligado sea antesala de deserción escolar definitiva.

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A medida que los colegios iban cerrando sus puertas casi de inmediato irrumpió la educación virtual como la supuesta salvadora de la situación. Aunque en apariencia se trata de la gran solución, vale sólo para quienes disponen de computador con conexión a internet en casa. No es la realidad para la mayoría de estudiantes que cuando más llevan un celular de baja gama en el bolsillo, sin enlace a la red virtual.  El coronavirus volvió a desnudar la desigualdad. Apenas un segmento de nuestra población estudiantil tiene más semejanza con los alumnos del primer mundo que con los de su propio país. Aunque la educación por internet es todavía una aspiración lejana, la crisis actual no sólo la ha puesto sobre el tapete, sino que, cuando el actual período pase, las autoridades tendrán que darle renovada prioridad.

Mientras permanezcan en sus casas, los alumnos se darán cuenta que la escuela no los prepara para crisis como la actual. Poco hace para desarrollar su capacidad de respuesta y ofrecerles herramientas que les permitan enfrentarla con autonomía de criterio. En los colegios prevalece la disciplina, la rigidez de los horarios y el acatamiento a las indicaciones de autoridades y maestros. En ese esquema hay espacio reducido para la reacción positiva ante situaciones imprevistas y menos ante pandemias como la que nos afecta.

Para quienes tienen acceso virtual será una experiencia transformadora. No se trata de un simulacro sino la opción educativa de esta etapa. Las instituciones tienen mucho que aprender y para los estudiantes habrá desaparecido la figura del maestro, como la han conocido hasta hoy. Tiene la ventaja de que se equipara, en tiempo real, el acceso al inmenso océano de la web para ampliar lo que los docentes indiquen. Pueden terminar las clases, pero al alcance de un clic tienen muchas otras opciones para satisfacer su natural curiosidad.

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Nunca habían vivido algo semejante y se sorprenderán al ver cómo, frente a un enemigo común y universal, del que no se conocen mutaciones, las respuestas de los países frente a la pandemia, casi sin excepción, son disímiles, poco coordinadas, cuando no erráticas. Cada uno haciendo su propio experimento como si cada uno tuviera su propio coronavirus.  Asimismo, del abanico de reacciones disimiles de parte de los habitantes ante las medidas gubernamentales, cuya eficacia sólo se ha comprobado, por ahora, en China y Corea del Sur. El telón de fondo común es la incertidumbre generalizada de lo que vendrá cuando el Covid-19 amaine. 

Pero la pandemia y su antídoto: la cuarentena, es una experiencia de descubrimiento para las familias. En el pre-Covid-19 cada uno entraba y salía de casa según su propio horario. Las oportunidades para convivir sin prisa y entre todos, eran pocas. Esta crisis obliga a compartir, charlar y conocerse como nunca antes porque los días han pedido identidad y no importa si es domingo o jueves.  Por tres semanas serán todos iguales. El aislamiento servirá también para que niños y jóvenes le encuentre las alas y sentido a la palabra solidaridad.

Después, concluida la cuarentena y ojalá vencida la amenaza, vendrá el tiempo para recoger lo que quedó en el campo de batalla. Nos espera una dura etapa que se ensañará más contra las poblaciones vulnerables que viven al filo del barranco económico. Aunque, por encima de todo, tendrá que empezar un periodo en que los muchos aprendizajes de este período se transformen en reglas nuevas para la convivencia social. 

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