El lenguaje hipercrítico e irracional de las cafeterías y de los bares pasó a las redes sociales y de ahí a los medios, a los salones universitarios, a los espacios de decisión política, y a muchos otros escenarios que requieren y merecen cierto tipo de ritualidad intelectual.
El viejo conflicto entre el individuo y la sociedad, tratado con maestría por personajes como Freud y Marcuse entre otros (Véase mi libro: La política al diván. U.P.B), es por supuesto el telón de fondo de una amplísima producción intelectual sobre la desazón política y merece que uno se le dedique unos años a esa cuestión como estudioso de esos asuntos. ¿Pero hasta cuándo? Ya en el tercer milenio, acercándose a su primer cuarto de siglo, quizá ya es hora de que distingamos entre tres tipos de apreciaciones sobre las cuestiones políticas. Primero, las que ven filosóficamente el drama del hombre en un mundo en el fondo incomprensible en todo, incluyendo la política. En segundo lugar, aquellas que estudian la política en particular y son críticas mas no fatalistas sistemáticamente, porque mantienen, con ingenuidad o no, la confianza renacentista en que el hombre con su razón puede vencer o por lo menos aprender a vivir de la mejor manera posible con las adversidades, incluyendo por supuesto también las políticas. Y por último, están las apreciaciones políticas críticas que no tienen un sustento filosófico serio, ni intentan tampoco ser, como las segundas, al mismo tiempo sincerotas pero propositivas. Son simples actos casi involuntarios, como un eructo, por no poner ejemplos aún menos elegantes, con los que se critica todo, todo, de manera sistemática y absurda. Es un derecho humano por supuesto, y para eso están las cafeterías y más modernamente las redes, para que la gente se desahogue diciendo lo que le salga de donde le salga. Pero tiene que haber un límite. Las obras publicadas, los periódicos impresos o digitales, las aulas de clase, el congreso, los eventos serios y muchos otros espacios deberían mantener un cierto código de autocontrol de esas aberraciones del pensamiento espontáneo. Pero no, el lenguaje hipercrítico e irracional de las cafeterías y de los bares pasó a las redes sociales y de ahí a los medios, a los salones universitarios, a los espacios de decisión política, y a muchos otros escenarios que requieren y merecen cierto tipo de ritualidad intelectual. Estos son muchos en mi opinión, y van desde los templos religiosos, las reuniones familiares, las cofradías de vieja data, hasta los chats institucionales, las redes no del todo abiertas de personas de cierto calibre intelectual, e incluso las plazas públicas, físicas o virtuales. En la famosa película sobre Fredy Mercury ahora en carteleras, su padre le recuerda la vieja trilogía de la conducta del Zoroastrismo (que llegó a nosotros por el exilio hebreo en Irán y por San Pablo), de los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones. Y todos los que nos educamos en alguna de las tradiciones que surgieron de esa idea persa original, sabemos que con los pensamientos es inútil luchar y que de las acciones siempre terminaremos arrepintiéndonos por más esfuerzo que hagamos en evitar las no buenas. Solo nos queda el poder de controlar lo que decimos y lo que escribimos, y yo creo que morigerarnos en el pensamiento hipercrítico y desaforado, de izquierda o derecha, en política, en Colombia en particular, por lo menos en esos escenarios, es un ejercicio que nos traerá grandes beneficios, aunque no hayamos sabido hasta hoy de ese antiguo mensaje de Aura Mazda.