La política se ha emotivizado

Autor: Darío Ruiz Gómez
30 junio de 2019 - 11:05 PM

¿Recurrir a Marx para justificar el secuestro y el narcotráfico? La diferencia entre un ser pensante y un activista alienado en el terrorismo es más que evidente

Medellín

Darío Ruiz Gómez

… “y las emociones están por debajo del razonamiento” recuerda Adela Cortina. Creo que si alguien la hubiera escuchado en los cursos que sobre Ética dictó hace algunos años, contaríamos ahora con la capacidad necesaria de reflexión nacida del razonamiento, evitando el peligro de caer, tal como lo está haciendo nuestra “intelligentzia”, en el emocionalismo, esto, en momentos de nuevas crispaciones sociales causadas por el narcotráfico cuando solamente la fiscalización de la razón crítica podría ayudarnos a superar las pedreas, las trifulcas, el empoderamiento de la delincuencia y enfrentar los amargos interrogantes a que el proceso de Paz nos está sometiendo al destapar los efectos colaterales de la guerrilla, que no se pueden ignorar alegremente. La visibilización de los nuevos carteles de la droga, de la minería, obedecen a realidades distintas a las de las Farc, Otoniel, Pablito, el oro, el coltán, suponen la puesta en escena de lo que Alan Wolfe ha llamado “la maldad de la política”, el genocidio, el asesinato gratuito, tierras sin bandera patria, riñas, violaciones, la infiltración en las ciudades. El emocionalismo supone la vuelta atrás hacia el abismo atávico, la ley del Talión, impulsado por la maldad del narcotráfico cuyo terrorismo desconoce el valor de una vida humana, la vida de un policía, de un soldado y su familia. El problema es que con la ausencia de verdaderos criterios jurídicos los juicios a los responsables se están haciendo en privado y ante una justicia abiertamente ideologizada como la de la JEP. Pero por otro lado la izquierda fariana ha preferido no buscar una salida racional a estos interrogantes y ha optado por las falsedades de las fake news y mantener a sus bases en el emocionalismo para eludir su responsabilidad intelectual en lo que tiene que ver con ese pasado de miles y miles de muertes inútiles que ante un verdadero Tribunal de Justicia continuarán reclamando castigo para sus verdugos. Tratar, además, de blanquear la responsabilidad intelectual ante esos turbios acontecimientos no puede ser la respuesta a esta situación donde el obstáculo que nos impedía ver ese pasado ha sido abierto para que se haga una lectura objetiva pero implacable de lo que fueron esas traiciones al humanismo.

Lea también: Santos y la república del terror

Nos encontramos pues ante un problema ético que no se puede resolver pasando la página orondamente por parte de quienes pretendieron cambiar abruptamente los valores de la democracia por los de una dictadura totalitaria. ¿Recurrir a Marx para justificar el secuestro y el narcotráfico? La diferencia entre un ser pensante y un activista alienado en el terrorismo es más que evidente. ¿No hay diferencia entonces entre el bien y el mal? Una Historia de las Ideas Políticas en las tres últimas décadas nos mostrará lo que supuso esta lumpenización de las ideas marxistas. Fíjense que tengo que seguir repitiendo estos cuestionamientos ya que ni la justicia ni la clase política las tienen en cuenta a la hora de hacer un juicio, este sí histórico, a un proyecto político que debe ser enjuiciado bajo un único enfoque humanístico para que no se repitan sus desmanes. A través de rigurosas investigaciones los espantosos crímenes de Stalin continúan arrojando luces necesarias sobre la maldad humana. Es aquí donde nos encontramos hoy en Colombia con el intento de ciertos medios de comunicación, de ciertos grupos políticos de mermarle importancia a la culpabilidad de los asesinos banalizando el mal con la disolución de lo político, que es un intento de razonamiento, en la politiquería, convirtiendo el asesinato de la Familia Turbay Cote, por ejemplo, en un suceso que por “haber acontecido en el pasado hoy debe carecer de penalización”. ¿Bajo qué óptica jurídica enjuiciar entonces a el paisa? Eichman fue un funcionario del régimen nazi que cumplió a cabalidad con sus diarias tareas y que, como recuerda Hanna Arendt, “vivió durante toda su vida de acuerdo con los principios morales de Kant” Lo espantoso de nuestra tragedia es comprobar que los cerebros grises que han propiciado desde las sombras este desastre han sido y siguen siendo ciudadanos (as) normales, plácidos burgueses supuestamente ajenos a los significados del mal, al reclamo de los niños huérfanos.

Lo invitamos a leer: Delito político y sociedad

 

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