Irresponsables

Autor: Wilmar Martínez Márquez
26 marzo de 2020 - 12:01 AM

Una pandemia y su virtual expansión acarrearía no sólo la quiebra económica sino un riesgo existencial para los grupos privilegiados del país. Pararla es una cuestión vital.

Medellín

Ahí están, nuevamente, como cada día, hoy 24 de marzo, los voceadores pasando por el costado del edificio donde vivo: “que se compra la chatarra”, “que se vende el tamal”, “que le tengo la base para la lavadora”, y así… ¿Qué otras opciones tienen? Se dice fácil: ¡quédate en casa! Lo repiten artistas y celebridades, autoridades civiles y los medios masivos de comunicación. Es tiempo de dejar de pensar en uno mismo, de ser solidarios, repiten; hay que darle espacio a la empatía, a pensar en el otro, remachan una y otra vez.  ¡Otro, empatía, solidaridad! Un milagro parece haberse gestado con la pandemia: una sociedad como la nuestra asentada en un egoísmo rapaz, especialmente en sectores amplios de sus clases dirigentes y privilegiadas, de pronto ve como éstas predican lo contrario a lo que han hecho históricamente. Nietzsche llamaría a esto una transvaloración de los valores. Tal fenómeno, por lo general, dura siglos en realizarse en las sociedades. Aquí, sin embargo, se dio en cuestión de semanas: los mismos que hablaban del esfuerzo personal como clave del éxito, del mercado como justo decisor de la posición social de cada uno, de las oportunidades sólo para los mejores y cuya indiferencia hacia los sectores más marginales permitió la una pauperización creciente en los sistemas de salud que los atienden, así como en sus derechos laborales; hoy reclaman compromiso, unidad, trabajo conjunto y bien común.  

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No creo que estas palabras sean mera retórica. Aunque en otros escenarios se ha apelado a discursos similares para movilizar a sectores populares en defesa de ciertas causas parciales, hoy parece existir una preocupación real en estas élites políticas y sociales por el conjunto de sus intereses. La razón de ello obedece a que, como muy pocas veces, la mala suerte de los sectores más vulnerables puede involucrarlos negativamente. Los estudiosos de la nación apuntan que esta empezó a existir, a finales del siglo XIX, en aquellas sociedades cuyos miembros, más allá de las diferencias sociales, sintieron que al tener un pasado y presente común, tendrían un mañana, un destino compartido. Por ello, los más privilegiados decidieron solidarizarse con el resto. La solidaridad se convirtió en el medio para enfrentar un destino que se hacía común, cuyas consecuencias eran imprevisibles. Ello conllevaba a que se sintieran parte de un mismo proyecto o cuerpo.  Justamente, en esto ha consistido el fracaso de la nación en Colombia. Buena parte de las clases dirigentes y gremios económicos han sabido mantener a resguardo sus intereses de la desagracias que han padecido el resto de la población, la cual ha aportado sustantivamente a sus privilegios. Ni siquiera en el momento más bestial de la guerra entre el Estado y las guerrillas, dichos sectores vieron realmente afectados sus privilegios. La guerra se ensañó preferentemente con las más vulnerables, especialmente, los campesinos.    

Hoy, sin embargo, la cuestión es distinta. Una pandemia y su virtual expansión acarrearía no sólo la quiebra económica sino un riesgo existencial para los grupos privilegiados del país. Pararla es una cuestión vital. Y en ello, el rol desempeñado por los sectores más vulnerables es central, pues ellos son uno de los grupos más expuestos a la misma. Los que debido a la manera en que se ganan la vida, en las calles y sin condiciones de trabajo dignas, tienen más riesgo de padecer la enfermedad y así mismo de expandirla. ¿Pero tienen esos millones de trabajadores colombianos los medios para quedarse en sus casas y sobrellevar la cuarentena de una manera digna? ¿Cuál ha sido la solidaridad de sus compatriotas más privilegiados frente a sus demandas de un sistema de salud universal, de empleo formal y derechos sociales básicos? El éxito en los negocios y en el control del Estado hicieron pensar a muchas de nuestras élites políticas y económicas que la solidaridad era una virtud individual y accesoria, en todo caso innecesaria para la vida común. Se equivocaron. Los pueblos resisten sus mayores amenazas y tragedias comunes debido a ella. Las catástrofes de China, Italia y España, serían hoy mucho peores de no existir en aquellos países los lazos de solidaridad que han permitido un sistema de salud universal y los medios para que la cuarentena se cumpla. Colombia ha carecido históricamente de lazos de este tipo entre los proyectos de las élites y la vida de los sectores más vulnerables, por lo que aquí la pandemia -ojalá me equivoque- puede llevar a escenarios mucho peores.

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Pero, en una cruel jugada de la historia, pareciera que con esta enfermedad se diera la oportunidad de que empecemos a pensar y comportarnos como nación. Lo que implica por parte de las élites que han visto en sus negocios e intereses particulares su única prioridad, una acción distinta: dejar de ser irresponsables, esto es, res-ponder a la sociedad a la que se deben ellos y sus privilegios. Lo que implica contribuir con los medios y recursos necesarios para que las familias más vulnerables puedan mantener el aislamiento y el sistema de salud paliar la situación. No es una opción para la señora que vende las bases para la lavadora quedarse en casa si los dueños de los privilegios no salen de la suya para compartir un poco de ellos.

Nota: Esta columna va dedicada a todos los que contribuyen con sus esfuerzos a que esta situación sea más llevadera.

 

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