El tiempo sí importa. Los casi 30 años de nuestra Constitución

Autor: David Roll Vélez
22 agosto de 2019 - 12:03 AM

Hay mejoras y retrocesos, pero mal que bien se han realizado las elecciones durante estas casi tres décadas sin solución de continuidad

Bogotá

David Roll Vélez

Con frecuencia las personas hablan mal de situaciones que se han prolongado en el tiempo como sus trabajos, relaciones o amistades, olvidando el hecho mismo de que esa extensión es un mérito en sí mismo, e igual sucede con las constituciones, y en especial con la nuestra. Si alguien ha logrado tener estabilidad laboral por más de veinte años por mucho que se queje de su trabajo, salvo que sea realmente frustrante, lo cierto es que no debe soslayar ese logro para él y para sus empleadores, teniendo en cuenta sobre todo que ese par de décadas son la vida productiva central de una persona y ese es un privilegio además escasísimo. De la misma forma un matrimonio en el que no ha habido mayores dificultades durante ese lapso o mayor es también un éxito en medio de las estadísticas y teniendo en cuenta la cantidad de amenazas que conlleva la convivencia y que no tantos consiguen evadir, y ese período es prácticamente también el centro del momento más vital de las personas, en el que se definen además casi todos los asuntos que influirán en el resto de la existencia. Muchas veces nos quejamos igualmente de no poder ver tanto a los amigos o que se congelaron las amistades en un recuerdo lejano ya casi no rescatable, pero la persistencia del vínculo mental y encuentros ocasionales por un período de más de veinte años es también un logro inigualable.

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Lo que quiero significar es que la estabilidad es un valor, y también es aplicable a la política, por lo que debemos contarlo al hacer los balances en Colombia de nuestra Constitución de 1991, sobre todo cuando nos abruma la desesperanza ante las dificultades que hemos tenido de alcanzar tantas cosas que soñamos con ella, pero que muy lentamente se van logrando algunas y otras muchas no. Recordemos que en Ciencia Política se hablaba de estabilidad refiriéndose a que no hubiera golpes militares, pero en el caso colombiano se aclaraba antes de 1991 que nuestra estabilidad tampoco era buena y era más bien una “Persistencia Inestable”. Eso quedó atrás con esta Constitución, pues desde entonces Colombia es no solo un país estable en el sentido de que hay elecciones permanentes, sino que además ha podido vencer a la mayor parte de los agentes que generaban esa “persistencia inestable” de la que se hablaba por diferentes caminos: la guerrilla, el paramilitarismo y la narcopolítica.

Huntington dice que las instituciones crean estabilidad cuando son complejas en vez de simples, y la nuestra lo es hasta casi la exageración, pero sobre todo cuando logran sobrevivir a organizaciones externas que las quieren dominar, y ese es el caso de la Constitución colombiana, que nos ayudó a neutralizar esas tres grandes amenazas. El pasado julio se cumplieron los primeros 28 años y en un par más estaremos celebrando la treintena, y vendrán todo tipo de balances que por ahora no queremos adelantar. Pero sí es de señalar que el tercer elemento de estabilidad según este autor es cuando la Constitución logra mejorar el consenso (o sea la legitimidad electoral), y aunque ahí hay grandes debates habrá que reconocer varios logros en su momento que tienen que ver con ello. Si bien creemos que debe haber una “¡Reforma Política Ya!”, como dijimos en nuestro más reciente libro con ese nombre, en el mismo explicamos como desde 1991 ha habido un gran esfuerzo de agentes públicos y no públicos por mejorar esa propuesta inicial de sistema electoral que quedó tan ingenuamente consignada en dicho ordenamiento, y que especialmente se avanzó mucho con la reforma de 2003. Hay mejoras y retrocesos, pero mal que bien se han realizado las elecciones durante estas casi tres décadas sin solución de continuidad, y con una cada vez más sofisticada (aunque mejorable) organización electoral, y sobre todo con una mayor participación de la sociedad en esos procesos, con todos los problemas que sabemos sí existen y que el lector estará pensando que soslayo cuando escribo estas palabras.

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En síntesis, si acaso una persona que entre el comienzo de su edad adulta y las vísperas de su jubilación puede decir que por veinte años o más pudo tener estabilidad laboral o conyugal o conservar a la mayor parte de sus amigos, o varias de esas circunstancias, puede considerarse afortunada. Eso por más que el peso de los años haga sentir fatiga y en cierta forma decepción ante la imposibilidad de haber alcanzado la cantidad de logros un tanto fantasiosos que el ser humano posmoderno se plantea a sí mismo en tan poco tiempo de vida como el que tenemos. De la misma manera, es legítimo que nos dolamos de que nuestra Constitución no nos ha traído a un escenario de partidos políticos estables, elecciones sin fraude, funcionarios incorruptibles, meritocracia verdadera, y garantía efectiva de la vida e integridad de todos los ciudadanos y tantas otras cosas que nos soñamos hace 28 años y siguen siendo posibles pero improbables a corto plazo. El dolor de la frustración es entendible tanto en lo político como en lo vital, pero en ambos casos el balance también debe ser justo y analizar cuánto se logró, y que cambios efectivos favorables se consiguieron. Obviamente quisiéramos ver esa realidad deseada ya, sobre todo quienes han luchado desde diferentes frentes para mejorar este país, especialmente en el servicio al Estado y en las organizaciones sociales. Pero la vida no es así, aunque lo quisiéramos, como una película con crispetas y final feliz a la que asiste usted como espectador privilegiado. Es un continuum en el que nadie ve el final de la trama y solo puede ir analizando en el pedazo que le tocó cuanto se avanzó, cuanto se logró, y, sobre todo, si lo quiere, qué hizo usted a favor de esa transformación. Igual en política.

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