Una de las cosas que hemos experimentado en este encierro prolongado es algo que podríamos llamar como el pudor sentimental del privilegiado, como una cierta “conciencia de clase” de la pandemia.
Autor: Juan Pablo Trujillo Urrea
Todos los días de la cuarentena son como caminar en la cuerda floja. Podemos caernos del lado equivocado, del que nos llevaría a olvidar que una pandemia mundial nos ha pasado por encima, con sus crisis y sus muertos. De ese en donde no habría deseos de cambio, ni preguntas, ni revisión. De ese en donde el mundo- que somos nosotros- seguiría tal cual es. Es posible que en unos meses (¿años?) cuando las restricciones de interacción social hayan pasado, nada haya pasado. Que las vidas con sus rutinas sean iguales, que nos sigamos llenando de cosas que no necesitamos, que continuemos relacionándonos con la naturaleza como si fuera nuestra propiedad, como si no fuéramos parte de ella, que habitemos este planeta de la misma forma.
Que sigamos pensando cosas absurdas - luego de ver la desprotección a la que todos los días están sometidos millones con sus banderas rojas- como que la pobreza es una cuestión de mérito, y que quienes están ella no han hecho lo suficiente. Que sigamos asumiendo que la salud debe ser un bien de acceso restringido y la desigualdad un elemento natural de la vida. Que despertemos un día de la cuarentena -como si fuera un mal sueño que hay que olvidar rápidamente- y sigamos existiendo sin mucha novedad. Sí, son todos lugares comunes de un análisis más o menos atento de la sociedad, pero tal vez la repetición nos lleve a ver que estas condiciones son insostenibles.
Una de las cosas que hemos experimentado en este encierro prolongado es algo que podríamos llamar como el pudor sentimental del privilegiado, como una cierta “conciencia de clase” de la pandemia. Es la sensación que nos recuerda la ya sabida ventaja social y cuya conclusión más razonable es la siguiente: no se puede estar tranquilo si los otros no lo están. No se puede ser feliz si los otros sufren. No se puede seguir viviendo como si no pasara nada.
Juan Camilo Cárdenas nos dice –aludiendo a un concepto planteado, pero nunca desarrollado por Elinor y Vincent Ostrom- que hay algo que se llama bienes universales: “aquellos cuyo consumo genera mayor bienestar individual en la medida en que existe una mayor cantidad de personas que los están disfrutando”. Tal vez sea hora de asumir mientras estamos en cuarentena - y si caemos del lado correcto- que no podemos seguir viviendo sin que en la sociedad se extiendan los “bienes universales”, que no es posible continuar con una brecha entre ricos y pobres que día tras día se hace más vulgar, que debemos corregir el azar del nacimiento privilegiado igualando la línea de partida, que este mundo es inhabitable si la balanza no se equilibra.
La propuesta de Cárdenas es un punto de llegada, una posibilidad que perseguir. La cuarentena es un tiempo para revisarnos, para sembrar en nosotros – y con los otros- la sociedad que queremos. Fernando Birri decía que la utopía sirve para caminar, para perseguir un horizonte inalcanzable. El horizonte que propone esta crisis mundial es ese: que busquemos un mundo en donde no haya personas a las que la realidad los aplasta. Que nos dirijamos hacia la utopía, hacia ese mundo ideal que es posible, pese a que como también decía Birri, cada vez que caminemos diez pasos, ella se aleje otros diez.
Hay una cuerda floja extendida en el mundo de la que podemos caer del lado equivocado. Hay un riesgo -como decía Saskia Sassen hace unos días- de que no aprendamos nada. En la misma medida, tenemos la oportunidad de dirigirnos hacia el mundo que queremos, que necesitamos. De establecer un nuevo pacto social que nos lleve a ver al otro como lo que realmente es, un reflejo de nosotros mismos. Ojalá caigamos de ese lado.