Alan García, mejor y peor

Autor: Rubén Darío Barrientos
20 abril de 2019 - 09:04 PM

Murió el que parecía ser en su momento, el mejor presidente de América Latina. El irrepetible. El que llenaba la plaza pública de un manejo idiomático enloquecedor. El de la popularidad encumbrada.

Medellín

Rubén Darío Barrientos

 

Ha muerto miserablemente Alan García, el expresidente peruano, tras suicidarse cuando la policía llegó a su residencia para cumplir con una orden de prisión preliminar por lavado de activos, tráfico de influencias, coimas y colusión. García, que sabía qué le esperaba, entró a su pieza, se encerró fingiendo contactar a su abogado, tomó un revolver y sonó un disparo seco. En efecto, había atentado contra su vida y a las cuatro horas falleció en un hospital. Abogado, sociólogo y político, de casi 70 años, fue para mí el mejor orador que ha tenido la política del Perú. Se hizo célebre por los balconazos (discursos en los balcones de palacio). De él dijo un analista que “era de Inflamado verbo y de oratoria castelariana”. Recitaba versos de Calderón de la Barca y en su capacidad frente al micrófono, no tenía rivales para manipular figuras literarias.

Lea también: Alan García y el Reggaeton

Recuerdo en las calendas de los ochenta a un Alan García que era un portentoso hombre de plaza pública.  Se mostraba, además, como un líder sinigual.  Su elocuencia, era comparable a la de Alberto Santofimio en Colombia: estentórea, fogosa y vibrante.  Su caudillaje se asemejaba al de Luis Carlos Galán: carismático, impactante y persuasivo.  Bajo este escenario admirable, fue elegido presidente del Perú en 1985, cuando tenía apenas 35 años. Se constituyó en el mandatario más joven de América Latina. Su carrera política parecía tan vertiginosa, que todos los países de esta zona añoraban un hombre tan eximio y emblemático.

Era un fenómeno. En 1985, tuvo una aprobación de gobierno del 96,4%, fraguando un discurso antimperialista. Era, entonces, mesiánico, inigualable y parecía eterno. Aumentó los salarios, redujo el interés bancario, hizo crecer la economía en dos dígitos y todo se veía como insuperable. Formado en la línea de su mentor Víctor Raúl Haya de la Torre, Perú respiraba política APRA. Su preparación, comportaba también haber pasado por dos universidades de charreteras: La Complutense de Madrid (donde estudió Derecho) y la Sorbona de París (donde adelantó estudios de Sociología). Un opositor de su gobierno dijo en una ocasión: “no prendas el televisor, porque si está hablando Alan García, te convence”.  

Estaban las de cal, pero vinieron las de arena. Pretendió nacionalizar la banca, pero el Senado no le dio luz verde. En ese momento, empezó una fuga de capitales y la inversión se desplomó. De contera, el terrorismo de Sendero Luminoso tomó fuerza (terror de los coches y auge de paros armados) y la corrupción se generalizó. La caja fiscal se tornó exangüe y colapsaron los servicios públicos. La inflación se situó en el 2.178% (hiperinflación) y la moneda estuvo tan devaluada, que cambió dos veces la denominación. El país vivió un caos social, agravado con un proceso a García por coimas en la compra de aviones de guerra. La pobreza extrema bañó al 34% de la nación. La catástrofe gubernamental era innegable. Alan García, huyó del país en el año 1992 y se asiló en Colombia, para luego recalar en Francia. En el año 2001, prescriben los procesos en su contra y regresa orondo a Lima. 

Para aspirar a su segundo gobierno, Alan García, en los tablados cantó boleros y bailó salsa al compás de Rubén Blades, jugándole también al Reggaetón. Y ganó la presidencia en el 2006. Tuvo un gobierno desastroso. Luego vivió en Madrid por siete años y regresó para entrar en liza presidencial, con una derrota monumental en 2016 (alcanzó solo el 6% de los votos). Ya en 2018, no pudo salir del país y trató de refugiarse en la embajada de Uruguay. Y los gobiernos de Costa Rica y Colombia, le negaron el asilo. El 4 de enero de este año, declaró ante el Ministerio Público por el caso Odebrecht y los sobornos por la línea 1 del metro y el Gasoducto del Sur, al igual que por los USD$4 millones de coimas. La hecatombe. Enriquecimiento ilícito, crímenes, ofensas a comunidades nativas, persecuciones y decenas de delitos, le crearon la estigmatización judicial.   

Lea también: La perdición de los contratos

Murió el que parecía ser en su momento, el mejor presidente de América Latina. El irrepetible. El que llenaba la plaza pública de un manejo idiomático enloquecedor. El de la popularidad encumbrada, el galán, el elegante, el grandioso. El mejor y el peor; el más grande y el más ruin; el gigante y el liliputiense. Traicionar la historia, sólo les cabe a quienes tienen el ropaje de la miseria mental. Es la apuesta por la ilusión equivocada.

 

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