Uno de los más poderosos logros del Neoliberalismo (tal vez el único) fue la puesta en marcha de un descomunal aparato de propaganda
Con su Premio Nobel de Economía en 1976, y su innegable influencia en la modelación económica neoliberal que se impuso a partir de la década del 70 del siglo pasado, Milton Friedman tuvo el poder de armar una debacle.
Ya nadie duda que su concepción monetarista inspira los desafueros del capital financiero, con sus excesos y su barbarie. Es evidente así mismo que su concepción del mercado “como un sistema racional de asignación de recursos, capaz de corregir sus desequilibrios a largo plazo”, hizo agua.
No era cierto que la libertad de los individuos sólo podía garantizarla una institución como “el mercado” y resultó del todo fatal que áreas prioritarias como la educación, la salud y los servicios públicos fueran privatizados y dejados en manos de los vaivenes de la libre concurrencia.
Una de sus falacias más relevantes tiene que ver con su afirmación según la cual “el consumo de la gente no se ve afectado por sus ingresos actuales”.
El Modelo Neoliberal no hizo ningún milagro. No solo desató la más escandalosa inequidad y enriqueció a muy pocos, sino que creó además las condiciones para la más grande explosión de inmoralidad y corrupción de que se tenga noticia.
Uno de los más poderosos logros del Neoliberalismo (tal vez el único) fue la puesta en marcha de un descomunal aparato de propaganda que logró, mediante los buenos oficios de los “Tanques de Pensamiento” de la derecha mundial, la eficiente labor de una buena cantidad de universidades de élite (fundamentalmente en los Estados Unidos) y el decidido apoyo de los medios de comunicación, “vender” la idea de que ese Modelo no solo era la creación cumbre de la inteligencia económica y la única vía para la conquista del desarrollo y el progreso humanos, sino la entronización de una vida de “clase media” que aparecía como la panacea universal para la existencia.
Todo se fue abajo.
Chile, que era “el ejemplo a seguir”, se debate en el desespero, mientras el mundo entero es testigo de unas movilizaciones sociales sin precedentes, originadas en la pauperización de sus gentes y en los atropellos de la precarización de sus vidas.
Hay quienes no entienden nada, porque la propaganda neoliberal ocultaba sus miserias para “vendernos” la idea de un país supuestamente deslumbrante y próspero.
Impresionan esos eventos multitudinarios que expresan en la calle, el hastío y el rechazo a una dirigencia insensible y voraz que solo actuó en su propio beneficio.
Ese grito herido que clama por un ¡basta ya!, hace eco en las movilizaciones que se ven también en Argentina y en el Ecuador, las mismas movilizaciones que toman la forma de los chalecos amarillos que explotan en París y en Budapest. Es un hecho: la farsa ha terminado.
Esa desesperanza que expresaba Daniel Innerarity en El Futuro y sus enemigos (Paidós 2009) al escribir que “nuestro actual destino parece ser el “sálvese quien pueda” en medio de unas fuerzas impersonales que proceden de la globalización, la burocracia y la tecnología, en una sociedad sin política, sin esperanza colectiva, incapaz de imaginar y promover un futuro común alternativo…”, esa desesperanza, digo, parece haber encontrado, por el contrario, una nueva luz.
Hubo un período de la historia en la que las gentes pensaban que el Imperio Romano no tendría fin. También hubo por estos tiempos, quienes pensaron que el Modelo Neoliberal era imbatible. Los unos y los otros se equivocaron y esa, es una buena noticia.