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Altibajos de una alta figura

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La semana pasada, en el Teatro Municipal “Guillermo Valencia” y en la Casa Museo “Guillermo León Valencia”, de Popayán, se llevaron a cabo los actos conmemorativos del centenario del nacimiento del presidente Guillermo León Valencia. Las celebraciones contaron con la presencia del presidente Álvaro Uribe, quien destacó que Valencia fue “firme contra los violentos, tolerante y paciente con la pluralidad, ajeno al sectarismo” y exaltó muy especialmente su coraje para enfrentar a las guerrillas de su época.

A raíz de estas efemérides y de la reciente columna “Humor a la valenciana”, de mi admirado colega Orlando Cadavid, he estado recordando, con mi erudito amigo Antonio Cuartas, algunas de las anécdotas más sorprendentes de Valencia, la gran parte de ellas divulgadas, en su momento, por Arturo Abella, en sus reportajes en El Tiempo.

De estos formidables cuadros, que han alcanzado para un libro entero (de Juan Carlos Iragorri y Julián Mosquera), quisiera compartir unos cuantos, que son de antología:
- Cuando Valencia estaba en el Senado, un colega le dijo: “Senador, usted y yo descendemos de padres muy ilustres”, a lo cual Valencia respondió: “Honorable senador, eso es cierto, pero usted descendió demasiado”.

- En esos mismos tiempos de su senaduría, se sospechaba que los discursos que él pronunciaba eran en realidad escritos por su padre, el maestro Guillermo Valencia, quien se los enviaría desde Popayán...

- Durante una plenaria, un senador se dirigió a Valencia: “Honorable senador, por más que usted escriba, sea parlamentario o llegue a ser presidente de la República, nunca va a superar a su padre”. La respuesta de Valencia fue demoledora: “Honorable senador, es cierto lo que usted dice: yo nunca superaré a mi padre. Pero usted, que no ha hecho nada, ¡ya superó al suyo!”.

- El gran amigo de Baco, Diego Calle Restrepo, solía referirse a la siguiente historia: Durante la fuerte crisis económica que debió afrontar el país, en épocas de Valencia, el Presidente llamó a la facultad de Economía de la Universidad de Antioquia y solicitó que le mandaran al mejor economista de la facultad, y pidió que ojalá fuera mejor bebedor que economista. 

Obviamente, le enviaron al doctor Diego Calle Restrepo, famoso por su amor a lo etílico (que inmortalizó en sus geniales “Décimas del aguardiente” que escribió en Washington, cuando era nuestro embajador, y en las cuales anotaba que ante la ausencia de aguardiente en el país del Norte, era capaz de tomarse todo un río Magdalena de anís).

Refería el doctor Calle que, en una noche de parranda en Palacio con el presidente Valencia, ya pasados de copas, a las cuatro de la madrugada, le dijo: “Diego, este país se jodió por dos borrachos”.

- Durante esa misma crisis (en la cual Valencia llamó al doctor Joaquín Vallejo al ministerio de Hacienda), el Presidente acudió, una noche, a la casa del poderoso banquero y gurú de nuestra economía Guillermo Herrera Carrizosa, para pedirle consejo. Al salir de allí, a altas horas de la noche, nuestro personaje no pudo contenerse y procedió a orinar en el antejardín... sin percatarse de que había siete fotógrafos esperándolo, quienes inmediatamente registraron la conducta del mandatario.

Valencia, entonces, se enfureció, se abalanzó a golpear a los reporteros y les tiró las cámaras al suelo.

Esto fue motivo para que los fotógrafos de prensa decidieran que, como castigo, durante un año no se le tomarían fotos al Presidente de la República.

Luego de tal sentencia, Arturo Abella, entonces periodista de El Siglo, le preguntó al gobernante cómo se sentía ante aquel pacto de la prensa bogotana (El Tiempo, El Siglo, El Espectador, La República), a lo cual el Presidente respondió: “Soy espectador de un tiempo más largo que un siglo de la república”.

¡Y después dudan de los poderes de la prensa!
- Cuando el presidente Valencia llegó al Capitolio Nacional, el 20 de julio de 1963, para la instalación de sesiones del Congreso de la República, los congresistas de la Anapo le hicieron un sabotaje. Esto dio pie para que el Presidente, durante su discurso, hiciera alusión a ellos (seguidores del dictador Rojas Pinilla), al decir: “Hay esclavos, que, a pesar de sus libertadores, siguen con añoranza de las cadenas”.

Como nuestro espacio es limitado, se nos quedan por fuera muchas otras anécdotas que denotan el agudo ingenio de este personaje. Termino, sin embargo, con la verdadera historia de su muerte. Según una oculta información, que me reveló uno de sus gobernadores y luego me confirmó el hijo de uno de sus ministros, Valencia falleció cuando se encontraba en un hotel, en Nueva York, en compañía de una distinguida dama payanesa. Nuestra embajada ante la ONU se vio, entonces, forzada a fraguar la versión oficial, según la cual Valencia murió de repente mientras caminaba tranquilamente por las calles neoyorquinas.

A pesar de los rumores que siempre circulan sobre la historia de cualquier figura pública, el trayecto de Guillermo León Valencia dejó también, como citamos al comienzo, grandes contribuciones a favor de la patria y de la democracia.




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