Educación

“We were 30 and now 29 are dead”
“Éramos 30 y ahora 29 están muertos”
Autor: Juan Fernando Arenas
7 de Mayo de 2012


La vida de Juan Guillermo Valderrama es la excepción a la regla. Un hombre que cayó en lo más profundo de la adicción, sobrevivió y hoy revive sus experiencias para sensibilizar a los jóvenes sobre lo que enfrentarían


A sus 47 años Juan Guillermo Valderrama se dedica a realizar conversatorios en los colegios de la ciudad con el objetivo de que su experiencia en el consumo de drogas sirva como espejo a los jóvenes que quieran incursionar en el mundo de las sustancias piscoactivas.

Juan Fernando Arenas

Aún tiene presentes los días que pasó en Aranjuez. Allá bien arriba, donde transcurrió su infancia y los primeros visos de la adultez.


“Junto a los muchachos del barrio soplé 20 años de cuenta del niño Dios”, rememora Juan Guillermo en alusión al entonces oficio de carpintero y las figuras cristianas que aprendió a realizar y a vender con su padre. Lo dice con gracia, pero sin orgullo.


Reconoce su fortuna. Confiesa que, tal vez, los capítulos más trágicos de su alucinante viaje fueron los de asistir a la muerte de cada uno de los que se hicieron llamar amigos.


Aquellos que tejieron una relación oportunista y tan fuerte, como la unión del papel y la saliva que se consumen en una papeleta de bazuco. De esas mismas que Juan Guillermo llegó a fumarse por centenares en una noche.


Un recuerdo que lo atormenta, pero también lo inspira para mirar a los ojos de miles de estudiantes que espera jamás prueben, ni por curiosidad, la droga. “Es que la única prevención y tratamiento efectivo es nunca dar el primer soplo”, afirma este hombre, a quien ahora lo acompañan de por vida, como secuelas de su adicción, un marcapasos y una fatiga que despierta con subir cualquier infame escalera de los colegios que visita.


Su profesión es una que no se registra en las listas de seguridad social: conferencista. El resto del tiempo lo dedica a escribir poesía, una aptitud que hábil o no, lo mantuvo cuerdo y actuó como el salvavidas que lo sacó del abismo.


El quehacer de Juan Guillermo son sus escritos, su vida. Es autor de “La verdad sin calzones”, una obra que fue el resultado de escuchar en tiempos de rehabilitación a aquellos que, como él, vivieron en la calle en razón del vicio. Un testimonio que lleva por las instituciones educativas y en el que con un lenguaje sencillo y directo alude al infierno del olvido, el hambre y la desesperanza ganada con méritos propios.


Cuando se le pregunta por un consejo para quienes han pensado en consumir, las palabras son sencillas. “Olvídese de su familia y dese un paseo por las calles de Barrio Triste para que asimile el futuro que le espera”.


Y para los que ya consumieron. “Que busquen una prioridad en la vida, algo que se imponga a la droga y los absorba, como lo hizo la escritura conmigo. De otra manera será muy difícil encontrar una salida”, dice sin titubear el hombre que ahora luce impecable y con los pómulos rosados.


Sin embargo, puede que sus palabras no sigan resonando por mucho tiempo, la cardiopatía y los infartos lo acechan y apuestan porque son pocos los días que le quedan.


“Llevaré este mensaje las veces que pueda, o mejor dicho, hasta que pueda”, culmina en tono sereno.



El libro


El Instituto Tecnológico Metropolitano, ITM, fue el encargado de editar y publicar la recopilación de experiencias que titularía "La verdad sin calzones". Según el diario institucional Latekhne, "El libro cuenta la vivencia directa del autor en los tiempos que anduvo recluido en una comunidad terapéutica y nos induce a conocer la vida en particular de cada una de las personas que más cerca tuvo en su periplo de condenado a sufrir las "temporadas en el infierno" que supone la droga. Valderrama se desnuda para compartir ese mundo devastador y punzante del vicioso que no tiene posibilidades de redención, ya que es reiterada su negación a la recuperación física y de salud en su estado calamitoso, fenómeno que ocurre más de una vez con casi todos los enfermos que caen a ese tipo de instituciones, que sin eufemismos, se llaman manicomios. Lugares proscritos, donde teóricos como Foucault dimensionaron todo su espectral funcionamiento para acabar de destruir lo poco que queda de entereza mental en sus pacientes, que más bien son reclusos. Y, además, sin aplicarle remordimientos moralistas, sino formulados como revelaciones desde la crudeza de un estilo que hace imperar la realidad sobre la ficción. Aquí está de nuevo el Macondo donde la existencia cotidiana es superior a la magia del día a día que nos ocupa a los mortales, para salir airosos en el arte de vivir.". Quisiera que en algún momento el libro fuera gratis para que llegara a todos, pero por ahora me conformo, y no me choca, con que los estén comercializando pirata en La Bastilla, dice jocosamente el autor.