Velas contra capuchas

Autor: Henry Horacio Chaves
18 agosto de 2018 - 12:02 AM

Hay que rechazar el vandalismo y toda forma de violencia en las universidades públicas. La protesta social
requiere ideas y cordura.

En definitiva, nada tan contrario a la luz como una capucha. Ocultar la cara implica también esconder las intenciones, los propósitos y los intereses que animan a quienes están detrás cada una. Por eso es tan significativo que los estudiantes de la Universidad Nacional en Bogotá hayan decidido responder al accionar de los encapuchados con una velatón, es decir con la luz.

Una convocatoria que no solo fue bien recibida por las directivas y la comunidad universitaria en general, sino también por los vecinos que se habían acostumbrado a convivir con el campus en el tono y la amabilidad que impone una universidad en cualquier lugar del mundo, y especialmente una de carácter público en un país que sueña con que la educación superior deje de ser un lujo que solo pueden darse quienes tengan el poder adquisitivo.

Las pedreas y papas bombas del miércoles en la Nacional en Bogotá ocurrieron un día después de que otros encapuchados incursionaran violentamente en la plazoleta central de la Universidad de Antioquia y tiñeran las aguas de la fuente de rojo. Un gesto que pudo haber tenido un contenido simbólico, como el de hace poco más de un año en otras fuentes de Medellín, a no ser por la violencia con que se hizo y por las capuchas que taparon rostros e intenciones.

 

Vea también: Encapuchados en la U de A

 

La protesta social es incompatible con el vandalismo, por lo demás, como cualquier expresión de la irreverencia requiere inteligencia y una propuesta de fondo. No es anarquismo, es la propuesta de un orden distinto, de una manera diferente de actuar y de tramitar las diferencias. La protesta social, la rebeldía de los jóvenes, debe expresar ideas y retar. En ese sentido, encender las velas y condenar piedras, capuchas y explosivos, se constituye en un ejercicio político de controversia y una declaración de inconformidad con métodos y tonos que ya deberían estar superados.

La educación pública superior es el mejor motor de transformación social y el más inteligente vehículo de equidad. Es la manera ética más expedita de movilidad social y por eso hay que defenderla contra todos los ataques. Es preciso cerrar filas para protegerla de los intentos de acabarla, de las amenazas presupuestales, de la indebida injerencia política y también de cualquier clase de vandalismo.

Las universidades públicas son patrimonio de todos. Nos pertenecen como sociedad, no son de los profesores que a veces se sienten tan dueños de ellas, ni de los empleados, ni de los estudiantes que en esencia son pasajeros. Tienen que mantener vivo el vínculo con los territorios y con las sociedades a las que se deben; con la generación de conocimiento y con la formación de profesionales éticos que sean capaces de mejorar la calidad de vida de la comunidad, en el presente y en el futuro, desde todas las áreas del saber, pero también desde las expresiones del arte, la cultura y el deporte.

Al celebrar la iniciativa estudiantil de la velatón en defensa de la Universidad Nacional como escenario de debate intelectual, inteligente y pacífico, la rectora Dolly Montoya reveló que algunos estudios académicos han cuantificado la pérdida reputacional de cada jornada de protesta y la han asimilado a devolverse dos años en la construcción del proyecto académico. Un costo que obviamente pagamos todos como sociedad, sobre todo en un momento en el que están llegando a las diferentes sedes de la Universidad un importante número de estudiantes de otros países en el programa de movilidad.

 

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Está por develarse qué hay detrás de las capuchas. Entre tanto, las directivas universitarias han insistido en la disposición al diálogo y al debate con altura; a aprovechar los espacios de representación para expresar los argumentos y para plantear los retos. Un camino que un grueso de estudiantes ha recorrido y que abonan con iniciativas de rechazo a las protestas fácticas y con el compromiso de proteger las instalaciones y las instituciones. A ellos hay que acompañarlos y dejar solos a los vándalos, para evitar además que otros saquen provecho del caos. Viva, pues la universidad, abierta, deliberante, propositiva. La que forma, investiga y se vincula con el entorno.


 

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