Marta Elena Bravo: una escuela en la mirada

Autor: Jaime Dario Zapata Villarreal
30 abril de 2017 - 06:00 PM

Marta Elena Bravo ha sido reconocida como una de las gestoras culturales más importantes del país. Decisiva en la construcción de planes de desarrollo cultural en Antioquia, sus ideas siguen ejerciendo un magisterio en las discusiones que vinculan la cultura con las dinámicas sociales.  

Medellín

En la casa de Marta Elena Bravo los recuerdos se establecen en forma de objetos. Como en un museo privado, diferentes detalles constituyen una biografía sentimental que le proporciona tranquilidad: pinturas de su amiga Débora Arango; obras del maestro Hugo Zapata; fotos familiares, libros, recuerdos. No son objetos acumulados porque sí, son una parte fundamental del mapa de su vida: “Todos estos recuerdos los atesoro con cariño. Cada uno representa una parte importante de mi vida que quiero recordar así, como se fija en la forma en la que están puestos el uno con el otro”.

 

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La cultura, que ha sido su principal arma de batalla, ha estado desde la infancia: fue hija de José María Bravo Márquez, una de las figuras más relevantes del panorama musical de la ciudad, intelectual y maestro de generaciones, quien desde el hogar le inculcó la educación y la cultura como principales herramientas en la formación de las nuevas generaciones. Marta Elena habla de él con admiración, con la serenidad de haber compartido y aprendido de una figura que a la vez fue papá y maestro.


“La cultura y la educación como proyecto fundamental de la existencia colectiva de nuestra familia: uno es ser con el otro. Una concepción ética y estética. Mi padre fue un humanista. Mi entorno estuvo rodeado por intereses como la música, la literatura, el teatro. Ese disfrute se dimensiona, adquiere mayor perspectiva en un ambiente de familia grande como la mía. Tuvimos un modo de existencia peculiar: la tertulia, la conversación, y eso me lo enseñó mi papá. Aprendimos la sensibilidad con él. El ejercicio de la razón”.
Ideas como la construcción de la libertad, la autonomía y el ejercicio de la reflexión le permitieron ser la persona que es ahora, dice con orgullo Marta Elena: “Educar es acompañar al otro en su sentido de la existencia y su relación con los demás. Para nosotros, antes que el dinero, lo importante era la expresión de la sensibilidad. En nuestra casa eso era lo que primaba”.


Desde joven demostró facultades para el estudio y el aprendizaje, enfatizó en ese perfil de mujer preparada, crítica, que, aunque no era lo usual en esa época, estaba segura que esa era su ruta a seguir: fue becada en el colegio La Enseñanza y tenía que elegir una carrera. Era el año 59, era raro y hasta mal visto que una mujer se preparara, y más en las opciones que la joven Bravo sopesaba: alguna ingeniería o filosofía. 


“Me decanté por Filosofía en la UPB. También me gustaba la Ingeniería, pero el ambiente humanístico de mi hogar permeó mucho en mí y dirigió la balanza hacia la filosofía y las letras. Fue una buena elección porque me permitió ahondar mis preocupaciones personales, que se fueron convirtiendo en preocupaciones más colectivas y públicas, en el sentido de un trabajo crítico y reflexivo con mi entorno”, aseguró Bravo. 

 

La preparación
Maestra de maestros -como es recordada- Marta Elena Bravo supo desde su juventud lo que era aprender y educarse para tender puentes con los demás. Desde 1960 empezó a dar clases, mientras estudiaba. Fue líder estudiantil -enérgica, comprometida- pero nunca violenta, enfatizó. Ese ejercicio le permitió aprender una de las cualidades que más atesora: escuchar al otro. 


“Te da la capacidad de callarte y escuchar la palabra del otro. Ser líder estudiantil es un compromiso con la sociedad y todavía lo tengo, esto se relaciona con mucha cercanía a los proyectos culturales en los que he trabajado. Te permite acrecentar la sensibilidad, eso que algunos llaman la capacidad de asombro. Aprendí, también, un modo especial de habitar nuestro territorio. Una sociedad se afinca en la manera en que la educación se vuelve un pilar importante de su origen y desarrollo”. 


Mara Elena viajó. Se fue para Estados Unidos y se preparó no sólo académicamente, sino también desde el conocimiento de los hechos más relevantes de la época: un país en plenas revoluciones interiores, convulsionado por la muerte de John F. Kennedy y los movimientos feministas, raciales; la guerra de Vietnam, el hippismo; le permitieron abrir su perspectiva del mundo, para luego enfocarlo en lo local, como era su idea: “Por eso viajé y quise formarme en otros idiomas: francés, inglés, lo que me dio otras posibilidades de empezar a mirar el mundo, de conocer gente, como el que sería mi esposo, Michel Hermelin, un hombre maravilloso. Esos viajes a Estados Unidos y Europa supusieron un refrescamiento y una apertura a nuevas ideas, nuevos conceptos sobre los cuales trabajar la cultura local”. 


La razón, para Marta Elena, es como un músculo: hay que ejercitarlo. Por eso, mediante la educación, ha sabido proponer luchas y estrategias que permitan desentrañar los problemas que para otros son problemas, pero que ella los ve como posibilidades de cambio. Así, el hecho de viajar, de volver con un pensamiento renovado, le permitió adentrarse en la elaboración de una capacidad de análisis crítico. No para acomodarse con lo que está recibiendo, como dice, sino para “procesar y sacar sus propias conclusiones”, y pone un ejemplo muy actual: el análisis crítico en tiempos de paz. 


“Es algo que uno ve muy poco ahora y echa de menos. Para construir una paz estable hay que pensarla, y pensarla desde un sentido ético. Es importante que este suceso -que atraviesa todas las dinámicas sociales y culturales del ahora- sea pensado como una posibilidad de pensar mejor nuestro lugar en el país, qué podemos hacer y cómo podemos ser decisivos para ese cambio”. 

 

Trabajo por la cultura
Después de regresar de sus viajes, Bravo trabajó desde y por la cultura. Uno de esos trabajos que considera decisivo fue el que desempeñó como jefe de relaciones humanas de Fabricato, la empresa textil, que le dio la oportunidad de trabajar el tema cultural. 


“En esa época Fabricato tenía 5.000 empleados, era trabajar no sólo con el trabajador sino con las familias. Ahí aprendí, entendí qué es la responsabilidad social. Me enseñó a mirar desde lo humano, a la persona como algo físico, que necesita la cultura como otras cosas básicas, cómo este tipo de trabajos, tan mecánico para ellos, pueden dar pie a formar nuevas ciudadanías más críticas, más abiertas”, comentó Bravo, quien agregó que en aquella época aterrizó de un campo tan especulativo como el mundo de la filosofía y letras a uno más tangible, el de los proyectos culturales: “Aprendí mucho, después eso lo pude desarrollar en otras situaciones”. 


Luego de otros viajes se vinculó a la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, como profesora de Literatura. Eran los años 70 y enseñó el Boom Latinoamericano, que apenas se estaba desarrollando. Lo que ella más pondera de su trabajo en ese entonces fue el entusiasmo de transmitir cómo esos autores “nos decían el mundo nuestro de una manera novedosa y bella. Una renovación de la imagen poética”.


La docencia es una parte fundamental de su vida: lo fue desde que entró a estudiar hasta el presente cuando, ya jubilada, sigue dando clases cada vez que se lo piden. Y esa docencia no necesariamente se ejercía en un aula de clase, porque el aprendizaje, para Bravo, es una acción tan abierta y ligada a la esencia humana que en cualquier lugar se podía desarrollar, por eso se pone como ejemplo, en especial su amistad con personajes como Manuel Mejía Vallejo, quien llegaría a ser muy cercano: “Tuve mucha suerte al conocer personajes como Manuel Mejía Vallejo, con quien pude cultivar una amistad de varios años. Fue un gran hombre y un gran intelectual. Y lo debemos leer todavía más, un gran poeta. Aprendí tanto de él, en todos los aspectos. Recuerdo sus décimas, tan exquisitas y exactas. Un hombre que escribe poesía de esa manera (claro, están sus grandes novelas), es un hombre especial”. 


También se relacionó con otros personajes importantes del momento cultural de la ciudad  que intensificaron sus intereses por el desarrollo cultural, como Gilberto Martínez y Mario Yepes. “Después me vinculé a la extensión cultural, con la Universidad Nacional y ahí pasé la mayor parte del tiempo. El movimiento estudiantil fue muy importante porque a través de él se da una expresión cultural arriesgada con el teatro, la música y la literatura protesta. Eran los años 70, tan dinámicos y sorprendentes”. 


La década decisiva fue 1980: había una necesidad de desarrollar planes de cultura y esto nació, según recuerda, con la Unesco, que incentivó a crear en todos los países -y en especial en los que estaban en vía de desarrollo- políticas culturales, como esa dimensión cultural que debe tener una sociedad para evolucionar. 


“El gobernador de esa época, Nicanor Restrepo, me pidió que fuera directora de Cultura de Antioquia. Y ahí pasó algo fundamental en mi formación: vi la complejidad del territorio, qué papel tiene la cultura en un territorio.  Fue muy interesante, porque me permitió, con la ayuda de muchos colegas, continuar un camino cultural del departamento, porque en Medellín y en Antioquia ya había mucha cultura, eso no empezó con nosotros, y en eso quiero ser enfática”.

 

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Los trabajos que hizo en esa época y en los 90 en Antioquia descubrieron para ella la necesidad que había de investigar la cultura departamental: tantos grupos de todas las regiones de Antioquia que estaban esperando la oportunidad de demostrar sus trabajos, de expresar sus urgencias en cuanto ser escuchados y atendidos. Descubrió, además, con la asistencia masiva a las reuniones, que le gente sí estaba interesada en desarrollar un plan cultural en comunidad, que sirviera para todos: “La cultura no nació con estos planes regionales y departamentales ni nacionales de cultura, ya estaba ahí, siempre ha sido parte de esa vivencia colectiva”. 


En cuanto al Plan Nacional de Cultura 2001-2010, Bravo afirmó que fue una experiencia interesante porque le permitió entender, ya en el ámbito nacional, cómo había territorios que todavía son desconocidos para el desarrollo cultural del país, y que necesitaban -o todavía necesitan, porque el trabajo no está terminado- un espacio y un oído para atender sus necesidades. Fue un trabajo arduo, pero no solitario, porque siempre hace énfasis en lo importante que ha sido trabajar con un grupo de personas preparadas y entusiastas de lo que hacen, y que sin esas herramientas humanas no se hubiera podido proyectar ni elaborar algo tan ambicioso: “En el Plan se visibilizó un país inmenso en dos columnas claves: creación y memoria. Y de ahí salen muchas posibilidades de establecer políticas y procesos que permitieron hacer algo que para mí fue muy necesario: los hechos culturales. A través de estos conocemos cómo un país tan complejo como el nuestro se ha configurado a través de la cultura, que por mucho tiempo estuvo invisibilizada o no fue tomada en serio ni en cuenta. Ahora, lentamente y gracias a todos estos procesos, nos estamos dando cuenta cuán importante es para el desarrollo integral de una nación”. 

 

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