Bancarrota moral

Autor: Eufrasio Guzmán Mesa
30 noviembre de 2017 - 12:09 AM

Dos ejemplos muestran la profunda corrupción del alma nacional y el destino fatal que podemos albergar

Contradicciones de espanto. Mientras el país vive una opulencia entre las élites que ilustra la presencia de abundantes viviendas y automóviles de lujo, además de la recomendación a los inversionistas para que adquieran pesos colombianos por su fortaleza, hay otro país que se desangra en la miseria, el hambre y la desprotección. Y la causa es una suerte de violencia suicida que nos inferimos los propios ciudadanos y que se suma a la inequidad honda de nuestras estructuras sociales. Solo dos ejemplos muestran la profunda corrupción del alma nacional y el destino fatal que podemos albergar como ejemplo de que no merecemos el suelo que nos alberga.

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El primero es la existencia de un cartel o mafia de la alimentación escolar que se ha robado recientemente las raciones de ocho millones de escolares en todo el país. No se ha borrado de la memoria que en el Chocó hace algunos años se descubrió que la harina para alimento de los niños era destinada a engordar cerdos cuando nos enteramos de esta afrenta a la infancia de doce departamentos de la nación. No es un problema nuevo ni local, el programa de alimentación escolar desde su creación en 1936 con el decreto 219, luego la creación del Icbf, y todas las iniciativas orientadas a paliar el hambre de la población escolar desprotegida, se han enfrentado al robo, la contratación fraudulenta de las raciones y la generación de una burocracia parásita e ineficiente. Es un genocidio innombrable y feroz que se origina no en el diseño de un programa bondadoso sino en la forma ruin como se lo ejecuta. Un antropólogo imparcial puede hablar de infanticidio, un observador puede señalar un futuro improbable.

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Un segundo ejemplo. No imagina uno que los ingenieros y abogados que diseñaron los estatutos de valorización hubieran pensando estos reglamentos como estrategias de daño para sus conciudadanos, todo lo contrario. No puedo concebir sino buenas intenciones en un funcionario como el pensador Fernando González trabajando en el Estatuto de Valorización de 1942. Pero unas son las leyes y normas de la convivencia y otros los resultados que se derivan, algunos indeseables y completamente opuestos a los principios que inspiraron originalmente su promulgación. Los municipios han encontrado en el crecimiento en altura y en la urbanización intensa de predios antes dedicados a labores agropecuarias, una fuente de recursos poderosos que ya se sabea dónde van a parar. El resultado es el desplazamiento de pequeñosy medianos agricultores que no pueden cubrir los altos impuestos que por valorización les cobran las autoridades municipales.

Son solo dos ejemplos de los miles que podrían ilustrar el camino perverso de la riqueza en nuestro país. El solo caso del incremento de torres deapartamentos en Sabaneta esemblemático; hace casi dos siglos el viajero sueco Grossman creyó reconocer en esas tierras el propio paraíso terrenal, hoy la urbanización intensa y la congestión hacen sentir a sus habitantes más el infierno de una pesadilla que el sueño de la publicidad que los indujo a comprar. “Todo ser o país débil se pierde con los tesoros que le aparecen repentinamente” decía el maestro Fernando González. Los ejemplos sobran y la realidad es aplastante: ninguna riqueza traerá más que ruina y sufrimiento si nuestra contextura moral es ya un oprobio para la vida.

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