¿A los impunes los protege Dios?

Autor: Alberto Morales Gutiérrez
27 mayo de 2018 - 12:06 AM

A veces los crímenes execrables no se quedan en la impunidad 

Una noticia de hace dos semanas sacudió de alguna manera al reino de los impunes: La condena del Brigadier General Pedro Octavio Espinoza y 23 militares más comprometidos en crímenes y torturas en el régimen de Pinochet, incluyendo al exdirector de la policía de investigaciones de la época, el muy pomposo Eduardo “Coco” Paredes. Unos personajes ya ancianos a quienes se les ha borrado el rictus del cinismo con el que enfrentaron el juicio y se les ve en las fotografías en toda su minúscula dimensión.

Lea también: Es que sois como borregos

Son cosas raras que ocurren. A veces los crímenes execrables no se quedan en la impunidad.

Vea nada más la desvergonzada insolencia de Nuon Chea, el genocida del Jemer Rojo en Camboya, quien muy campante luego de sus excesos de terror, fue “perdonado” en 1998 por el régimen del Primer Ministro HUN SEN y detenido nuevamente en el 2007 para ser condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Apeló y la sentencia fue confirmada en el 2016.

Es patético el caso del muy bonaerense cura argentino Christian Von Wernich, capellán de la policía de la Provincia de Buenos Aires, quien le cogió gusto a la tortura y empezó a protagonizar atrocidades con los detenidos del régimen de terror vivido entre 1976 y 1983. Su defensa es delirante, no obstante las irrefutables pruebas de su participación en por lo menos 7 casos de homicidio, 42 secuestros y 31 torturas. Fue un discurso incoherente, inundado de citas bíblicas y argumentos según los cuales, “nunca, en 2.000 años de historia del catolicismo un sacerdote ha violado alguno de los sacramentos”.

A Ramko Mladic, el carnicero de Bosnia, que también se creía impune, lo detuvieron en el 2011luego de disfrutar de un largo período de tranquilidad bajo la protección de Slodovan Milosevic en Belgrado y paga cadena perpetua.

Pero la impunidad sigue ahí. Miles de criminales en el mundo continúan actuando con la certeza de que todos sus actos delictivos no van a ser sancionados, que no van a recibir castigo.

Hay, desde luego, una impunidad diferente entre quien comete el crimen perfecto, no deja huella alguna de su actuar y nadie se entera de que ha sido él quien lo ha cometido, y la impunidad de aquellos que, amparados en el poder, en lo que ellos llaman “la legitimidad del estado”, arrasan con sus opositores, violan los derechos humanos y convierten el atropello en su estado natural.

Asumen que la ley está de su lado porque están defendiendo causas superiores.

El viejo Cesare Beccaria publicó en 1764 un texto nodal sobre el tema de los delitos y las penas.

Propuso una discusión bien interesante: Revaluar la tesis dominante según la cual “punitur qui peccatum est es decir, hay que castigar porque se ha pecado, y asumir el principio de “punitur ne peccatur”, esto es, hay que castigar para que no se peque.

Y es cierto. Un sistema judicial que no ofrece la seguridad de que los crímenes son juzgados y condenados, desencadena en los ciudadanos una sensación de impotencia, de fracaso institucional y exacerba el delito e impone la inmoralidad, además de derrumbar todos los principios éticos.

La idea de Beccaria era crear una normatividad penal que no dejara resquicio a la interpretación del juez, de manera tal que la sanción no fuera “interpretada”, pues el manido discurso sobre “el espíritu de la ley” siempre ha degenerado en ser el espíritu de quien juzga.

La impunidad es, ciertamente, el más dramático reflejo de la decadencia de una sociedad.

En nuestro país el caso es particularmente doloroso, debido al contubernio manifiesto, confeso y evidente, entre todos los poderes. Muchos parlamentarios “legislan” dejando huecos enormes por donde esa misma ley puede ser birlada, muchos jueces se organizan, algunos al más alto nivel de las cortes, para vender sus decisiones, muchos gobernantes locales, regionales y nacionales organizan sus gestión en beneficio de quienes, desde el sector privado y otros sectores “non santos”, los han financiado, muchos protagonistas de los organismos de control actúan en consecuencia con los intereses de sus socios, muchas iglesias y religiones bendicen y cohonestan con esta manera de actuar.

Además: La parábola del impune

La razón es siempre la defensa de la democracia, la defensa de la legalidad, la defensa del estado.

Como el poder viene de dios, los impunes siempre son unos iluminados.

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