Ciudadanos
Disciplina social
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
17 de Noviembre de 2007


Lo primero que necesita esta ciudad es disciplina social, que nos despeje el camino de la convivencia, la productividad y la competitividad. La disciplina es la gran fuerza reguladora de la sociedad. Se define como el acatamiento cotidiano al conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación a las normas (legales y morales) entre los miembros de un grupo social.

La disciplina reúne múltiples valores. Significa entrega al logro de las metas propuestas, continuidad y exigencia, enseñanza y aprendizaje.

Como virtud, la disciplina es individual. Pero siempre tiene una proyección en lo colectivo. Es la adhesión a normas que garanticen la convivencia. Es decir, el respeto de la Ley.

Todos y todas necesitamos de la disciplina social: mujeres y hombres, menores, jóvenes y adultos, ricos y pobres, altos y bajos, gordos y flacos, doctores y analfabetas, autoridades y ciudadanos. Si se vendiera en píldoras, sería un producto masivo, tentación de todas las multinacionales porque no tiene nichos exclusivos de mercado sino todo el universo abierto. La ventaja, sin embargo, es que el practicarla da cierto aire de exclusividad, de refinamiento, algo que no se compra en los almacenes de cadena ni en las tiendas de los centros comerciales.

Un aspecto esencial de la disciplina es la adecuación del individuo al medio social. Porque en su proceso de socialización cada cual adquiere conciencia de sus obligaciones con el grupo o sociedad y consecuentemente se ejercita en adaptarse a ella.

La disciplina social que requerimos no depende de campañas publicitarias de alto costo y corta duración, porque no será una moda ni podrá ser utilizada como una estrategia de imagen. Es lógico, pues, que la disciplina social no puede venderse como un shampoo o una bebida energizante, porque sus efectos no pueden ser ni superficiales ni temporales. La disciplina social tampoco se puede inyectar para que tenga efectos inmediatos. Hay que construirla paso a paso, día a día, con todos aquellos que nos rodean, para que pueda ser práctica y eficaz.

La disciplina social se empieza a construir en el hogar, para que sea cierta y completa. Eso quiere decir que se debe sensibilizar y capacitar a los padres de familia, para que sean los primeros educadores de sus hijos en materia de tanta importancia para la vida individual y de las colectividades. Y su proceso continúa en la escuela y en las demás instituciones.

La disciplina social no es para usarla a ratos. Hay que practicarla en el barrio o urbanización, en el tránsito, en las filas del banco, en las filas del Metro y de los buses, en el ascensor, en el colegio o universidad, en la empresa, en los oficios religiosos, en los actos culturales, en las sesiones de trabajo.

Un programa de disciplina social es de bajo costo por millar, porque tiene una ventaja que se quisiera el Rey Midas: lo que toca lo vuelve oro y se transmite con el ejemplo. Su alcance es progresivo. Mientras más se use, más se tiene y más se expande.

La disciplina tiene relación con la educación, con el civismo, con la urbanidad, con la responsabilidad social, con el respeto a los demás, con el cumplimiento exacto de las normas de tránsito, con el uso del lenguaje apropiado, con no molestar a los otros con los teléfonos celulares que suenan a toda hora, con la puntualidad, con comer y fumar en los sitios indicados para ello, con el cuidado del medio ambiente, con la prevención, con la solidaridad y con el cuidado de si mismo. La disciplina social es la fórmula mágica de la convivencia: si todo el mundo la practica, llegará el día en que viviremos en paz.