La soledad del hombre contemporáneo
Autor: Hector Ocampo Marín
24 de Septiembre de 2007


Nunca el ser humano se sintió tan solo como en los tiempos actuales. Y nadie tan solitario como el hombre que está, que va dentro de una multitud. Casi grita de dolorosa soledad. Y en realidad esa multitud ululante y clamorosa, actúa de esta manera urgida por la soledad de cada uno de los seres que integran tan pesarosa procesión humana.

Ciertamente que en ningún otro lugar se percata más honda soledad que en las premiosas procesiones urbanas de seres que sufren con su capacidad pensante en medio de las multitudes. En realidad y como bien lo anota Arturo Uslar Pietri, “en donde está el hombre está la soledad como su sombra, que lo sigue, lo acecha, lo espera”.

Y es posible observar cómo se aumenta el sentido de la soledad en aquellos que intentan conversar o que conversan apremiados por la soledad y con la esperanza que procediendo así no se sentirán tan cruelmente solos. La fuerza de la soledad hace que los hombres conversen, se busquen para hablar, y con frecuencia lo que logran es acrecentar su sensación de soledad. Los millones de habitantes de las ciudades, se ven obligados a sufrir un tipo de soledad más aberrante, inferior e involuntaria.

Y es aterradora la soledad del hombre contemporáneo que, avanza y se apresura, entre las sordas multitudes. Que vive, agoniza y muere, solitario entre la indiferencia del gentío. Y puede estar menos solo cuando está realmente solo. Pero en medio de la muchedumbre que ni oye ni escucha, apenas es como un objeto que ocupa un espacio en el complejo mundo.

Y el hombre que va por la calle, por las vías de las grandes ciudades es, sin duda, el más dolorido y solitario, el más agobiado de los seres. Si va riendo nadie se entera, si va llorando nadie se da cuenta. El soneto del poeta colombiano Germán Pardo García es una definición concluyente:

Agua de soledad que yo he bebido / Adorando la luz de su presencia, / Que envuelve en desolada transparencia / El trémulo diamante del olvido.

Mar de la soledad, claro y ungido. / Recóndito de amor y de clemencia. / Aire de soledad, alto de ausencia, / De atribulada sombra y de alarido.

Soledad implacable que aprisionas / Mis sienes con tus pálidas coronas. / Cáliz de elevación, ánfora inerte / Y llena de dramática ternura: / Pasa de mí con toda tu amargura, / Que está mi alma sola hasta la muerte.