Largo & Ancho
El fatídico 5%
Autor: Rubén Darío Barrientos
20 de Junio de 2007


Cuando yo estudiaba bachillerato, a los buenos estudiantes les decían “mazos” o “porras”. Hoy, la juventud los moteja como “nerdos”. Es la forma de irrumpir la burla, para que les caiga a quienes buscan aprovechar las oportunidades del conocimiento. Nos movemos en aguas mediocres, en esfuerzos mínimos, en ese pasar “raspando” que nos vuelve superficiales y que no nos dignifica. Se estima que en la actualidad, apenas un optimista 25% refleja la participación de educandos con buenos resultados académicos en el país. Es todo un ropaje de pobreza y subdesarrollo.

Los expertos en pedagogía dicen que “repetir un año lectivo es una estupidez pedagógica, pues causa pérdida de autoestima en el estudiante y lo lleva a reincidir en el fracaso” (El Tiempo, 27 de mayo). No comparto lo anterior. Es conocido que no todos los alumnos tienen sentido alto de la responsabilidad: los hay vagos, poco atentos, disipados, sin actitud, recochudos, tramposos, carentes de interés y desentendidos. No quiere decir ello que la totalidad esté inmersa en caminos errados. También los hay buenos, excelentes y con deseos de aprender. Pero se han vuelto minoría.

Por todo lo anterior, celebramos que haya entrado en revisión el nefasto Decreto 230 del 11 de febrero de 2002, según el cual ningún colegio puede hacer repetir el año a más del 5% de los estudiantes de un grado. Dicho de otra manera, los establecimientos educativos deben garantizar un mínimo de promoción del 95% de los estudiantes que finalice el año escolar. Esto es un atentado contra la calidad educativa. ¿Qué ha deparado afirmativamente el Decreto? Nada. La mediocridad es rampante. Y los jóvenes se han tornado aún más intocables y conformistas. No están asediados por el fantasma de la pérdida.

Sabemos que reprobar un año, apareja altos costos económicos para los padres. Y para los estudiantes, significa mucho más que derrochar un año de vida. Pero decir que “repetir es un castigo que debe evitarse” es asumir una posición paternalista. Hoy los jóvenes no se esfuerzan mucho por investigar, por consultar, por profundizar. No son pocos los que esperan la recuperación para salir avantes. Además, pululan los distractores: Internet, rumba, barras de amigos y ley del menor del esfuerzo. Falta juicio, aplicación, sensatez y seriedad para asumir los compromisos educativos.

El Decreto, en ese 5%, es tolerante, laxo y alcahueta. No le permite al colegio el verdadero filtro de la calidad académica. De igual forma, les da blindaje a los estudiantes conformistas y tira por la borda el nivel de exigencia. Estoy de acuerdo en que un buen maestro debe transmitir y si encadenamos su misión, tendríamos que concluir que a mayores buenos maestros, menores índices de pérdidas de años escolares. Pero para que se de este apotegma, tendríamos que partir de la base de que existe un mutuo interés: unos docentes superando sus niveles de eficiencia y unos estudiantes emulando su aprendizaje. Pero esto es una utopía.

Capítulo aparte merecen los padres de familia que no acompañan los procesos educativos de los hijos. Los que exhiben dejadez o llegan tarde a sus casas, son también culpables en porcentaje alto de ese fracaso académico. También hay problemas severos en los hogares rotos y en donde “cada cual anda por su lado”. En esas familias, los hijos terminan reflejando la crisis con pésimos resultados educativos y con alta desadaptación al colegio. Niños que pierden entre 5 y 7 asignaturas, están signados –casi siempre- por un hogar desunido y sin controles.

El Decreto, pues, ha permitido reducir la cuota de pérdida de estudiantes que merecen quedarse, alimentando las malas bases académicas. Quien pasa con flojera un año, recibe el perjuicio de que en lo sucesivo estará condenado a nuevas pérdidas. Y esa repetición es fatídica, porque pudo evitarse con un retén a tiempo. Los colegios y los profesores están maniatados. Ojalá la revisión del Decreto sea seria y realística.