Columnistas

El mejor paraíso artificial
Autor: Omaira Martínez Cardona
21 de Diciembre de 2016


Por tradición cada que termina un año, se celebra, se hacen balances, se proyectan metas, retos y se desean buenos propósitos para tener una mejor calidad de vida.

Por tradición cada que termina un año, se celebra, se hacen balances, se proyectan metas, retos y se desean buenos propósitos para tener una mejor calidad de vida. Celebraciones que muchos practican por costumbre más que por convicción y compromiso ya que para la gran mayoría, la vida sigue transcurriendo en la más absoluta monotonía. 


Como ya lo he expresado, la base para dar sentido a la existencia y para un adecuado y libre ejercicio de la libertad individual y de la ciudadanía, es entender y respetar que todos tienen una concepción distinta de lo que es calidad de vida, felicidad y bienestar. Por eso muchos consideran que viven en el paraíso y en uno de los mejores países del mundo, otros en cambio sobreviven en un estado indefinido, en ese lugar incierto entre el paraíso y el infierno donde se estancan, soportan y esperan a que las cosas cambien para alcanzar la tan anhelada felicidad.


La cultura, la religión, las ideologías y las circunstancias que confluyen en el contexto en el que se vive son determinantes en los hábitos y el estilo de vida que se lleva y que para muchos es la que les tocó soportar con resignación.


Lo que es indudable es que cada quien a su manera vive y padece su propio paraíso e infierno en este mundo terrenal y que como en El Paraíso Perdido, el clásico de la literatura inglesa de John Milton, siempre existirá esa permanente insatisfacción y desesperación en los seres humanos que nos hace mover entre el cielo y el infierno, entre el mal, el sufrimiento y esas pequeñas dosis de bondad y alegría, generalmente disfrazadas de exageradas y temporales manifestaciones eufóricas. 


La imagen del paraíso que nos legaron es limitada y atreverse a traspasar esos límites que son imaginarios y yacen sólo en la mente, es trasgredir lo establecido, lo habitual. Es rebelarse, ir contra la corriente; es como profanar lo que se considera sagrado.


Aquí en el mundo terrenal todo el tiempo de estadía hay que luchar contra las tentaciones, las manifestaciones del mal que no detonan precisamente disfrazadas de serpiente o en una manzana sino que se nutren en lo más profundo de la naturaleza humana y surgen por la presión de la sociedad en la que se vive. 


Sólo así se entiende y se explica cómo un país como el nuestro, se desborda en euforia con una fiesta, un triunfo deportivo o un concierto, pero ante situaciones que deberían ser excusa permanente y no ocasional para construcción de una sociedad mejor, más honesta, saludable, justa, respetuosa y menos corrupta, no hay tolerancia y ni siquiera interés. 


Si bien nos destaca ante el mundo esa desbordada alegría y la solidaridad ante las calamidades, ese paraíso artificial en el que creemos vivir, nubla la visión para reconocer y enfrentar la verdadera realidad que no siempre es tan prometedora. 


Que para el año que comienza sea un propósito abrir la mente y aclarar la visión para aceptar que el paraíso en el que vivimos no es el único, ni el mejor, pero tampoco el peor infierno. Sólo así comprenderemos que siempre habrá mucho por mejorar y que como lo dice Salman Rushdie en sus Versos Satánicos, los paraísos artificiales acaban en infiernos naturales a los que tanto nos acostumbramos.