Columnistas

¿Qué tiene de malo decir groserías?
Autor: Juan David Villa
16 de Diciembre de 2016


¿Cómo hace uno para machacarse un dedo y no soltar una vulgaridad que libere el dolor como una bomba? Si usted no la dice, le duele más.

¿Cómo hace uno para machacarse un dedo y no soltar una vulgaridad que libere el dolor como una bomba? Si usted no la dice, le duele más. No estoy invitando a nadie a usar palabras soeces: solamente quiero decir que somos una sociedad guache y que ello no es necesariamente un delito.


Entiendo al esmerado padre de familia que le prohíbe a su hijo decir “palabras” (en Colombia, a las vulgaridades, a las palabras soeces, les decimos simplemente “palabras”: “fulano dijo una palabra”, y uno entiende a qué se refiere sin más). No obstante, creo que como forman parte de nuestro tesoro, el idioma, no hay que linchar a quien las use. Ahora bien: así como una persona en una ciudad de Occidente no va por plena avenida desnudo y así como vamos a un matrimonio con el mejor atuendo, así mismo, no puede uno andar madreando en todo tiempo y lugar.


Hay palabras que están por fuera de la condenada lista de palabras soeces que pueden ofender más. Por lo tanto, la carga ofensiva, la que le quema las entrañas al que recibe la ofensa, no está en la palabra misma, sino en el espíritu de quien la diga. Mejor dicho: la cuestión es de tono, de intención. De hecho, muchas vulgaridades también sirven para exaltar, para reconocer que algo es muy muy bueno, que algo nos agrada de verdad. Y aclaro que es “de verdad” porque las vulgaridades siempre se dicen con las tripas, desde lo más profundo, para bien o para mal, para quejarnos o para exaltar. Ha de ser por eso que tienen su propio tono, su propia sonoridad.  


Quizá la más famosa es la rimbombante “hijueputa” (hideputa, hijo de puta…). La vamos diciendo con toda la soltura a pesar de su peso ofensivo. Zahiere porque es una patada al apellido, a la honra de la familia. ¿Pero quién piensa en la mamá del “hijueputa”? Creo que nadie: el problema es con el hijo, no con ella. En el Diccionario de la lengua española (DLE), al que llamamos RAE, aparece “hideputa”. En el Diccionario de americanismos y en el Diccionario de colombianismo aparece “hijueputa”. Los tres diccionarios dicen que estas palabras pueden ofender o exaltar. Además, en los registros de la Real Academia Española, hay textos del siglo XVI en los que ya usan “hideputa”. Por lo tanto, es tan vieja como el español que hoy hablamos. 


También el verbo putear está en el Diccionario de la lengua española y, asimismo, en el de Americanismos. Aparece como regañar, manifestar enojo, insultar, fastidiar, entre otras.


Y miren qué curioso, o al menos a mí me parece muy curioso esto que voy a contarles: puto-puta, probablemente y según el DLE, está relacionada con el vocablo latino putus, que significa niño. Otra teoría, del famoso lexicógrafo Sebastián de Covarrubias y Orozco, la asocia con “podrido” (ya se imaginarán por qué).  De remate: en 1737, la RAE definía puta con estas palabras: “La muger ruin que se da a muchos”.