Columnistas

¿Futuro cubano para la Iglesia colombiana?
Autor: José Alvear Sanin
14 de Diciembre de 2016


Hemos llegado al cogobierno entre un grupo comunista y narcoterrorista y sus compañeros de ruta en Palacio. La transición del modelo democrático y representativo hacia el totalitarismo en versión castrochavista está en marcha.

Hemos llegado al cogobierno entre un grupo comunista y narcoterrorista y sus compañeros de ruta en Palacio. La transición del modelo democrático y representativo hacia el totalitarismo en versión castrochavista está en marcha.


Quienes vivan esta triste historia no podrán dejar de responsabilizar a los culpables de la entrega. Entretanto, no podemos dejar de considerar la indolencia de los propietarios de medios masivos frente a la toma de los mismos por todos los corifeos mamertos (¡mientras el P y G no sufra!); el interesado apoyo a un proceso de sumisión por parte de los “cacaos” (¡mientras haya contratos proficuos!), la obediencia cegatona de militares que en vez de defender la Constitución y la ley se pliegan por ascensos y primas; el silencio culpable de la mayoría de la Conferencia Episcopal (con honrosas excepciones como la de monseñor Libardo Ramírez): muchos obispos están felices participando en conversaciones, diálogos, mediaciones y comisiones, mientras sus colegas miran para otro lado…


Algunos pensarán que en mi listado omito la justicia, la universidad y los partidos tradicionales. Por desgracia, esas instituciones estaban ya perdidas para la democracia desde antes del proceso habanero, pero de los medios, los gremios, las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica, nadie podía anticipar tanta perfidia y cobardía…


El comunismo, históricamente, ha sido el peor enemigo que ha enfrentado el Cristianismo en veinte siglos: El martirio de la Iglesia rusa bajo Lenin y Stalin; la persecución implacable bajo la Revolución Mexicana; la barbarie durante el tramo rojo de la República Española; la eliminación de toda libertad religiosa con Mao, Kim Il-Sung y los jemer rojos, y la práctica supresión de la Iglesia bajo Castro, suma de horrendos episodios sobre los extremos a los que puede llevar el fanatismo revolucionario. No olvidemos que para Vladimir Ilich, la conducta más abominable era cualquier indicio de práctica religiosa…


No solo por motivos teológicos, la Iglesia Católica siempre señaló la incompatibilidad entre Cristianismo y Comunismo. Todos los papas fueron


constantes en ello, hasta que recientes y lamentables gestos y pronunciamientos, de tres años para acá, han revivido la teología de la liberación (TL).


Ahora bien, esa TL siempre ha sido un cuerpo extraño e invasor, de centenares de infiltrados en el sacerdocio, que amparados en una fementida opción preferencial por los pobres, tergiversan y corrompen, en clave marxista, la doctrina católica, para ponerla al servicio de una revolución, dizque libertadora.


Actualmente sus más reconocidos exponentes (todos castristas) son Leonardo Boff, Frei Betto y Boaventura de Sousa Santos, sin que nos falten en Colombia lacras, especialmente en la que antes sí era Compañía de Jesús.


Antes de Castro, la Iglesia cubana afrontaba dos graves problemas: una escasez de vocaciones que los obligaba a importar la mayoría de los sacerdotes, y la persistencia de la santería en amplias capas populares.


Después de quitarse la careta y declararse comunista, Castro suprimió prácticamente el catolicismo cubano: abolición de la navidad (tolerada a partir de 1997) y la semana santa; expulsión del clero extranjero; confiscación de todas las propiedades eclesiásticas; cierre de colegios, hospitales, seminarios y publicaciones católicas; indoctrinación de la niñez en el materialismo dialéctico; intimidación a los padres de familia cuando enseñan a sus hijos a rezar; interdicción del empleo para los creyentes; abortismo desenfrenado que ha hecho de Cuba uno de los países más envejecidos del mundo; numerosos disidentes católicos condenados a interminables prisiones, etc.


Pero desde hace unos treinta y cinco años, el régimen se convirtió en el principal promotor de la TL en el resto de América Latina, porque Castro sostenía que para el éxito de la revolución continental era más importante la infiltración en la Iglesia que la misma actividad del partido comunista. Además, era conveniente invitar a los últimos tres papas, que fueron recibidos por nutridas multitudes debidamente conducidas.


Tanto Wojtila como Ratzinger actuaron en Cuba dignamente, conservando las distancias, mientras Bergoglio, en cambio, escandalizó a los fieles católicos de todo el mundo…


¿Cuál es el estado actual del catolicismo en Cuba? Todas las medidas represivas continúan, aunque se disimulan a veces; el clero colaboracionista es justamente despreciado; unas pocas iglesias para mostrar a los turistas están abiertas. En La Habana, para un millón y medio de habitantes hay siete parroquias apenas. Esta situación la resume el autorizado blog “Belgicatho” (nov. 29/ 2016), cuando afirma que solo 2% de la población practica la religión, para no hablar del auge monumental de la santería.


Bien haría la jerarquía colombiana, que no ha reclamado respeto por el plebiscito, en analizar la situación de la Iglesia bajo los regímenes comunistas, si no quiere, con su silencio y ambigüedad actuales, que el “futuro de la Iglesia en Colombia sea su presente en Cuba”.


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En una insólita ceremonia, con más lágrimas de cocodrilo que agua bendita, nadie “ofreció perdón”, ni nadie lo “recibió” por el asesinato de monseñor Isaías Duarte Cansino, antecesor del actual Arzobispo TL de Cali, celebrante de esa pseudoliturgia.


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En el futuro será muy difícil encontrar candidatos al Premio Nobel de Paz, porque muy pocos han infiltrado y saboteado la campaña del opositor, desconocido los resultados de un plebiscito y entregado un país al narcoterrorismo.


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¡Tan bobo Renzi, que renuncia por perder un referendito!