Columnistas

Los vac韔s que deja el tiempo
Autor: Alvaro T. L髉ez
13 de Diciembre de 2016


Es inevitable el transcurrir: lo fungible, lo transitorio, lo intrascendente y todo lo que nos es importante va quedando en el eterno ayer en que paulatinamente vamos cayendo.

 


Es inevitable el transcurrir: lo fungible, lo transitorio, lo intrascendente y todo lo que nos es importante va quedando en el eterno ayer en que paulatinamente vamos cayendo. Las cosas perecen y las personas se vuelven cosas. Pero es esa transformación de la esencia de la gente, la que nos permite divinizarla. La ausencia y la lejanía en el tiempo hacen que pulamos los recuerdos y los idos, los amigos, van deviniendo en ángeles sin mácula ni defecto. El tiempo va encargándose de hacernos encontrar cierta felicidad en las fictas verdades de los recuerdos. Las muertes ajenas, algunas son muy propias, esas que tanto duelen, permiten que nos apropiemos de la historia, y la recompongamos a la medida de nuestras necesidades afectivas, despojándola de olores, sabores y detalles de imperfección.


Este año que casi se acaba, fue el marco de muchos cambios, de muchos acontecimientos felices, pero también de partidas que duelen porque significan un abandono; se fue la prima que con su muerte puso fin a su propio sufrimiento y al de su familia. Se fueron amigos con los que departir y compartir fue tan agradable; se fueron verdaderas promesas de un buen futuro; se fue el maestro profano el que no tenía licencia para enseñar, pero que fue el que más enseñó. Se fue el cantor de tangos y se fue el que tañía la guitarra. Hay partidas y pérdidas que duelen más que otras, de hecho cada una tiene su propia dosis de dolor y de nostalgia; todo depende de cuánto nos lucramos de lo perdido, pues al fin y al cabo el dolor que se siente tiene que ver más con el egoísta apego hacia lo ido. 


Un año, como medida de tiempo, nos permite hacer balances de la vida que hemos llevado y nos transporta a la esperanza de buenos nuevos propósitos, cuando se inicie otro. Habitamos un país maravilloso que merece la oportunidad de la paz, que nos demos un abrazo en señal de reconciliación y, como bellamente lo ha dicho el presidente Santos, citando al general Valencia, en su discurso de agradecimiento del Nobel de Paz, seamos adversarios y no enemigos, compitamos por llegar primero al encuentro de hermanos que es una nación. No tenemos que pensar igual, pero debemos llegar al entendimiento sobre lo fundamental, no importa cuántas veces haya que rogar, esperar, perdonar. Cada desencuentro, cada ofensa, es oportunidad perdida para Colombia.


Lo primero en esta especie de catarsis que viene con el fin de año, es asumir nuestro propio grado de responsabilidad en lo que nos está sucediendo como país. Hay que llegar a las causas de la polarización y superarlas; hay que abandonar las toldas de los odios ajenos; hay que pensar en Colombia, en sus gentes y en sus fortalezas; hay que dejar de creerse portadores de la única verdad bajo el cielo; hay que usar el ocio, el tiempo libre, en actividades positivas. Construir país desde lo propio es la vía. Mientras atacamos y ofendemos, los hábitats se nos desmoronan, ciudades como Medellín o Bogotá, comienzan a deteriorarse. Tal vez deberíamos comenzar a pensar en cómo sostenemos nuestro pedazo de tierra, eligiendo bien, deponiendo a los malos, interviniendo en la vida ciudadana.