Columnistas

La pólvora prohibida
Autor: Henry Horacio Chaves P.
9 de Diciembre de 2016


Después de hacer consultas y valorar consecuencias, la Gobernación prohibió el uso, fabricación y venta de pólvora en Antioquia. Lo hizo a pocas horas de que se encendieran las velitas tradicionales y muchos explotaran el material pirotécnico.

Después de hacer consultas y valorar consecuencias, la Gobernación prohibió el uso, fabricación y venta de pólvora en Antioquia. Lo hizo a pocas horas de que se encendieran las velitas tradicionales y muchos explotaran el material pirotécnico. Un gesto que más allá de la extemporaneidad, refleja el sentir de muchos y motiva el rechazo de otros.


Como era de esperarse no faltaron las críticas a la medida ni los desacatos. Aunque en beneficio de algunos, como el alcalde de La Estrella, hay que decir que se trata de una desobediencia argumentada, lo que en sí mismo constituye una novedad en nuestro entorno. Advierten desde esa administración que tiene más peso una ley que faculta a los alcaldes para reglamentar la actividad que un decreto que primero llegó a los medios que a las oficinas municipales. Y añaden los fabricantes y comercializadores que se trata de un negocio legal, que paga impuestos, tiene registro mercantil y es sometido a múltiples controles. Razones concretas apoyadas en la realidad, que sin embargo, soslayan otras realidades en procura de su beneficio particular.


Es cierto que se trata de una actividad que maneja mucho dinero y no es prohibida en el país. Desde este Memento hemos reclamado una ley que varias veces se ha hundido en el Congreso en la que se restrinja. Pero hay quienes defienden su uso con argumentos que van desde el gusto personal y pasan por las tradiciones hasta llegar a las bondades de una cadena de la que derivan su sustento cientos de personas. Como todos los gustos, éste es respetable aunque no terminemos por entender que en nuestra geografía alguien disfrute de un sonido que se ha aparejado con el dolor y la muerte. Tampoco es deseable la defensa de prácticas viciosas con el argumento de la tradición: los malos tratos a las mujeres, el abuso del medioambiente o las loas a la corrupción podrían servir de ejemplo de costumbres inveteradas que deberíamos cambiar. Mientras haya clientes habrá negocio, pero si el negocio se acaba quienes viven de él encontrarán alternativas, así lo muestra la historia de oficios en desuso como el de ascensorista o cartero.


El caso es que merced a su alcance y el tiempo de difusión, el decreto departamental queda reducido en la práctica a una declaración de principios y un consejo para los administradores locales. En tanto sigamos extrañando una ley que fije el régimen departamental, la injerencia de la gobernación sobre los municipios se basa en la capacidad de liderazgo y convocatoria más que en las herramientas legales o jurídicas para imponer conductas. Pero eso demanda tiempo y coherencia en el actuar. Lo saben incluso los comercializadores de pólvora que han reconocido que venden todo el año, así del tema solo se hable en diciembre. Advierten que entre los clientes más asiduos están los equipos e hinchas del fútbol y las iglesias. Por eso hemos reiterado también que la campaña


contra el uso de la pólvora no puede ser asunto de ocasión sino decisión pensada, articulada y permanente.


Entre tanto, seguiremos reportando quemados y accidentes sin importar si son muchos o disminuyen en comparación con otros años. Cada historia es una tragedia, una que casi siempre pudo y debió evitarse, aunque son muchas las víctimas que sin usar pólvora sufrieron sus rigores. Pero no por muy repetidos esos testimonios han servido para disuadir a la mayoría, como las cornadas no han sido suficientes para desestimular la fiesta brava. Pero la prohibición tampoco sería garantía de reducción total de la práctica ni del alcance de sus consecuencias. Para eso harán falta décadas de promoción y de mensajes que alienten otras maneras de celebrar. Un camino en el que declaraciones como ésta aportan, pero no insuficientes. Voces que hay que seguir levantando, aunque las apegue el ruido de los voladores.