Columnistas

Vicios inherentes
Autor: Sergio De La Torre
4 de Diciembre de 2016


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Insistimos en que el populismo es la máscara que encubre la verdadera faz de un régimen que engañosamente le hace creer a las masas que ellas dicen la última palabra en las grandes decisiones, cuando todo lo resuelve la pandilla que no solo ejerce sino usufructúa el poder, solo en su propio provecho. Pues así obra el lumpen dondequiera se instale. Su índole es tal y él no sabe de moderación o frenos. Venezuela es el ejemplo vivo: mientras el pueblo pasa hambre la élite gobernante llena sus alforjas en el narcotráfico, o con la renta petrolera, no obstante haberse desplomado ella con la caída de los precios del crudo. Pregúntenlo si no a Diosdado Cabello o al nicaragüense Ortega, y ellos responderán con un bufido burlón. El contraste entre la opulencia de los altos dignatarios venezolanos y la escasez que envuelve a la clase media (quien, con todo y la degradación que ha sufrido sigue siendo la columna central de la población) es cada vez más marcado. La inflación allá a la nomenclatura no la afecta porque mientras el pueblo subsiste en bolívares ésta raponea en dólares antes de convertirlos. Siendo el saqueo sistemático lo que le importa, lo demás la tiene sin cuidado.


El populismo carece de principios y valores, no respeta regla alguna. Se alimenta de lemas y consignas que la muchedumbre, entre amedrentada y entusiasta, corea con ejemplar disciplina. La democracia le sirve al populismo para imponerse y cuando ella obstruye sus designios, la clausura por partes o del todo. Perder unas elecciones no lo desmejora. Si no consigue amañarlas para robárselas, simplemente ignora su resultado. Si la Constitución, o sea las supremas normas inviolables, le estorba, acude a las altas Cortes, cooptadas o subyugadas, para que expresamente la interpreten a su gusto.


El mando, cada vez más concentrado en la camarilla o el caudillo (Perón o Chávez, si los hay) tiende a perpetuarse. Hasta que el Ejército, avasallado o sobornado, olfateando el colapso próximo del régimen, por pura precaución o, si se quiere, en un gesto de dignidad o decoro, se resuelve a actuar para poner orden.


Ningún régimen de esta calaña puede perdurar sin un enemigo externo, casi siempre inventado. En Latinoamérica tal papel le corresponde al “imperio yanqui”, el más indicado por ser el mejor dotado. Y el cual desde hace medio siglo no mueve un dedo contra nadie, sino que bien al contrario, de hecho sostiene y financia verbigracia al chavismo comprándole su petróleo al precio corriente, por simple abulia. Para tumbar a Maduro sin disparar un tiro le bastaría con dejar de comprárselo. Es a Washington entonces a quien, por paradoja, le debe su larga vida, y al silencio cobarde o calculado de los vecinos, incluida Colombia, por supuesto.


Las economías de sello populista se quiebran por causa del modelo adoptado (ya probado y desechado en todo el planeta por inservible y ruinoso) y de las continuas, inauditas torpezas de una administración que nada entiende de planeación y hacienda pública. No se quiebran por culpa de los gringos, que representan la excusa fácil para la propia ineptitud. Digamos finalmente que al populismo le conviene que la vieja y centrada clase media se empobrezca y proletarice, o que, desesperada, se exilie. Su nivel de cultura y su proverbial sensibilidad política siempre serán una amenaza para el oprobio y la mediocridad entronizados en la cúpula estatal. Dicho sector social, el más amplio, el más perceptivo (a pesar de las apariencias) no soporta la vergüenza de un gobierno de truhanes enrazados en payasos y disfrazados de redentores. Si está pensando en Maduro, amable lector, usted sabrá por qué.