Columnistas

Diversidad de estilos
Autor: Sergio De La Torre
27 de Noviembre de 2016


La ola de populismo que ba馻 a Am閞ica Latina y ahora toca a su fin no se ha evaluado bien, ni siquiera por los iniciados en el tema, polit髄ogos, soci髄ogos, etc.

La ola de populismo que baña a América Latina y ahora toca a su fin no se ha evaluado bien, ni siquiera por los iniciados en el tema, politólogos, sociólogos, etc. Nadie logra diagnosticarla con certeza y menos quienes rondamos por estos tópicos sin saberlos diferenciar. Pues el fenómeno populista, tal como se da en la realidad, no se presta para las definiciones categóricas y puntuales, dada su turbia y compleja naturaleza. Es dable distinguir, aislar y clasificar otros credos o formas, coherentes, de gobierno, sobre todo en la última centuria, contada a partir del 1917, cuando apareció el bolchevismo en Rusia. Hablamos de izquierda, derecha, socialismo, fascismo, teocracia, monarquía, autocracia hereditaria, democracia liberal, etc., sabiendo a qué nos referimos, conscientes de las particularidades propias de tales corrientes, y sus linderos, sin mezclarlas o confundirlas entre sí. Nadie medio versado ignora dónde empiezan y acaban sus márgenes y cómo obran los respectivos regímenes o tendencias.


Pero en el país donde el populismo actúa es harto difícil encuadrarlo en una definición y demarcarlo en sus precisos contornos. No tiene un perfil único y suele mezclarse con otras tendencias afines o contrarias, según lo que más convenga a su supervivencia política o a la de sus agentes. Es fácil permearlo desde afuera porque no es hermético como, digamos, el marxismo-leninismo. Su ideología representa una desordenada combinación de prospectos y escuelas que en el resto del mundo se enfrentan y contraponen. En un momento y un país dados nadie a ciencia cierta podría asegurar si el populismo que allí campea es de izquierda o de derecha, que son las catalogaciones más acostumbradas en esta Edad Moderna. Porque a veces procede de un golpe de Estado, logrado o fallido, de unas elecciones libres, o de ambos consecutivamente, como el chavismo. O de comicios normales, como en Brasil. O sea que por su origen un régimen populista puede ser legítimo o ilegítimo.


Empero, lo que los identifica e iguala a todos (desde el peronismo gaucho hasta el Ecuador de Velasco Ibarra o Bucharam, pasando por la Bolivia de Evo y Venezuela) es el cesarismo, la presencia de un Mesías u hombre providencial, del líder carismático, en suma, lo que se resuelve y viabiliza con la reelección presidencial indefinida. Y no olvidemos el recurso al chovinismo, al patrioterismo exacerbado, con razón o sin ella, sumado al halago y manipulación del lumpen, sector amorfo y desclasado, que no cabe en ningún estrato o clase social y ocupa los espacios traseros y los niveles más bajos de la sociedad. De donde su fácil propensión al gamberrismo, a las bandas motorizadas que, por ejemplo, en Venezuela, hostigan a la oposición en la calle para inmovilizarla y silenciarla por el miedo. O sea, fascismo puro y duro, en versión tropical. Por sus modos y estilo emparentado con la falange española de Primo de Rivera y la Italia de Mussolini en los años veinte y treinta, donde se estrenara.


Otro denominador común del populismo latinoamericano es la corrupción, tan desbocada como se permita. Aunque hay diferencias de grado, según el volumen y el trato que recibe. No es lo mismo un Diosdado Cabello, hombre fuerte en Caracas, cabeza del Cartel de los Soles, eje del narcotráfico, donde pelechan hasta los sobrinos de la primera dama, que Brasil o Argentina, donde Dilma, el propio Lula, Cristina Kirchner, enfrentan tribunales que los desbancan o comicios que pierden. En aquel caso hay un desgreño abierto y desembozado mientras que en éste hay una justicia que opera y una democracia que reacciona a tiempo. En buena parte todo depende de la cultura política que una nación acumule y de su tradición democrática, cuya clave es la presencia de tres poderes que se vigilan entre sí. Y de un Ejército que no se deje contaminar. En fin, amable lector, aquí termina el espacio mas no el tema.