Columnistas

Sergio Restrepo, Sirirí del momento
Autor: Henry Horacio Chaves P.
25 de Noviembre de 2016


Sin necesidad de ser panfleto, el arte se constituye en personero de la época y de la sociedad, mientras que las entidades culturales son la sede de sueños colectivos, escenarios para cuestionar y motivar reflexiones.

Sin necesidad de ser panfleto, el arte se constituye en personero de la época y de la sociedad, mientras que las entidades culturales son la sede de sueños colectivos, escenarios para cuestionar y motivar reflexiones. Miradas críticas sobre asuntos profundos y de permanente reflexión filosófica o inquietudes de coyuntura en las que se asoman las diferencias sobre las que se teje el entramado social. Quienes dirigen esas instituciones, los promotores o gestores culturales, lo mismo que los artistas que entienden su rol, terminan por  adquirir el tono de Sirirí de tanto hacer preguntas incómodas, expresar opiniones impopulares o contradecir abiertamente al establecimiento.


En todas las épocas y en todas las geografías ha habido, hay y habrá artistas áulicos que corean loas a diestra y siniestra con el afán de no fastidiar a nadie y garantizar cierto reconocimiento que les permita disfrutar del “discreto encanto de la pequeña burguesía”. Actitud que hasta cierto punto no resta valor estético al arte, pero si lo despoja de su esencia. En esa misma medida es frecuente encontrar  directivos culturales enfocados en las relaciones públicas o el cabildeo como estrategia de gestión que no pocas veces se traduce en dividendos económicos,  prebendas de diversa índole (para las entidades o para ellos en primera persona) y  que imprimen además una aureola farandulera que  encandila con facilidad. 


En las mismas épocas y escenarios conviven los artistas que no están dispuestos a empeñar su espíritu, que no claudican ante los reflectores o los aplausos y entienden que el tiempo del arte casi nunca coincide con el calendario de la pared. Esos, los que no hacen concesiones ni sucumben a la moda o al supuesto gusto de su público acomodado, tienen sus pares en directivos que no aceptan dádivas ni manoseos. Para quienes el protocolo y la adulación son  tan esquivos como los recursos que consiguen con gestión y creatividad. Unos y otros se vuelven incómodos para los políticos, para los artistas acomodados y aún para una porción de la opinión pública, que se siente reflejada en la crítica mediocre de ocasión. Una actitud que no se puede confundir con irreverencia banal, en una sociedad en la que da cierto prestigio llevar la contraria y posar de difícil.


Uno de esos Siriríes de nuestro entorno es Sergio Restrepo, el director desde hace cinco años del Teatro Pablo Tobón Uribe. Un hombre que siempre ha estado vinculado a la actividad cultural como una opción de vida y una alternativa social, más allá de haber encontrado una ocupación laboral. Aunque está cerca de cumplir 50 años y ha tenido épocas de sombras y luces, el Pablo Tobón no había sido tanto el motor de una actividad social que supera el entorno del centro y dinamiza la gestión cultural en toda la ciudad. Labor en la que Sergio ha sido fundamental, a pesar de las miradas de desconfianza o molestia que haya podido provocar.


Un  buen líder en buen momento para una entidad metida en el corazón de la ciudad y que hace parte del patrimonio colectivo. Una labor con aciertos y yerros, como cualquiera, pero hecha con honestidad y convicción. Por eso, independientemente de la decisión que tome el 6 de diciembre la junta sobre su permanencia al frente del Pablo Tobón, es bueno saber que tanto él como el teatro seguirán siendo protagonistas de la movida cultural. 


No parecen claras las razones por las que se ha motivado un relevo, pero obviamente es la potestad de quienes deciden. Sería deseable que análisis estuviera motivado en razones técnicas y de evaluación de gestión, más que en conveniencias o gustos políticos de ocasión, pero como dice el refrán no está bien pedirle peras al Olmo. En cualquier caso, el Teatro no se acabará; si los procesos que hoy lidera tienen arraigo se mantendrán en ese o en otro escenario, y con toda seguridad Sergio seguirá sonando, desde allí o desde otro lugar, como un Sirirí.