Editorial

Nuevos horizontes contra el cambio clim醫ico
21 de Noviembre de 2016


Esta es la ocasi髇 para que la Creg asuma la discusi髇 y an醠isis sobre el desarrollo de las energ韆s renovables en las que Colombia tiene gran potencial.

Marcada por el temor del arribo a la Casa Blanca de un presidente que ha promulgado la visión extremista que define al cambio climático como “un invento”, la Cumbre de Marrakech cerró sus quince días de deliberaciones. En su declaración final ratificó que el cambio climático es “urgente, irreversible e imparable” y, por tanto, pidió inversiones y acciones globales, esbozadas para ser definidas hasta el año 2018, cuando los países asumirán compromisos medibles para conseguir que el aumento global de temperatura durante este siglo no supere los dos grados Celsius respecto al promedio preindustrial. En consecuencia, esta Cumbre permitió que los gobiernos de 190 países realizaran acercamientos sobre enfoques, y la forma como cumplirán el compromiso de gestionar 100.000 millones de dólares anuales para los fondos de adaptación y renovación tecnológica hasta 2025, así como promesas de intervenciones para redefinir los rumbos del desarrollo.


En la ruta del análisis global sobre el cambio climático, esta Cumbre se ratificó en la tesis de que los hidrocarburos son responsables principales de las emisiones contaminantes y por tanto deben ser reemplazados totalmente por energías sostenibles. De ese modo, definió el desarrollo tecnológico y el muy fuerte apoyo al continente africano, sede del encuentro, para que mejore sus sistemas de energía, como prioridad. Si el reclamo interno no toca sus oídos, esta es la ocasión para que la Creg asuma la discusión y análisis sobre el desarrollo de las energías renovables en las que Colombia tiene gran potencial, aprovechable si el poderoso regulador lo permite. 


El encuentro de Marruecos trajo un triunfo político importante para el director de la FAO, José Graziano da Silva, personero de la exigencia de que la identificación de la agricultura comercial y la deforestación no implicara minimizar el compromiso de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en los que se acordó llegar en 2030 a la meta de hambre cero. Con estos enunciados, quedan pendientes desarrollos académicos y tecnológicos alrededor de la agro-ecología, un conocimiento incipiente que ofrece perspectivas importantes para el mejor aprovechamiento de los recursos del campo y la conservación, y ojalá ampliación, de la frontera boscosa y protegida. Fue en el campo forestal en el que se estableció el único compromiso de Colombia con la contención del calentamiento global. En efecto, según el amplísimo resumen de compromisos adquiridos en Marruecos (que se encuentran en https://goo.gl/ilhTlh), el Gobierno Nacional se comprometió a que, en el posconflicto, el país enfocaría su desarrollo en tierras no forestales, mediante una fuerte reforma a la tenencia de la tierra y el compromiso de entregar amplias zonas de bosques a la protección de los pueblos indígenas. Fijar las metas de tan noble propósito es reto que ha de comprometer, de manera sumamente importante, las decisiones de control a las mayores acciones contra los bosques y las áreas protegidas del país: la minería ilegal y la expansión de cultivos ilícitos, ambas a cargo de las organizaciones criminales.


Pendientes también de establecer compromisos medibles quedan los gobiernos regionales y locales, que fueron objeto de interés de la Cumbre por su responsabilidad importante en la gestión del transporte, en la perspectiva de que también sea campo que deje de usar energías contaminantes. Reconocemos el paso dado por las universidades de Medellín que participan en el G8 y sus líderes en temas de sostenibilidad, al suscribir el acuerdo SOS por el aire, que propende por la movilidad sostenible, o sea sin vehículos a motor, para distancias cortas o medias, o en transporte público, para largas distancias, y que defiende el teletrabajo. A su compromiso se habrán de sumar decisiones por el fortalecimiento del transporte público movido por energías limpias y la consolidación de los espacios públicos sostenibles, gestión inconclusa.


Concluida la reunión en Marrakech, los ambientalistas radicales, aquellos catastrofistas que se han puesto al otro extremo del pensamiento del electo Donald Trump y sus semejantes, se han declarado decepcionados de no encontrar decisiones radicales verificables de los gobiernos ni la dedicación inmediata de los billones de dólares que los países y la ONU reconocen que urgen para avanzar contra el calentamiento global. Sus quejas, fuertemente amplificadas, no se compadecen con los pasos que los países ya definen irreversibles para defender el futuro del planeta.