Columnistas

Una región de cuatro en conducta
Autor: Alvaro T. López
15 de Noviembre de 2016


Posar de impoluto, de ciudadano intachable, puede dar resultados sorprendentes.

Posar de impoluto, de ciudadano intachable, puede dar resultados sorprendentes. Hablar de corrupción en la lejana Guajira, con argumentos que nadie refuta por falta de claridad, o porque no les importe, o porque siempre han vivido bajo las normas del más fuerte, es una estrategia bastante inteligente, porque quien la esgrime como arma contra el mal, queda siempre como el caballero andante que lucha en pro del orden y la decencia. Lo mismo puede ocurrir a nivel local: hay que destruir buenas reputaciones para desvirtuar lo bien hecho, y poder entrar a saco a acabar con lo que nos pertenece a todos, pero a nadie en particular. Puede ser una acción inteligente la del que así actúa, pero está demasiado recurrida, y la gente no es tan ingenua, y ya comienza a advertir la jugada.


No puede nadie decir que en más de doscientos años de vida republicana y un número considerable de presidentes elegidos con los votos de la Guajira, ninguno sabía cómo transcurrían las elecciones, hasta la llegada de cierto jefe de notarios y registradores. Llega este personaje y descubre lo que no se sabía; parece que nadie había llegado de la capital con maletas llenas de dinero a comprar votos en la Guajira; parece que los únicos corruptos son los políticos guajiros y que los senadores y presidentes del interior que sacaron votos en este departamento nunca compraron un voto, ni ofrecieron contratos, ni tomaron güisqui con los locales, ni se hicieron invitar y hasta costearon pantagruélicas parrandas, adulando a los guajiros y haciéndoles creer que eran sus amigos.


No es que lo de la Guajira sea bueno; es que tiene causas dolorosas de abandono y olvido, bueno a veces de olvido y a veces de oportunismo político. ¿Es que acaso quien “descubrió” la inveterada corrupción de la Guajira ha propuesto estrategias para combatir el meollo del problema? Seguramente su experiencia de hacer política en un territorio donde no se pierde un peso, donde los rumores de compra de votos son calumnias, donde no es cierto que los poderes económicos invierten, como en cualquier negocio en las elecciones locales, con fines perversos, todo eso, lo vuelve autoridad moral; pero debería dictarnos a todos los protocolos a seguir para ser buenos colombianos, para que no nos desviemos del propósito indeclinable de las buenas costumbres, que tanto necesitamos.


Hay que proscribir las malas prácticas de la política. Lo de la Guajira no debe ocurrir ni allá ni en ninguna parte de nuestro territorio. Esto se logra con la presencia del Estado, respaldando a la gente en cuanto a la prestación del mínimo vital, no prestándose a coadyuvar cuando se trata de obtener un beneficio. De paso hay que comenzar a proteger lo fácil de rescatar, las zonas donde la corrupción es más solapada, espantando a los personajes que gritan y amenazan para meterle miedo a los que osan dudar de ellos y de sus familias, a los que destruyen honras y persiguen a los que no tienen más defensas que su trabajo denodado en favor de la gente. Estamos comenzando un proceso proselitista interesante, en el que podemos comenzar a desechar la mala hierba.