Columnistas

Santos, la izquierda y el póquer
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
13 de Noviembre de 2016


Las realidades políticas están cambiando en el mundo. La izquierda, todo parece indicar, retrocede y va rumbo al fracaso estruendoso a lo largo y ancho del planeta.

Las realidades políticas están cambiando en el mundo. La izquierda, todo parece indicar, retrocede y va rumbo al fracaso estruendoso a lo largo y ancho del planeta. Algunos hablan de una cierta ley pendular en la política. Como sea, su desastre cubre un amplio espectro. En América Latina, los residuos del leninismo sobreviviente del final de la Guerra Fría y esa mezcla de corrupción acendrada, dictadura y represión masiva que se conoce como “socialismo del siglo XXI” o Castro-chavismo” tocan a su fin en las satrapías de Cuba y Venezuela, violadoras masivas de  los derechos humanos de sus pueblos en América Latina; y sus soportes regionales, el kirchnerismo en Argentina y la camarilla del Partido de los Trabajadores en Brasil, son cosa del pasado.


En el Viejo Continente, la crisis de esa tendencia se manifiesta hoy en su incapacidad, en Gran Bretaña, por detener el triunfo de la derecha en el referéndum que saca a ese país de la Unión Europea; y en una España que presencia la impotencia del Psoe y el chavista Podemos en su intento de tomarse el poder, lo que resulta finalmente en una centroderecha fortalecida. 


Y en los Estados Unidos, en el fracaso del partido Demócrata por mantener el gobierno frente a la derecha antiglobalización encabezada por Trump. Obama vio cómo se volvía en su contra, entre otras cosas, el haber reanudado relaciones diplomáticas con Cuba sin pedirle nada a cambio en cuanto a la transición hacia la democracia y el respeto de los derechos humanos (mientras ignoraba a la oposición democrática). Pero, también es responsable de hacerse el ciego frente al tirano Maduro, verdugo de su pueblo, cabeza de un gobierno oloroso  a dineros sucios y cocaína, así como de apoyar incondicionalmente las negociaciones de La Habana entre Santos y las Farc -las mismas que el pueblo colombiano rechazó en el plebiscito- a pesar de que el capítulo sobre el narcotráfico, asunto de seguridad nacional para los Estados Unidos,  era nefasto, porque terminaría por consolidar la ya desbordada siembra de coca y la producción masiva de cocaína en nuestro país, convirtiéndolo en un narcoestado fallido, amenaza para el hemisferio  y fuente infinita de suministro del clorhidrato a esa nación. Y, como si fuera poco, del respaldo al tratamiento absolutamente laxo que se daría a los ejecutores de ese narcotráfico, pero, también, de terrorismo y de crímenes de lesa humanidad, quienes serían premiados por sus delitos.


Estas posiciones de Obama, han sido condenadas por senadores y representantes republicanos, especialmente, los de origen latino. Pero a quienes más perjudican es a Maduro y su camarilla en Venezuela y a Santos y las Farc en Colombia.  


En efecto, el terrorismo y el narcotráfico serán objeto de un tratamiento diametralmente distinto al que hasta el momento ha merecido por parte del gobierno de los Estados Unidos. El dictador venezolano no podrá contar más con la actitud benévola de la dirigencia del país del norte frente a sus atropellos a su pueblo y el Cartel de los Soles, soporte principal de Maduro (y que incluye a parte de su familia) tiene los días contados, y por consiguiente, el tirano también, acosado por una oposición cada vez mayor y más fuerte y sin el silencio y la inactividad cómplices de los norteamericanos.   


Y en cuanto a Colombia, Santos y las Farc encontrarán en la administración Trump y en el Congreso de mayoría republicana, sensible a partir de ahora a las políticas de aquel, diques de contención frente a sus pretensiones frente al tratamiento del narcotráfico y a los narcotraficantes. En ese escenario, las condiciones internacionales de la negociación cambian, además, porque la situación venezolana hace cada vez más precario el soporte de Maduro a las Farc, ocupado como está en sobrevivir. Ahora el tiempo juega en contra del presidente y esa guerrilla, y las posibilidades de que impongan un acuerdo como el que establecieron en La Habana, se van cerrando aceleradamente. Más si como ocurrió, nuestro ilustre jugador de póquer demostró, otra vez, que de cálculo no sabe nada.  Cómo se le ocurrió casarse con la candidatura de la señora Clinton. Ahora nadie, ni el Chapulín, podrá salvarlo. Es que hace política como juega