Editorial

El huracán Trump
10 de Noviembre de 2016


La inusitada victoria del populista Trump fue tejida en una campaña sobre ideas simples, frases efectistas y emotividad sin quiebre.

En lo que parece un salto al vacío, los estadounidenses han dado la Presidencia y enorme poder a Donald Trump, un aprendiz de político que corrió una carrera sin reglas y con poco respeto por los valores democráticos. Con la decisión del martes, culminó un proceso cargado de sorpresas que iniciaron con el arrasamiento electoral de importantes precandidatos republicanos, como el radical Marco Rubio o el pragmático Jeff Bush, y cierra con la decisión ciudadana que le arrebató la Presidencia a una de las estadounidenses mejor preparadas para el cargo, la abogada Hillary Clinton, a quien en julio de 2015 pensamos imposible de vencer por el empresario neoyorkino.


La inusitada victoria del populista Trump fue tejida en una campaña sobre ideas simples, frases efectistas y emotividad sin quiebre, que hace imposible no evocar la acción gubernamental colombiana que hizo pensar a muchos que el Sí en el plebiscito sobre los acuerdos de La Habana era un inequívoco Sí a la paz. La pobreza conceptual y retórica del ganador exige nuevos análisis, que habremos de realizar, sobre la democracia de redes sociales y medios de comunicación, así como explicaciones mejor fundamentadas sobre el significado de este nuevo presidente para las democracias del mundo y el destino de América.


Sobre la sorpresa y la incertidumbre, los líderes demócratas y la opinión pública doméstica e internacional, debemos evitar seguir menospreciando las capacidades del candidato electo y las de los norteamericanos que votaron por él, para encontrar las racionalidades de quienes optaron por una alternativa para nosotros inusitada y peligrosa.


La sorprendente y decisiva victoria en La Florida, donde se esperaba mayor solidaridad de los hispanos con los inmigrantes amenazados por el ganador, debe ser observada desde la política de Barack Obama, acompañada y defendida por Hillary Clinton, frente a los tiranos Castro. Para los cubano-americanos, mayoría en ese Estado, e incluso para la creciente inmigración venezolana que huye al chavismo, nunca fue aceptable que el Gobierno demócrata tendiera sus manos, y hasta ofreciera levantar el embargo económico, sin exigir que la dictadura respetara los derechos y libertades de un pueblo sometido y perseguido hasta la muerte; mucho menos fue admisible que el viraje iniciado por este Gobierno incluyera declaraciones de culpa de Estados Unidos por haber tenido el valor de liderar una política que pudo contener el expansionismo soviético-cubano que amenazó a América. En otros estados de la Unión, la conciencia de una política exterior que no logró contener a los grandes enemigos del país, jugó para favorecer a quien ofreció la reencarnación del viejo Imperio, denostado en el mundo, amado por los estadounidenses.


Otro claro pilar de la victoria Trump fue la candidata demócrata. Como lo reafirmó en su sereno discurso de ayer, que ofreció esperanzas a quienes se sienten devastados por la emergencia de los valores anti-liberales, Hillary Clinton es sensata y preparada. Estas cualidades, sin embargo, no consiguieron imponerse sobre su falta de carisma personal, calidad que la debilitó ante el huracán republicano, o por encima del resentimiento de mayorías que, con alguna injusticia, la involucran con las élites político-económicas de Washington y Nueva York. En una carrera corrida con dificultades, Clinton sufrió los embates de Wikileaks y el FBI, que manipularon habilidosamente información sobre sus correos, creándole una imagen de corrupta que terminó haciéndola indeseable para mayorías puritanas, al menos en política.


Los estadounidenses saben, además, que el correcto funcionamiento del péndulo político es la garantía que mantiene al país en un centro pragmático y a los partidos sometidos a la realidad de que el poder se pierde para luego recuperarlo. Con Obama, los demócratas sumaron ocho años de un gobierno que admiró al mundo e hizo cambios internos necesarios, como el Obama Care o el reimpulso al empleo, pero también creó descontentos internos por sus cambios abruptos. Ahora, los votantes vuelven a conceder el mando a la centro-derecha, manteniendo una tradición en este sentido.


Aceptar la victoria de Donald Trump y la clara victora de los republicanos en estas elecciones es un trago difícil que los ciudadanos del mundo comienzan a tomar, no por el cinismo de quienes proclaman vencedor y empiezan a cambiar de piel para ajustarse a él, sino por respeto a las decisiones de cada uno de los votantes, que son las que hacen la democracia, así ella sea fuente de disgustos. Sin caer en la angustia del diario español que tituló “Dios perdone a América”, la situación actual demanda rogar porque, ahora más que nunca, “Dios bendiga a América”.