Columnistas

Un bello homenaje
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
8 de Noviembre de 2016


Es reconfortante experimentar hechos est閠icos e intelectuales gratos, pensados y realizados de modo que se ponen en evidencia el amor por la verdad y el respeto por el espectador a quien se dirigen por parte de sus creadores.

Es reconfortante experimentar hechos estéticos e intelectuales gratos, pensados y realizados de  modo que se ponen en evidencia el amor por la verdad y el respeto por el espectador a quien se dirigen por parte de sus  creadores. Estas cosas suceden en una reciente película de origen galo, de este año 2016: “En un lugar de Francia”, aunque su título simplemente podría corresponder a “Médico rural”. El director es Thomas Lilty. El actor Francois Cluzet ya es recordado por su papel principal como el cuadripléjico Philippe en “Amigos”, de Eric Toledano y Olivier Nakache, 2011; en la película que comentamos representa sobriamente a un médico de provincia rural, el doctor Jean Pierre, quien ha desempeñado con fidelidad y autenticidad por dos décadas la misión del médico general. La actriz Marianne Denicourt representa a la doctora Nathalie Delezia con convicción y soltura; ella llega a la escena como eventual sustituto del  veterano médico a quien se le ha diagnosticado una grave condición, un tumor cerebral.


Se puede ver esta película, de modo sucinto, como un bello y realista homenaje al personaje del médico rural y de familia, figura imperecedera y vigente aún hoy, en medio de la sociedad apasionada por la tecnología y por el infinito proceso de especialización, de la mano del cual también vienen los conocidos peligros de la despersonalización. La fe irracional en lo novedoso y en lo tecno-céntrico  es también ilusión y precipicio.


Usualmente se ven en cine caricaturas de la realidad, exageraciones, manipulaciones de los estados afectivos, propuestas de caos o de relativismo ético que instrumentaliza las relaciones entre seres humanos y que quizás por ello, tienen garantía de éxito comercial. En esta cinta, por el contrario, las cuestiones se presentan dentro de un equilibrado marco de afectos, emociones y razonamientos que no se alejan mucho de los hechos del vivir diario, independientemente de las latitudes o épocas en que se da la necesaria e inevitable relación médico-paciente o médico-médico. Podría decirse que los grandes temas de la fundamentación antropológica del acto terapéutico están admirablemente mencionados y resumidos: relación médico-paciente, confidencialidad, reserva de la historia clínica, proporcionalidad en los cuidados terapéuticos, situaciones del final de la vida, atención ambulatoria y domiciliaria, apoyo técnico y emocional del enfermo terminal y de las personas en particular situación de vulnerabilidad. Los problemas propuestos son enfocados con la visión de quien realmente los ha vivido y que ha pensado sobre ellos con hondura y autenticidad. Son las situaciones “límite”, el dolor, la angustia, la muerte, el azar, el sufrimiento, las que de acuerdo a Frankl sólo  deben ser enfocadas de un modo: genuinamente. 


Jean Pierre, a pesar de sus naturales incertidumbres, inquietudes y dolores, es un testimonio de fidelidad al compromiso hipocrático. No evita formularse las preguntas fundamentales –en determinado momento se cuestiona, perplejo,  sobre “lo bárbaro de la naturaleza”-, pero siempre mantiene la claridad en su misión: una vocación de servicio y de disponibilidad hacia quienes son su razón de ser, los enfermos. A ellos se aproxima con respeto y con amor. 


El cine es también hecho estético. Que este hecho tenga lugar y que en ello, con medios  sobrios, se ponga en evidencia el amor por la realidad en una clave positiva, es un dato estimulante en esta época, que contrasta con la generalizada difusión y elogio de lo truculento, de lo vulgar, de lo violento. En esta película sucede la realidad bella de lo cotidiano, de lo que normalmente  los medios dejan pasar sin que les llame la atención. Es un homenaje a la tarea del médico rural, sencillo, ponderado y lleno de verdad.