Columnistas

Denuestos personales, no argumentos
Autor: Dario Ruiz Gómez
31 de Octubre de 2016


Después de la derrota de SÍ por el No,

Después de la derrota de SÍ por el No, me di a leer los artículos que los defensores del SÍ habían escrito sobre lo que para ellos significaba una tan sorpresiva derrota –como lo fue para mí- teniendo en cuenta el abrumador poder de la maquinaria oficial, el de la Iglesia, el apoyo de profesores y alumnos de las universidades públicas y privadas que tomaron los Acuerdos de la Habana como motivo para una cruzada religiosa por los matices de intolerancia que se llegó a alcanzar descalificando a quienes podía sospecharse de ser peligrosos partidarios del No. Es decir, a una jornada cívica, necesaria en su pronunciamiento sobre unos acuerdos que no eran claros en sus alcances posteriores sobre la vida nacional y por lo tanto se hacía justo debatirlos públicamente, se la convirtió por los defensores del Sí en una demonización abierta de quienes señalaron que el Acuerdo tenía trampas contra la Democracia, tal como efectivamente se comprueba cada día. A las gentes las habían puesto a votar de manera que esperar una victoria del No bajo la más desaforada desinformación mediática, era, como diría Agustín Lara, una quimera. Y en medio de la unanimidad reinante apoderada de los grandes sectores empresariales, esperar a que alguien decidiera oponerse a esa maquinaria era un despropósito. Vivimos entre los ripios de la cultura de consumo, de la literatura del marketing, de la degradación de los restos de una democracia erosionada por la corrupción o sea por los nuevos arribistas sociales.


 Y desde este enfoque de arrogante triunfalismo, y bajo una curiosa homogeneidad, se escribió por parte de columnistas del Sí, esa sarta de artículos con los cuales se fustigaba a quienes habían caído en la “montañerada” de votar por el No. Y Antioquia donde se produce en el siglo XIX la única revolución industrial nacional y aparece la clase obrera y una burguesía ultramontana enfrentada a un liberalismo vigoroso, es convertida por algunos de estos “intelectuales” en un Medioevo oscurantista habitada hoy por feroces reaccionarios, “fieles vasallos de Uribe”, que se transformarán en mafiosos asesinos, de manera que aquí no nacieron, Uribe Uribe, Suárez, Sanín Cano, León de Greiff, Carrasquilla, Barba, Uribe Piedraíta, Alejandro López o los grandes industriales y empresarios históricos, sino asesinos de baja estofa, y sólo se dan Torquemadas y no grandes espíritus libres, jóvenes talentos. Puerilidades donde se puso de presente aquello que Emilio Lledó señala respecto a la España actual: el peligro que supone la llamada ignorancia y sobre todo los ignorantes ya que desde esta perversión de valores, de la utilización política de este maniqueísmo, se está dando paso a un feroz regresismo que rechaza la fecundidad de la contradicción, el conocimiento de la historia para no caer en la ideologización barata de la vida cívica, ignorando las premisas legales que deben dar paso a una democracia abierta para que podamos hablar de una política que reclama la paz como fruto de la razón y no pues del oportunismo ya que la razón exige que las Farc acepten las reglas de la democracia y no que ésta claudique ante su totalitarismo. ¿Dónde está, entonces, la izquierda democrática, alguien la ha visto? ¿Qué tipo de perversa ciudadanía puede aceptar que durante diez años y utilizando falsos testigos se juzgue por parte de seis jueces maduristas y castristas y tres exguerrilleros, a quienes ellos califiquen de “Paras”? ¿Qué tipo de clase dirigente puede aceptar que se les coloque la soga en el cuello? ¿No fue esto lo que les sucedió en Venezuela a esos displicentes empresarios que despertaron cuando ya era tarde? El mal acecha y hay que salvar la democracia.