Columnistas

Aurita
Autor: Luis Fernando M鷑era L髉ez
31 de Octubre de 2016


No presumo de que fui el gran amigo de Aurita, s髄o expreso la alegr韆 de haberla conocido y haber aprendido de ella tantas cosas hermosas.

No presumo de que fui el gran amigo de Aurita, sólo expreso la alegría de haberla conocido y haber aprendido de ella tantas cosas hermosas. “En vida, hermano, en vida”, me dirán algunos porque escribo esta nota después de su muerte, pero cada vez que nos veíamos nos expresábamos el cariño y el aprecio que nació desde el primer momento y que nunca se opacó. Bendigo la Vida por la vida de Aurita, una mujer bella como pocas, que a su paso por el mundo hizo el bien y dejó huella.


¿Por qué hablar de ella así, si ya no está? Por una razón simple y poderosa: Para que quienes todavía estamos aquí sigamos aprendiendo de su vida y seamos capaces de vivir parecido a ella.


Cualquier tarde de 1970 cuando empezaba mis estudios de Ingeniería Civil, entré a la Librería Aguirre, en Maracaibo frente al Ópera, y me encontré de manos a boca con la dulzura y la sonrisa hechas mujer. Era Aurita que me preguntaba: “¿En qué puedo ayudarle?” Media hora más tarde salía yo con un libro en la mano y muchas enseñanzas inesperadas. Y así fueron cada una de las incontables visitas que en adelante hice a ese centro de cultura, en donde con sólo entrar se sentía el espíritu que Alberto y Aurita le infundían.


Aurita era una librera. Y una librera es una consejera, una persona que discute contigo las inquietudes intelectuales, te escucha, te sugiere, te aconseja, te enriquece, te muestra caminos. 


La mayoría la recuerda por su bella voz como lectora de textos y presentadora de programas de radio. O por la actividad cultural, encuentros, conferencias, diálogos, exposiciones que impulsó desde el Museo de Antioquia y desde el Jardín Botánico. O como orientadora de talleres de lectura y foros en las escuelas, aún las más lejanas. Pero ella fue mucho más e hizo mucho más.


Aurita era una defensora de los necesitados.


Defensora de las mujeres cabezas de hogar en barrios marginados y en veredas. Allá estaba, conociendo los problemas puntuales, los del día, y ayudando a encontrarles solución, hombro a hombro con la persona que estaba sufriendo: La hija enferma, la pared que se cae, la olla vacía, los servicios públicos que no pueden pagarse, el compañero que no respeta, el niño que se niega a volver a la escuela.


Defensora solícita y cariñosa de los niños que están en la calle porque no tienen hogar o porque allí se rebuscan la vida. De los niños que no pueden sacar provecho en la escuela por sus problemas familiares. De los niños víctimas de violencias. 


Defensora de los habitantes de la calle, procurando encontrar salidas para mejorar, así fuese un poco, la calidad y la dignidad de su vida.


Defensora, codo a codo con Alberto Aguirre, de la comunidad de El Peñol frente al poder omnímodo de Empresas Públicas de Medellín que trabajaba contra el reloj para construir el nuevo pueblo, trasladar la gente e inundar el viejo, sin tiempo ni voluntad para escuchar a la población, entender sus derechos y respetarlos. Poco pudieron hacer distinto a prestar su hombro, su corazón y su oído al dolor de esa comunidad, que lo agradeció enormemente.


Aurita vivía en esa extraña isla urbana que queda en El Palo con San Juan. Así la describe ella: “El Huevo no es un barrio de Medellín y sin embargo reviste las características de un barrio popular o un pequeño pueblo. Es un sector del tamaño de una manzana en el centro, donde la vida comunal no pareces posible, pero lo es. Allí hay cafés, graneros, tipografías, peluquerías, talleres. Allí no viven extraños ni desconocidos y la vida transcurre en gran medida de puertas para afuera. En el Huevo el prójimo existe”. Siento que estas frases también la describen a ella.


Me acompañarán siempre su mirada limpia, su sonrisa dulce y su carcajada sonora, reflejos de su alma fuerte y buena. Aurita era una amalgama de reciedumbre y bondad.