Columnistas

Plebiscitos, pros y contras
Autor: Sergio De La Torre
30 de Octubre de 2016


El mecanismo más rápido y certero de la denominada “democracia directa” es quizás el plebiscito. Y el más arcaico a la vez.

El mecanismo más rápido y certero de la denominada “democracia directa” es quizás el plebiscito. Y el más arcaico a la vez. En su versión primaria se origina en Atenas, como lo atestigua el ágora, donde los vecinos se congregaban a cielo abierto para platicar, compartir afugias y preocupaciones comunes, y escuchar a los espontáneos que improvisando tribuna peroraraban. Todo ello al amparo de una libertad relativa pero lo bastante amplia para que se dijera y oyera todo cuanto se antojara a los participantes, dentro de ciertos límites, por supuesto. El pueblo deliberaba y se desahogaba con holgura, aunque de allí no salieran directrices o mandatos expresos para los gobernantes.


La democracia, tal como se practica en Occidente, nació pues en la antigua Grecia. De allí se propagó a Roma, que adoptó buena parte de sus rasgos y características. Lo suficiente para que ambas quedaran emparentadas en la llamada Cultura Grecoromana que desde entonces nos cobija.


Por su raíz latina el vocablo plebiscito deriva de plebe, supongo yo. O sea, lo opuesto a los patricios, que en la práctica conformaban la élite o aristocracia romana. Plebiscito equivale a consulta, o interrogar al “estado llano”, los de abajo, sobre algo que importa a la comunidad entera. En eso consistía tal acto, breve y sumario, que culminaba en una aclamación o en una rechifla, pues todavía no se había complicado o sofisticado con el voto y el conteo o escrutinio respectivos (dependiendo de si el voto fuera hablado o cantado, escrito, o con la mano en alto) que aparecieron mucho después, en la edad moderna. Ahora los plebiscitos abarcan a toda la nación y no apenas a la capital o centro, como en la Roma imperial.


Su resultado hoy es difícil de predecir, porque la conciencia política de los asociados es cada vez más crítica, menos maleable u obediente. Ejemplos sobran de plebiscitos malogrados para quienes los agenciaron desde el poder o desde la oposición. Citemos algunos, los más sonados de aquellos que el Establecimiento dominante daba por ganados y terminaron no solo desmintiéndolo sino removiendo su cúpula. El más emblemático fue el de Francia, bordeando los años sesenta, convocado por De Gaulle en sus días de mayor esplendor (sobre temas subalternos, atinentes a la descentralización administrativa) y que al perderse insospechadamente, provocó la renuncia del presidente y el concomitante revolcón político. Luego vendrían otros, también adversos a sus promotores: el de Pinochet en Chile, que lo defenestró, y el “Brexit”, que ocasionó el retiro de Cameron y acaba de sacudir a Europa. Del que los británicos no se reponen, dado el estado de soledad y desamparo en que quedó su país sumido. Concluyamos esta enumeración con el recientemente cumplido en Colombia, cuyo desenlace, que adentro o afuera nadie esperaba, dejó en entredicho el tan festejado y ansiado armisticio con la guerrilla fariana.


No siempre el plebiscito es el certamen solemne y trascendente que debiera ser. Sucede a veces (manes o travesuras de la vida) que se celebra de afán, por mero capricho o divertimento. Como cuando el gobernador romano se lavó las manos en Palestina al preguntarle a la gleba enardecida y sedienta de sangre, de los dos reos que tenía enfrente a cual ejecutar, si a Barrabás, célebre maleante, o a un predicador medio extraviado que se decía hijo de Dios, y la concurrencia, sin demora alguna, señalando a Jesús respondió al unísono: “¡crucifícalo!”. Pues semejante monstruosidad fue fruto de un plebiscito o consulta popular, como por entonces se estilaban en el ancho mundo romano.


Y en la Colombia de 1957 una disputa intestina de la dirigencia, que por reflejo venía asolando y anegando en sangre nuestros campos, fue zanjada mediante un plebiscito que congeló la democracia por dos décadas, dando lugar a un conflicto armado peor que el que se buscaba conjurar, conocido bajo el rótulo de “Violencia bipartidista”. El conflicto que lo reemplazó desde hace 60 años se libra con las guerrillas marxistas. O sea que tan brutal recorte a la democracia (por cuenta de la paridad y la alternación que excluyeron de la política, privándola de sus derechos, a la mayoría probada y reiterada siempre, agrupada en el Liberalismo) también fue dispuesto por un plebiscito, que condenó a dicha mayoría por toda una generación, o sea lo equivalente a la friolera de 16 años, y más. Completaremos luego estos apuntes.