Palabra y obra

"It was Monday when he fell from the sky", or of life as a simulation
Era lunes cuando cayó del cielo, o de la vida como simulacro
21 de Octubre de 2016


Era lunes cuando cayó del cielo es una obra del escritor Juan Diego Mejía, publicada en el año 2008 por la editorial Alfaguara.



Juan Diego Mejía 

María Orfaley Ortiz Medina


Psicóloga y escritora


Docente Universidad 


de Antioquia Universidad Eafit 


Cuando se lee una novela, un lector puede hacer muchas cosas con ella: guardarse lo que le dejó saber sobre sí mismo, sobre su tiempo, la vida de los que le rodean, o interrogarse por qué esta le muestra y le esconde al mismo tiempo. Tal vez, siguiendo la pista a ese interrogante encuentre que también la novela habla desde sus silencios, desde lo que dice y lo que calla, desde lo que explora y lo que esconde. Es por esta vía que intenté acercarme a Era lunes cuando cayó del cielo; de allí, que parta de una síntesis muy somera de los aspectos que desarrolla, para pasar al asunto que me interesa plantear, que esta novela desde su configuración misma, las características de sus personajes principales, el tratamiento de las relaciones y de ciertas situaciones que se dan allí, da cuenta de uno de los modos de vivir en la ciudad de Medellín: la vida como simulacro.


La novela narra la historia de Lucía, una modelo famosa que se suicida un lunes en un hotel del barrio El Poblado, de Medellín, dejando una atmósfera de misterio en torno a este último acto y, al mismo tiempo, en torno a su vida. La historia se teje a partir de los fragmentos que Mejía, el personaje narrador, logra articular. Él conoció a Lucía porque su amigo Marcelo, productor de comerciales, trabajaba con ella y tuvieron  una relación sentimental; Mejía y su amigo tienen sus oficinas en el mismo edificio, por ello, él se hace a una imagen de Lucía, una mujer muy bella que proyecta soledad y tristeza en su mirada y con la que comparte en algunos momentos, por su cercanía con Marcelo.


Mejía intenta reconstruir escenas de lo sucedido ese lunes; así, varios de los capítulos giran alrededor de los detalles importantes para ello, la llamada, un recorrido por la ciudad, el almuerzo, la noche, una forma de despedirse de Lucía, días  y meses antes de ese lunes y lo que vino después.


Lucía habla poco, sólo sonríe, como se espera de las modelos  en el contexto del libro: “Marcelo le habló para meternos a todos en ambiente. Júrame que en el evento no tuviste que hablar, le dijo a Lucía.  Ella se rió tímidamente y le dijo que todo había salido tal cual se lo prometió, No hablé, amor, como te dije, sólo tenía que sonreírle a todo el mundo” (pág.29).


Mejía cuenta su vida desde los planos que evoca en su memoria -algunos incompletos- así va tejiendo su historia, la de una bella silenciosa que sonríe, pero que parece albergar una gran tristeza en su interior. Poco a poco el lector va conociendo distintos aspectos, Lucía vivía en un barrio popular de Medellín, estudió en un colegio de estrato medio alto, con el esfuerzo del trabajo de su madre como modista, tenía un novio punkero antes de Marcelo; del padre, aparece una imagen fantasmal y dolorosa para la joven, pero una que apenas se muestra de paso y muy rápido en la narración, porque así era Lucía, reservada con su pasado, poco pudo saberse de su propia voz.


Era lunes cuando cayó del cielo es una de las novelas en las que Juan Diego Mejía presenta al lector su particular manera de crear personajes.


Pero, ¿qué fue lo que realmente pasó? ¿Cuál era la profundidad de lo que vivía y sentía Lucía? ¿De todos los rumores que se tejieron a su alrededor, cuáles eran ciertos?  Son preguntas presentes en el lector al final de la novela.


La historia transcurre en la cotidianidad de personajes que se mueven en el mundo de la publicidad para televisión: modelos, mujeres de las que se quiere capturar algo de su belleza en una fotografía, o en un video; fotógrafos y camarógrafos ansiosos por apresar esos instantes efímeros, y un director, que debe hacer lo posible para que todas estas condiciones se den.  En lo que configura este ambiente, no parece importar mucho qué sucede en el mundo interior de los personajes.  Marcelo está con Lucía, parece sentir algo por ella, pero no le interesa profundizar o saber qué es exactamente lo que siente, o saber de su pasado, no le interesan las relaciones estables, él hace su trabajo, viaja, se va y vuelve cuando quiere.  


“Tal vez era cierto. Pero es difícil no saber nada de la persona que vive con uno. Una vez le pregunté a Marcelo si conocía a la familia de Lucía. Me dijo que sólo había visto una vez a la mamá. Fue un día en que la señora llegó con su hija a un centro comercial donde Marcelo y Lucía se habían citado, pero ella se quedó en el segundo piso y desde allá le movió la mano para saludarlo y  al mismo tiempo despedirse. No alcancé a verla bien, me dijo Marcelo. Si me la encontrara en la calle no la reconocería. Y es mejor así. No quiero saber cómo va a ser Lucía cuando envejezca” (p.79)


Lucía, por su parte, parece haberse ajustado de forma incómoda a la imagen de los afiches, con la suficiente voluntad de no mostrar nada más de lo que se espera de ella, la imagen de una mujer bella que sonríe, una imagen que parece haber ensayado desde que estudió en el colegio de estrato medio alto en el que tenía que hacer esfuerzos para no sentirse menos que sus compañeras.


Todos estos personajes habitan en una ciudad que deja ver su violencia, una que inicialmente no parece tocarlos de modo directo, pero que da una pincelada a sus miedos, a los espacios por los que se mueven, que deja sus huellas visibles, con las que ocasionalmente se encuentran, pero una violencia que parece estar contenida por un muro invisible para estos personajes, aunque, de algún modo, lo permee todo. Hay allí referencias a la perturbación de un estallido, al temor que surge al pensar que puede ser una bomba, a la pancarta publicitaria de Lucía traspasada por las balas, al Diablo, un joven que representa a un personaje sicario de un barrio periférico de Medellín, al temor de mucha gente de no molestar a Pablo Escobar para que no se enoje con la ciudad.  


Pero, la novela tal vez se mueve también en otro tipo de violencia, una violencia simbólica, ejercida por otros medios, la presión de la belleza, la presión de parecer ser alguien que no se es para ser aceptado. En una reunión, mientras todos hablan de su pasado, de sus barrios de infancia, muy similares en experiencias, Lucía no es capaz de hablar del suyo, ella sólo calla. Y seguramente que allí donde la quieren, ella podría hablar de su historia, pero ha aprendido a ocultarla por supervivencia en el mundo al que ha querido entrar: “Todos nos quedamos esperando su respuesta y ella bajó la mirada, después se recostó en el pecho de Marcelo y cerró los ojos. Tengo mucho sueño, dijo” (pág. 79).


Y así, las vidas de sus amigos, la ciudad misma, su violencia, todo es tejido por este narrador desde una distancia que por alguna razón pareciera estar decidido a mantener.


¿Pero qué puede resultar  de este tejido tan extraño?


Tal vez los lectores de novela esperamos encontrarnos con la posibilidad de lograr un cuadro muy completo que nos permita representarnos la lógica del mundo interior de los personajes con los que finalmente comprendemos cosas de ellos y de nosotros mismos, pero algo pasa en esta novela que se hace esquivo en este sentido, pues al final, todavía es difícil tener claridad sobre lo que ocurría en la mente de Lucía, o en la de Marcelo, nos quedamos con sólo pequeñas piezas de lo que dejaron ver. Respecto a Lucía, concluimos con el narrador, a partir de los fragmentos, que era presa de una gran soledad y dolor por el paso del tiempo, que todavía sin minar su belleza, la va dejando fuera de escena, del interés de las cámaras y los productores.


¿Pero, de qué habla entonces esta novela en sus silencios, en su mostrar y ocultar?


Allí parece dibujarse el mundo del simulacro. Milán Kundera dice que en general la novela habla del ser del hombre, que esa es su función, pero ¿podría esta novela en particular estar hablando de algo del ser o de  su manifestación en cierto contexto?


Es llamativo que una novela como esta tenga su gestación en Medellín, una ciudad vinculada con el mundo de la moda, el modelaje y marcada por las huellas que ha dejado el narcotráfico, su dinero fácil, la violencia y los estereotipos de la mujer bella. Parece dibujarse en esta obra el mundo del simulacro, donde hasta el suicidio de Lucía tiene algo de ello, ¿acaso Lucía no resiste más ese mundo del como si?


Tal vez esta novela en el fondo refleja un tipo de modo de ser que se configura en la apuesta por la apariencia, por el rasgo de superficie.


Ello no quiere decir que se haya dejado de lado la profundidad de las vidas para mostrar su superficialidad, no, más bien, la novela dibuja un mundo y unos seres que lo habitan en un momento de la historia de la ciudad, donde el elemento articulador de sus vidas es la evasión.  Evasión de los sentimientos, de las marcas de la violencia, evasión de la propia historia, del ser de la ciudad que se habita, de las relaciones comprometidas, del amor, de la propia consciencia.


La vida interior, su realidad le importan a Mejía, pero, de algún modo, él es parte de ese mundo, no tiene cómo tejerlo más allá. Él solo tiene fragmentos, de lo demás no sabe y pareciera que los personajes mismos, se guardaran de enseñarle ese mundo interior, lo evaden ya sea para no confrontarse, o bien, para no comunicarlo, y Mejía parece asumir ese límite, y desde allí cuenta la historia, con lo que él puede leer desde afuera, incluso limitándose él mismo en la manifestación de juicios, valoraciones o análisis.


Si se comparan dos obras del mismo autor, El cine era mejor que la vida y Era lunes cuando cayó del cielo, hay al menos dos aspectos que llaman la atención del lector: la función de la pantalla y la ciudad misma.


En la primera obra, El cine era mejor que la vida, la pantalla gigante cumple una función como refugio para los espectadores, un escape de la vida real y sus miserias, es la posibilidad de soñar, pero es también otro momento de la historia de la ciudad. 


En la novela Era lunes cuando cayó del cielo, los personajes reales están en la pantalla, pero no sus historias, están a partir de un gesto que es perseguido, buscado, añorado; su vida gira alrededor de lograr  por unos minutos, unos segundos, la proyección de una imagen que capture la mirada de los otros en la pantalla. Es como si esa posibilidad de estar allí, el simulacro, se transfiriera a la vida real.  No hay un escape, la pantalla es la prisión. No hay un mundo de fantasía, que funja como alternativa. Lucía en la pantalla, en el afiche, seguramente es la fantasía de muchos hombres y de las mujeres que se le quieren parecer, pero  ¿tiene ella un mundo de imaginación, de fantasía que se convierta en  un refugio?  No lo sabemos, ella no deja verlo, y, cuando el simulacro parece haber agotado sus posibilidades, también su vida pierde sentido y no le queda más opción que dejarse caer.


La ciudad que habita Miguel en El cine era mejor que la vida se puede caminar con tranquilidad, Miguel, su padre, su tía, van y vienen, transitan sus calles a pie, se la apropian palmo a palmo, es la ciudad de finales de la década de los 50’s y parte de los 60’s, una ciudad que está en proceso de transformación, donde la vida se vive distinto, se trabaja en cosas distintas, se comparte de otros modos.


Esa ciudad es otra muy distinta en Era Lunes cuando cayó del cielo, la separan alrededor de 20 años de aquella narrada en la primera novela, en esta hay fronteras, peligros, espacios vedados, se requieren claves para moverse en ella, se siente el peligro al cruzar ciertos espacios. La vida económica y social de la ciudad es otra muy distinta, la pantalla, las cámaras están presentes de otro modo.


Y con todos estos elementos, esta novela parece tejer algo especial de la ciudad en la época en la que captura su imagen, no se trata de la bondad o la maldad de los hombres y mujeres que la habitan, se trata más bien de sus almas presas de lo efímero, de la evasión y el simulacro, donde la imagen de Lucía frente a la cámara de Marcelo podría ser la imagen de la ciudad: “Una belleza triste (…) tratando de convencerlo a esa hora de la madrugada de que se sentía feliz con sus botas y su bolso” (p.68).




El autor:

- Nació en Medellín, Colombia, y en esa ciudad suramericana ha vivido la mayor parte de su vida.


- Estudió en el colegio de San José, de los Hermanos Cristianos, un lugar recurrente en sus primeras novelas. 


- Se graduó en Matemáticas en la Universidad Nacional de Medellín luego de una pausa de varios años en la que recorrió el país y ejerció oficios diversos como el de soldador, maestro de escuela, panadero, entrenador de fútbol, machetero en las fincas de banano donde antes estuvo la United Fruit Company.  


- En 1982 ganó el Primer premio nacional de cuento Colcultura-Gobernación del Quindío. Ese mismo año publicó su primer libro de cuentos y en 1996 obtuvo el primer Premio nacional de Novela de Colcultura.