Palabra y obra

The revolution that will not return because it never arrived
La revolución que no volverá porque nunca llegó
21 de Octubre de 2016


El escritor Esteban Carlos Mejía comparte su lectura Soñamos que vendrían por el mar de Juan Diego Mejía, novela que junto al autor presentó recientemente en Medellín.



Juan Diego y Esteban Carlos Mejía durante la presentación del libro Soñamos que vendrían por el mar, en el Teatro de Panamericana, En El Poblado.

Sergio González

Esteban Carlos Mejía


Escritor


Sostiene, como Pereira, entrañable criatura de Antonio Tabucchi, que escribir la novela le costó ocho meses de encierro, solo, íngrimo ante la pantalla del computador, ocho meses, sin contar 35 años de maduración y sublimación literaria. Sostiene que lo hizo porque necesitaba hacerlo. Sostiene que se obligó a escribir sobre alguien que no se pareciera a él. Sostiene que se siente feliz, todo bien, a lo Pibe Valderrama. Sostiene que seguirá escribiendo y escribiendo y escribiendo.


Juan Diego Mejía sostiene también que no teme repetirse ni enredarse con los hilos del pasado ni tropezarse con fantasmas de papel y tinta. Sostiene también que no le afecta hablar de su pasado heroico como militante “descalzo” de la revolución colombiana. Sostiene también que revivir las atmósferas de Sevilla, Ciénaga o Aracataca, en la zona bananera al sur de Santa Marta, lo hizo rejuvenecer, sentirse vivaz, fresco y dichoso.


Además, sostiene que Soñamos que vendrían por el mar (Alfaguara, octubre de 2016), su nueva novela, es un reconocimiento a decenas de hombres y mujeres que entregaron lo mejor de la juventud a una causa caprichosa y delirante, sin retorno ni futuro, una quimera voraz y despiadada. Sostiene, además, que volver sobre las vainas del ayer le sirvió para soportar las zancadillas del presente y para reconciliarse con las eventuales bendiciones del futuro. Sostiene, además, que todo es ficción, mera ficción. Por algo es escritor, sostengo yo.


¿Novela en clave o clave en novela?


Una novela en clave (roman à clef), dicho con poquísimas palabras, es una novela en que personas o eventos reales aparecen con nombres inventados. Ejemplos sobran, pero no voy a mencionarlos: sería tarea muy aburrida. Al leer Soñamos que vendrían por el mar uno tiende a pensar que se trata de una obra así, disimulada, sigilosa, que encubre con alias poéticos a individuos comunes y corrientes en episodios anodinos o históricos. A lo mejor: quién quita. Juan Diego sostiene que, con salvedades, toda novela es una novela en clave, pues, quiéralo o no, ningún escritor escapa a la autobiografía, argumento arriesgado, pero sustentado con honestidad y modestia, las dos virtudes que, según el presidente Mao, deben caracterizar a un comunista.


Antes de Soñamos que vendrían por el mar, Juan Diego Mejía había publicado la novela Era lunes cuando cayó del cielo (novela. Editorial Alfaguara, 2008). Desde entonces este género literario no había sido presentado a sus lectores.


Digo presidente Mao y digo comunistas y digo “descalzos” puesto que Soñamos que vendrían por el mar trata de una época más o menos remota de la historia de Colombia, la década de los años 70 del siglo XX, cuando muchos de ustedes ni siquiera habían sido concebidos por papi y mami, una patria boba como tantas. En aquel tiempo, aunque ahora suene extravagante y parezca risible, la revolución estaba a la vuelta de la esquina: era inminente, inevitable, invulnerable, invencible, y otros etcéteras que empiecen por in. ¿Cuál revolución? Nada: una revolución para fundar “una república independiente, democrática, popular y próspera en marcha al socialismo”. Fácil.


Nadie podía escapar al arrebato de esa revolución. O estabas a favor y, por tanto, eras revolucionario, o estabas en contra y, en consecuencia, eras reaccionario. Si eras revolucionario, obvio, tenías que hacer la revolución, sin importar tu condición humana ni tu clase social. Podías ser lo que quisieras, obrero, campesino, estudiante, pequeño burgués, intelectual, cirujano, abogado, maestro de escuela, economista, profesor universitario, ingeniero, geólogo, agrónomo, novelista, historiador, cuentista, ama de casa, artista, crítico bibliográfico, periodista, madre coraje, madre soltera, pero ante todo y sobre todo tenías que ser revolucionario. Revolucionario consecuente. Camarada de un auténtico partido marxista-leninista al que nada ni nadie haría desistir en su “empresa desbrozadora del progreso humano”. Ni siquiera la muerte.


Destinos ineludibles


En Soñamos que vendrían por el mar, Pável es un estudiante de arquitectura, fogonero de la revolución, que por obra y gracia de la coyuntura del momento se vuelve actor de teatro. Su vida oscila entre las papas rellenas y el Milo caliente de La Sorpresa, salsamentaria y restaurante del alma de los 70s en Medellín, y las cucarronerías de don Juan Rulfo, sir William Shakespeare y otros vagabundos del buen Dios. ¿Qué hacer? ¿Servir a la revolución desde el barro o desde las tablas, más bien hechizas, del teatro callejero? ¿Hacer arte o hacer política? ¿Quedarse en Medellín o “descalzarse”, es decir, irse al campo, al más rancio de los campos, entre bananeras, pobreza, vallenatos, atraso y soledad? Pobre Pável -pobre “generación descalza”-, que sufrió en carne propia las vicisitudes del abandono y la desesperanza, encandilado con el triunfo de una revolución peregrina y utópica, desgarrado por el dilema de ser director de teatro o monigote de los comisarios al mando en su organización, descuadernado, “triste, solitario y final”.


Soñamos que vendrían por el mar, con un lenguaje escueto, casi espartano como su autor, estoico, pero cargado de duende artístico, desmigaja la vida de Pável Vlasov, el actor, y sus compañeros de utopía e infortunio, siempre a la espera de un cargamento de armas que nunca llegará, de una revolución atascada en los vericuetos de la historia debido a su dogmatismo y a la incapacidad de sus dirigentes, apabullados por la ignorancia casi supina de la teoría y la manía medio esquizofrénica por la práctica.


Pável. Zigorski. Rolando, el Profesor. Alejandro. Nacho. Yolanda, la Mona. Pablo, el de Tibú. Don Héctor. Maritza. Érika, la sueca, la suequita. Todos y ninguno viven y conviven sus propias ilusiones, como en De ratones y hombres, de John Steinbeck. Espejismos sin redención, subyugados por la implacable lógica de la vida y a la espera del “momento político”, pues “nosotros somos políticos y cuando llegue, sabremos cuál es el momento político” (pág. 59). ¿Tautología o perogrullada? No, consignas, tácticas, estrategias, unidades y combates. Por fortuna, en la novela no hay desquites ni venganzas: la ternura prevalece con un halo de sensatez, nostalgia y compasión.


Conozco a Juan Diego desde el colegio y he leído sus libros, uno a uno. Insisto: tiene un estilo austero, sobrio, firme, severo. Desprovisto de abalorios o arandelas, sin calificativos rimbombantes, con la contundencia de la precisión de su mente matemática. Mera pulcritud, mera rigurosidad. Por eso apruebo a cabalidad la advertencia que sirve de epígrafe: “Quienes crean verse en estas páginas, olvídenlo, todo es pura ficción”. Soñamos que vendrían por el mar lo corrobora de principio a fin. Porque, al fin y al cabo, la ficción siempre le gana a la realidad.