Columnistas

Notas al margen
Autor: Sergio De La Torre
16 de Octubre de 2016


El premio Nobel no bastó para sacar al proceso de paz del atolladero en que quedó trabado el 2 de octubre.

El premio Nobel no bastó para sacar al proceso de paz del atolladero en que quedó trabado el 2 de octubre. El Acuerdo Final (en que tantos años, energía y ansiedad se gastaron hasta culminar en la pomposa y algo prematura protocolización de Cartagena) en lo jurídico quedó muerto, o bastante malherido, por cuenta de una mayoría ínfima, pero mayoría al fin. Feneció dicho acuerdo, repito, o salió muy afectado (como prefieren pensar, a fuer de optimistas, ciertos partidarios suyos), pero políticamente pervive aún, como principio o cimiento. O mejor, como un insumo, en la jerga de los tecnócratas. Sirve de pauta o modelo para el otro arreglo que ahora se busca, que nos evite repetir el arduo esfuerzo cumplido en Cuba, nos acorte el camino hacia otra transacción que de alguna forma reviva el primer acuerdo, rescatando lo mejor de él. Y reunificando así las dos alas del Establecimiento enfrentadas por su causa, y al Establecimiento, ya reconciliado, lo acerque a su contraparte, la subversión fariana.


Todos tendrán que ceder y ajustar sus pretensiones, pues todos se desmadraron ahí. Y si de ellos, dos, o uno, intenta imponerse al resto a rajatabla, rompiendo el consenso que este tipo de encrucijadas históricas siempre demanda, excediéndose en lo pedido y obtenido, reaccionará el país un día cualquiera contra quienes se sobrepasen. Sobre todo, los comandantes a quienes se les fue la mano en La Habana debieran saber que tantas concesiones como las obtenidas se les devolverán como un bumerán, en caso de imponerse otra vez a la contraparte en el nuevo forcejeo emprendido. Tarde o temprano de esas concesiones las más ostensibles y controvertidas serán cuestionadas por la vía judicial, adentro o en los tribunales internacionales, o a través del Congreso, o de una constituyente, o apelando al soberano en un nuevo plebiscito. Ello sucedería indefectiblemente, por muy incorporadas a la Carta que piensan las Farc dizque quedaron las indescifrables 297 páginas, con su sola inscripción o depósito en Suiza, como si esta fuera la instancia o Notaría para autenticarlas, tornándolas intangibles. 


Si así fuera, pregunto yo, ¿cómo su acucioso asesor, el señor Santiago, no tuvo la cortesía de advertínoslo a tiempo, para ahorrarnos la costosa faena plebiscitaria?  No hay poder foráneo (ni Suiza haciendo de guardasellos, ni la ONU, ni todas las potencias del mundo, incluido el Vaticano, ni las más escuchadas ONG del planeta) que prevalezca sobre Colombia, independientemente de cómo se hubiera expresado la voluntad popular en el plebiscito, o por el NO o por el SI, en el supuesto de que éste hubiera ganado. Si la guerrilla entonces quiere seguridad jurídica, blindaje firme y un futuro sin sobresaltos, tendrá que avenirse a enmendar ciertos puntos del acuerdo los que sus contrarios no se tragan enteros.


Y un último comentario: nadie se libra en Colombia de esa rara enfermedad (cuyos orígenes se remontan a la vieja España) que nos acompaña desde la Independencia, cuyo precursor y supremo portador fue Santander, a quien por algo apodaban “el hombre de las leyes”. Hasta las Farc, que son la negación misma del derecho y la norma, terminaron contaminadas del vicioso “santanderismo” que nos corroe: el gusto por la exégesis, por las interpretaciones, cuanto más abstrusas mejor, más adaptables a las circunstancias y conveniencias del momento. Hasta Timochenko acabó transmutado en un exégeta: ahora lo tenemos pontificando sobre derecho internacional, tratados y refrendaciones, como un consumado tratadista de tan esquivos tópicos, accesibles solo para mentes superiores, como la de la canciller Holguín verbigracia. Preparémonos pues para una fatigosa pero fecunda discusión, no de semanas, como lo exigen las actuales urgencias, sino de meses. Quieran los dioses que mientras ella transcurre no estalle una chispa fatal, u ocurra la provocación sangrienta que todos tememos, y la que nos regrese al pasado.