Columnistas

Elucubrando sobre Don Mateo Rey
Autor: Ramón Elejalde Arbelaez
16 de Octubre de 2016


En el mes de abril y con el soporte del Fondo Editorial de Unaula, publiqué la obra Don Mateo Rey.

En el mes de abril y con el soporte del Fondo Editorial de Unaula, publiqué la obra Don Mateo Rey – Crónicas de barbarie en el Occidente Antioqueño, que narra parte de los horrores padecidos por esa región del Departamento y especialmente por el municipio de Frontino. Hoy, seis meses después de ese evento, varias cosas se pueden decir.


La obrita, sin pretensiones literarias, fue de buen recibo en Antioquia, como que está próxima a la tercera reedición, pero lamentablemente la crítica y los medios bogotanos y de fuera de nuestro territorio, la ignoraron, con la excepción de Gustavo Álvarez Gardeazábal y Hernán Peláez Restrepo, que hace quince días, en el programa El Jodario, la consideraron el libro de la semana en Colombia. Denuncias sobre tanta violencia impune, de tanto dolor sin lenitivo y de tantas víctimas sin reparación, seguramente no interesan mucho. Puede ser.


Don Mateo Rey tiene la virtud de recoger una serie de historias y vivencias que han padecido indistintamente nuestros pueblos: es el dramático relato de pequeñas historias contadas desde la visión de las víctimas y no de los victimarios. Muchos ciudadanos han ponderado el valor de escribir sobre historias tan recientes. “Muy interesante su libro profesor. Muchas gracias por dejarnos un documento histórico que nos permite enseñarles a nuestros hijos y a nuestros estudiantes la crueldad de la violencia, desde las tristes vivencias de las víctimas. Le cuento que leí y también les regalé a mis padres el libro. Yo soy funcionaria de la Universidad Nacional, trabajo en la Biblioteca y ya tenemos el libro acá a disposición del público. Felicitaciones por su valor”, me escribió Ángela María Benítez G. Le agradezco mucho sus palabras. 


La mayoría de quienes han leído el texto le han criticado el exceso de sangre que destilan sus hojas. Esa es la violencia.  Algunos citadinos deberían leerlo para que en sus páginas perciban lo que no han conocido directamente. Con serenidad acepto que para algunos pocos lectores el intento de leer a Mateo Rey haya llegado hasta donde el hastío de muerte y desolación se los permita. Otros, la mayoría, aceptan que los atrapó su lectura hasta devorarlo totalmente. 


Comparto lo dicho por Gustavo Álvarez Gardeazábal y Hernán Peláez Restrepo: “… el libro no tiene ninguna pretensión literaria”. Sus historias ni buscan, ni alcanzan a darle un lugar en la literatura regional al autor, que difícilmente garrapatea frases. Tiene sí el valor de develar muchas historias reales jamás contadas y que no se podían quedar en el olvido para que los pueblos sigan repitiendo esa triste historia de muerte. Tiene también Don Mateo Rey muchos días, muchos meses, varios años de incesante investigación. Cuenta lo que la justicia olvidó rápidamente. Narra lo que desconocieron los grandes medios de comunicación en esa época dolorosa y trágica. Estoy seguro de que estas fueron las consideraciones que Gardeazábal y Peláez tuvieron para hacerle el reconocimiento al texto.


Algunas personas se mortificaron por la utilización en la obra de nombres propios, pero realmente era lo único que hacía creíble el libro, pues muchísimas personas de los lugares afectados por esas historias, ni siquiera conocieron la realidad que padecieron durante esa década trágica para muchos pueblos. Las historias se deben narrar tal como sucedieron, por horrorosas que parezcan. 


Es la Historia.