Columnistas

Las marchas
Autor: Henry Horacio Chaves P.
14 de Octubre de 2016


Convocada por Jorge Eliécer Gaitán, el 7 de febrero de 1948 fue noticia nacional la marcha del silencio y de las antorchas, que rechazaba una persecución política.

Convocada por Jorge Eliécer Gaitán, el 7 de febrero de 1948 fue noticia nacional la marcha del silencio y de las antorchas, que rechazaba una persecución política. La violencia no sólo no paró, sino que un par de meses después el caudillo fue asesinado. Es tal vez la primera marcha contra la violencia de la que tenemos memoria. 


48 años después, el 16 de septiembre de 1991 los jóvenes de varias universidades tanto públicas como privadas de Bogotá, marcharon en rechazo a la guerrilla de las Farc y exigieron paz. Luego, en 1997 hubo varias marchas en el país, para rechazar el secuestro. En 2002, la marcha por la noviolencia convocó a unas 900 personas desde Medellín hacia Caicedo, para acompañar a la población en su justo reclamo de un entorno menos hostil; como la de las antorchas, sería la antesala para el asesinato de sus promotores: Gilberto Echeverry y Guillermo Gaviria.


En 2008, el 4 de febrero, convocada por primera vez por redes sociales, el país adelantó una marcha para rechazar nuevamente la violencia de las Farc. Se calculó que 14 millones de personas tomaron parte en ella, porque además de las principales ciudades del país, ocurrió también en otros países desde donde se hizo eco del clamor de una nación que por años se mantuvo en silencio frente a la violencia. Entonces en este espacio reconocíamos el valor de ese tipo de movilizaciones como una invitación a la acción, para buscar salidas que superaran la voz ronca del lamento. 


Como hace 25 años, tras el resultado del plebiscito volvió a surgir desde las universidades y los grupos de jóvenes un rumor que se fue convirtiendo en grito. Un llamado para superar las diferencias y de una vez por todas ponerle el cascabel al gato de la violencia nacional, ajustando el acuerdo con las Farc y escuchando los reparos de quienes ganaron en las urnas. Entonces comenzó otra seguidilla de marchas que en la historia se entenderán como una: la del acuerdo final. Lo más valioso de ella es que ha logrado reunir bajo la misma consigna a los del no y a los del sí, con muchos que seguramente ni siquiera votaron. 


Como en retrospectiva solemos ser tan inteligentes, podemos preguntarnos por qué estos jóvenes no se unieron antes de la consulta y por qué no nos escuchamos más, o por qué otros no votaron para que el acuerdo hoy fuera realidad. Ya no importa porque el pasado es inmodificable, pero no puede condenar a igual suerte al presente, ni menos al futuro. Esta vez hasta los rectores de las universidades se unieron en la marcha a los estudiantes, como los gremios, las organizaciones sociales y tantas otras personas.


Bonito espectáculo ese de ver a tanta gente, sobre todo jóvenes, clamando por la paz. Una nueva invitación a la acción que nos impele a salir del cómodo silencio, de la neutralidad insustancial, pero también de los reparos sordos y testarudos que abren brechas en lugar de tender puentes. Un llamado a una clase política que a veces parece desgastada y anquilosada, más pendiente de sus propios intereses que de los sueños colectivos. Por lo menos así parece con espectáculos como el de esta semana, cuando en el Congreso un grupo de senadores intercambiaba insultos y gritos, a la misma hora que la artista Doris Salcedo, se  tomaba la plaza de Bolívar para rendir homenaje a las víctimas, en un ejemplo de arte colaborativo y sobrecogedor.


También al tiempo, el concejal de Medellín Daniel Carvalho compartió en sus redes un estudio sobre cuánto le interesa la política a la gente en 40 países. Colombia está en la cola con Hungría, República Checa y Lituania, con la mayor tasa de desinterés. Pero marchar, clamar y reclamar que haya acuerdo pronto, con las Farc, con el Eln, con las víctimas y con todos los sectores sociales, es una manera de interesarse en la política y, lo que es más importante, en el futuro del país. Un interés que además llena de ilusión porque sus protagonistas son los jóvenes, ese grupo de personas que reúne la realidad presente y la promesa de un mañana mejor.