Palabra y obra

Fredy in the country of the “dystopias”
Fredy, en el país de las “distopías”
Autor: Daniel Grajales
14 de Octubre de 2016


Las obras del creador antioqueño Fredy Alzate pueden ser vistas en la Sala de Arte Suramericana, en la muestra Territorios inciertos, organizada por la Galería José Amar, que estará abierta al público hasta el 1 de noviembre.


Acumulación, grandes formatos, materiales desgastados, la ciudad, la arquitectura, lo rústico, lo no resuelto. En la obra de Fredy Alzate (1975), maestro en Artes Plásticas nacido en Rionegro, Antioquia, hoy se ve la luz al final de una oscura caverna, de unas rocas filudas, de experimentación y trabajo constante. Usando la iluminación de afuera, natural o de artificio, del espacio en el que están instaladas, sus piezas hacen suya la luz, que, sin pensarlo, las termina.


Y el brillo no es sólo notable en la obra monumental que instaló en la Sala de Suramericana, que desde afuera deja ver el otro lado, el fondo, a través de una textura dura, como de rocas de una cueva; ni mucho menos en las tres piezas de iguales características que tiene en el Salón Nacional de Artistas de Colombia, Aún, en pleno Paisaje Cultural Cafetero. Alzate vive como artista un momento dorado de notoriedad, de brillo, ya que se consolida como uno de los creadores contemporáneos de “carrera intermedia” más destacados, cuyo nombre resuena entre curadores, artistas, críticos, coleccionistas, ferias internacionales y bienales. 


“He insistido mucho en la regularidad de la producción. En 16 años de carrera he estado en producción constante, intentando que cada año mi obra pueda circular. Eso valida lo que yo considero: investigar para crear, un ejercicio de pensamiento, en el que uno tiene unas metodologías de experimentación constante, generando derivas de unos a otros. Estoy satisfecho, todo artista produce para impactar mayor público, generar experiencias estéticas. En principio es muy importante lo que uno genera para sí mismo, pero el arte es algo social, uno produce para comunicarse con los otros, para generar puntos de vista, para especular desde nuestra realidad, a través de narrativas múltiples que activa desde procesos pictóricos o escultóricos”, asegura Alzate, quien comenzó a ser reconocido en la escena local en 1999, cuando le fue otorgado el Primer premio del XIX Salón Arturo y Rebeca Rabinovich, en el Museo de Arte Moderno de Medellín, e inició hace casi dos decenios en la academia, con el sueño de ser artista.


Fredy Alzate junto a  su obra Vacuus II, 2016. Resina poliéster, fibra de vidrio, pigmento. 250 x 480 cm. 


Foto: Hernán Vanegas 

Tanto en Suramericana como en el Salón Nacional, el creador deja ver una evolución en su manera de concebir la escultura, en cuanto la materialidad y el trabajo creativo se muestran lejos de los neumáticos viejos, de las tejas de metal y las piedras que usó en intervenciones hace unos tres años, ensamblándolas, buscándoles una forma. Alzate calculó esta vez el material, las densidades, las texturas, los modelados que permiten, y consiguió esculturas sistemáticamente pensadas desde el quehacer. 


Como lo precisó Marta Traba, en su texto Somos latinoamericanos, “la existencia del arte latinoamericano está ligada a nuestra capacidad de sostener nuestros puntos de vista”, a la “agilización de nuestros argumentos, a la modernización de la vía crítica, y a que estemos conscientes de que la salvación de los marginales está en acentuar su marginalidad y dotarla de sentido”; en Alzate, se ve una precariedad dotada de nuevo sentido, una escultura transformada, sin que se pierda su esencia, su ADN. 


“Hay una escultura que es más de emplazamiento y utilización de objetos, pero también otras instancias de producción en  las que le doy forma a la materia, donde hay un oficio más presente. Las mismas preguntas que activan cada proyecto me han ido llevando a materiales y formalizaciones múltiples. En muchos casos, incluso, conviven varios formatos, hasta animación, video, fotografía. No cierro la posibilidad de que en algún momento una idea recupere las estrategias que tenía en otro periodo, pero ahora me interesa bastante explorar entre la representación figurativa aunque abstracta”, explica Alzate. 


Además de la escultura, el artista expone en Suramericana dos pinturas en gran formato, en las que expresa su maestría pictórica: “Desde que me gradué tengo tendencia a cosas que superen mi propio tamaño, me encanta dimensionar mi cuerpo en relación a formatos que de alguna manera puedo habitar. Es como uno de esos principios gramaticales que se te van quedando. Sí, hay una búsqueda por generar obras para el espacio público, para lugar específico, en las que puedo crear esa relación que me gusta entre objeto-materia, cuerpo-espacio, paisaje-arquitectura. Son las pinturas más grandes que he hecho hasta ahora. La tela la tenía hace dos años, estaba siempre esperando en hacerlas, que hubiera un espacio que me lo permitiera”. 


Sus inquietudes: las distopías


Los procesos constructivos son como hecho social, político, económico, estético y arquitectónico, lo que más ha inquietado a Alzate, quien los ha explorado desde obras que son “figurativas, pero abstractas”, que tienen concepto pero no son el concepto mismo. Le interesa dejar que ocurra el arte en contacto con el ciudadano, que se den tensiones, que todo suceda.


“A veces pongo en tensión el pensamiento proyectual respecto a modelos no urbanizados o de arquitectura espontánea”, dice, pero acepta que, en general, “lo que me interesa es la relación de naturaleza, las formas de habitar, el paisaje transformado constantemente por la mano del hombre”. 


Entonces, aparece la palabra con la que mejor puede exponer sus tensiones creativas, sus materiales y temas, sus miradas desde la pintura y la escultura. Pronuncia ocho letras que son un concepto: “distopía”, el cual está presente contantemente en su discurso, “no porque siempre quiera hablar de cosas negativas, sino porque lanzo sospechas para investigar territorios, paisajes, la acción humana, a veces hasta metáforas un poco subjetivas”. 


“No creo que mi trabajo siempre sea de carácter documental –continúa- al contrario, yo intento movilizar los signos para que entren en el espacio de las artes y generen desde otros lugares las referencias, no necesariamente desde una realidad. Es un conjunto de situaciones donde lo construido, el espacio construido, transformado, tiene un principio de construcción”. 


En ese concepto está expuesta su visión del futuro, su más fuerte discurso reflexivo, el de lo que podrá ser, ese vacío que hace evidente en sus esculturas, el cual tiene que ver con la ausencia de sentido de la nada, con lo que no se puede asegurar, con lo que está en el aire. 


“Siento que es la sensación de vernos amenazados por el cambio climático, por la naturaleza, por la densificación urbana. La distopía es reconocer hacia donde nos dirigimos. Siempre me ha interesado lo lúgubre, estar suspendido, en espera de, caer o permanecer, la sensación de incertidumbre. Son los territorios inciertos”, enfatiza.  


En la obra de Alzate, que hoy puede para alguno ser la serie de un escultor, la pintura “es más una necesidad”. Siente “necesidades de lo pictórico”, le permite lo que en lo escultórico no logra. 


“Mi pasión ahora es la escultura, siempre he sido pintor, de corazón, es una cosa que nunca me ha abandonado, lo disfruto muchísimo, lo vivo 100%. En la escultura tengo un técnico en resina, quien hace ciertas cosas. La pintura es un espacio mío, con la sensibilidad hacia lo pictórico, una experiencia de introspección, en la que estoy todo el tiempo”. 


Entonces, ¿es instalación o es escultura?, ¿cuáles son los límites formales?, y más preguntas sobre lo que hace tienen su respuesta: “Todo lo que está emplazado en el espacio, por génesis, es una instalación, aunque a veces opera más el término escultura cuando se pone pedestal, pero a mí me gusta tirar cosas al suelo, que crezcan, que se interrelacionen, entonces siempre estoy en el término de la instalación. Pienso mucho en las tensiones, en lo que puede ocurrir cuando hay una experiencia de alguien frente a mi trabajo”. 


Para él es “una manera de interrogar el objeto, lo objetual, pensar en un adentro y un afuera, que son conceptos de la escultura contemporánea, crear contradicciones”. 


Es por eso que ante las ideas necias que le cuestionan por qué en Suramericana sus esculturas tienen por fuera menos detalle y trabajo que adentro, plantea un oxímoron, vuelve a aparecer la distopía, renace su idea de belleza en lo oscuro. 


“El exterior tan descuidado de la escultura lo planteo para restarle importancia a eso que supuestamente es la superficie, que en la escultura es como el eje rector, voy en contravía de los postulados que están posicionados en el lenguaje escultórico. Hacer algo tan grande, pero dejar esas sospechas, la materialidad. El proyecto hacia adentro es la nada, me interesa recrear un hueco, perforaciones de edificios, una especie de vestigio, exponer el vacío. Es un ejercicio arqueológico, traer aquí algo que ya no está, para hablar de la degradación del medio ambiente, el agotamiento de los recursos, sin que sea la anécdota lo que se vuelve importante. Creo en el arte que es polisémico, creo que las situaciones generadas son importantes”. 


Finalmente, Alzate acepta que el todo de su estética tiene que ver con la infancia, con “la finca de los abuelos”, con esa “acumulación de cosas, de cosas viejas, de materiales diferentes”, que se combinaba muy bien con “las tejas de barro, las paredes de tapia, esas puertas y ventanas de madera”.