Editorial

La tercera mesa
12 de Octubre de 2016


El doctor Santos ha abandonado su calidad de jefe de Estado, o sea garante de la unidad nacional, para asumir el rol de jefe del partido del Sí, que hoy se juega por hacer remiendos menores antes de imponer y ejecutar el Acuerdo Final.

El Gobierno Nacional y el Eln han informado que el próximo 27 de octubre darán inicio a la fase pública de diálogos en busca de un acuerdo para cesar el conflicto armado. Según los anuncios hechos por el cuñado del presidente, periodista Mauricio Rodríguez, y uno de los jefes guerrilleros, la mesa pretende desarrollar una agenda de seis puntos. Aunque no se conocen en forma detallada, sus títulos señalan que en ellos se retoma, y empieza a ejecutar, el Acuerdo final de La Habana rechazado en las urnas en la jornada plebiscitaria del 2 de octubre.


Para el paso que las partes anunciaron en Caracas, el Gobierno del doctor Santos desestimó su anterior exigencia a esa guerrilla, hoy integrada por 1.150 hombres, sobre la liberación de todos los secuestrados que aún retenían. Que se conozca, dado que la mayoría de familias temen denunciar su victimización, esa organización retiene todavía a dos secuestrados, que son distintos a los menores de edad reclutados a la fuerza. A pesar de previa exigencia, el Gobierno Nacional ha aceptado que ellos sean liberados en el transcurso de las conversaciones. La decisión confirma el amplio abismo que se sigue abriendo entre la generosidad ofrecida a organizaciones criminales incursas en crímenes de lesa humanidad y la cicatería para reconocer a las víctimas de las Farc y el Eln, como ayer denunció la congresista Sofía Gaviria en la plenaria del Senado. Y ni qué decir del contraste con el tratamiento despectivo a los personeros del No, a pesar de ser mayoría transparente e incontestable.


A cuenta propia, un presidente derrotado por su enfoque en la política que escogió como prioridad de su gobierno, ha creado, entonces tres frentes desiguales para la negociación: el de La Habana, en el que, por lo menos el doctor Santos, ha perdido capacidad para diferenciarse de su contraparte; el que, inexplicablemente, abrirá en Quito, con agenda y propósitos iguales a los de la Mesa de conversaciones que sigue abierta con las Farc, y la que adelanta con organizaciones de víctimas -entre las que hay votantes por el sí y por el no- así como con personeros visibles del No, con quienes el Gobierno ha establecido una conversación selectiva e individual, que parece anunciar que se abroga el privilegio, contrario al veredicto de la democracia, de escoger cuáles de las propuestas de modificación del Acuerdo y cuáles de las exigencias de rectificación para reconocer derechos de las víctimas de las Farc, ignorados, lleva a los encuentros de La Habana.


La táctica de fragmentación y ruptura favorita de los autócratas desde la Antigua Roma, y que ahora el Gobierno toma, desoye las voces del mundo, como la del Comité Nobel o don Luis Almagro, secretario general de la OEA, y las colombianas, como las de los 380 empresarios corresponsales del presidente, que han clamado porque el resultado del plebiscito propicie dar paso a una negociación incluyente, que reconozca y vincule a los votantes del No. Con sus actuaciones tras la jornada electoral, el doctor Santos ha abandonado su calidad de jefe de Estado, o sea garante de la unidad nacional, para asumir el rol de jefe del partido del Sí, que hoy se juega por hacer remiendos menores antes de imponer y ejecutar el Acuerdo Final. Esto implica que, reconociendo y valorando el trabajo realizado por los negociadores del Estado con las Farc, sea necesario que a La Habana concurran ciudadanos capaces de expresar, representar y defender a los colombianos que, en proporción 214 a 1 frente a las fuerzas guerrilleras (otorgando un muy generoso estimativo de 30.000 combatientes y seguidores), el 2 de octubre notificaron que rechazan las imposiciones de las Farc.


A pesar de los hechos, el doctor Santos insiste en el desconocimiento o la minimización de las otras voces democráticas, a las que trata como obstáculos reprochables, no como legítimos contradictores. Su opción, que es personal, invita a una mayor confrontación, una verdera guerra civil, que no aceptamos ni acogemos porque como ciudadanos noviolentos repudiamos todo camino que no sea el uso de la palabra y los medios democráticos para exigir nuestros derechos y defender nuestras ideas. Tales convicciones, sin embargo, no nos ponen una venda que nos impida ver cómo la minoría, que dice existir porque 130 hombres se sintieron desconocidos por el Frente Nacional, aprovecha su alianza con el poder presidencial para desconocer, burlar y maltratar a la mayoría que con libertad y valentía improbó el Acuerdo de La Habana.