Columnistas

Posplebiscito, triunfo y Nobel
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
9 de Octubre de 2016


Los colombianos rechazaron en las urnas hace ocho días el acuerdo firmado entre el gobierno y las Farc.

Los colombianos rechazaron en las urnas hace ocho días el acuerdo firmado entre el gobierno y las Farc. Y lo hicieron mediante un mecanismo diseñado para que ganara el sí, a pesar del insulto de los promotores ultramontanos de esta opción, encabezados por Santos y algunos miembros de la comunidad internacional, que actuaron, no como los pacifistas beatíficos que simulan ser, sino un montón de demonios dispuestos a hacerle la guerra y llevar al exterminio ideológico y político a quienes defendimos el no, por el sólo hecho de criticar su postura y buscar una salida diferente en la que cupiéramos todos los colombianos y sin  destruir nuestra democracia. Y cuando hablo de esos sujetos, no me refiero, por supuesto al importante número de colombianos que votó afirmativamente de buena fe y en conciencia, sino a esos que no tuvieron escrúpulo alguno, moral y político para tratar de imponer su criterio consensuado a puerta cerrada con una guerrilla totalmente ajena a la inmensa mayoría de los ciudadanos del común y, al salir derrotados, intentar, por todos los medios, desconocer el fallo popular que consistió en rechazar los acuerdos. Torcerle el cuello a la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, que es la regla principal e innegociable de nuestro sistema político, es un asalto a la democracia por parte de quienes sólo creen en ella, si ganan.


No se trata, como han dicho los voceros del gobierno, de un retoque a algo que está esencialmente bien hecho, sino de un cambio a lo fundamental de los acuerdos, buscando darle una salida digna a las Farc, pero desmontando la sustitución de nuestro sistema judicial, asegurando que no haya impunidad para los responsables de delitos de lesa humanidad y de guerra, logrando que se repare de verdad a todas las víctimas, desarticulando el estado paralelo que el acuerdo contiene y enterrando los mecanismos de verificación que dan a las Farc el control del gobierno y de los colombianos; acabando con el narcotráfico y manteniendo el modelo productivo del país, basado en la economía privada. Persistir en los acuerdos dándoles un retoque cosmético es, simplemente propugnar por un golpe de estado del gobierno a los colombianos.


La premura es una verdadera trampa. Es posible mantener el cese al fuego bilateral por el tiempo que se necesite para obtener un buen acuerdo. Ahora, como resultado del plebiscito, todos los colombianos están incluidos y no podrá haber un entendimiento que deje por fuera las reivindicaciones esenciales de quienes defendimos el no. La velocidad del acuerdo dependerá de la buena voluntad de todos. Y si Santos y su grupo no se sienten capacitados o no quieren cumplir con su nueva misión, debe renunciar. De hecho, ya debería el presidente haberlo hecho el domingo pasado a las 6 de la tarde.


Y no importa que haya ganado el premio Nobel. Ese galardón ha premiado a activistas de extrema izquierda que se oponen a la democracia, como Rigoberta Menchú y Pérez Esquivel; sus organizadores principales son de la cuerda de Santos, sus amigos personales y próximos también a las Farc. Cercanos también, o miembros del gobierno noruego, valedor de las Farc en su país desde hace largo tiempo, que piensa que los colombianos somos una horda de orangutanes que vivimos en la selva. Son gente que no ha dudado en insultar al pueblo colombiano por haber defendido su democracia y a todas las víctimas y rechazado la impunidad. Distinguir a Santos con el Nobel, luego de los resultados del plebiscito es una burda intervención en los asuntos internos de los colombianos. Para ellos la democracia no cuenta.


Miremos simplemente la siguiente declaración: “Si hay algo que conmueve al corazón más duro es que las víctimas de la crueldad de la guerra elijan la reconciliación antes que el odio y la venganza. Eso es lo que provoca las lágrimas cuando las víctimas de una sangrienta guerra civil son honradas con el Nobel de la Paz”, afirmó el diputado socialista noruego Heikki Eidsvoll Holmås, quien nominó a Santos al premio por el proceso de paz en Colombia, en compañía de alias Timochenko y “otros actores del proceso” (yahoo.es, 07.10.2016). 


¿Honrando a las víctimas con este Nobel? ¡Qué cinismo! ¿Dónde están los niños de las Farc, las niñas reclutadas que violaron, dónde la reparación y la petición del perdón verdaderas, no los teatrales, diseñadas especialmente para el plebiscito? ¿Repara a las víctimas la impunidad total? 


Es tan desafortunada esta determinación, que académicos noruegos como Sverre Lodgaard, del Instituto de Política Exterior Noruego, hablaron de que era “una decisión controvertida, ya que considera que habría sido mejor esperar a un nuevo acuerdo apoyado por la población” y “el director del Instituto para la Investigación sobre la Paz (Prio), Kristian Berg Harpviken, resaltó en cambio el peligro "significativo" de que el premio aumente el escepticismo de quienes votaron no al acuerdo entre el Gobierno y las Farc” (yahoo.es, Ibid).


Los colombianos no somos imbéciles ni guerreristas. Exigimos respeto.