Columnistas

Todo llega a un final
Autor: Jorge Arango Mejía
9 de Octubre de 2016


Hace años (calculo que quince), mi amigo Guillermo Gaviria Echeverri, un destacado jefe liberal de Antioquia, y quien fuera hombre de múltiples empresas que contribuyeron al progreso nacional; me invitó a colaborar en EL MUNDO,

Hace años (calculo que quince), mi amigo Guillermo Gaviria Echeverri, un destacado jefe liberal de Antioquia, y quien fuera hombre de múltiples empresas que contribuyeron al progreso nacional; me invitó a colaborar en EL MUNDO, que él fundara. Acepté su llamado y desde ese tiempo he escrito semanalmente sobre diversos temas. Después se me invitó a publicar los escritos, simultáneamente, en La Crónica del Quindío.


Para mí, ésta ha sido una experiencia interesante. Me ha dejado enseñanzas, porque en la vida todo lo que se hace o se deja de hacer deja una huella.


Si se me preguntara por la más importante, contestaría que la absoluta libertad para elegir el tema y para expresar lo que se piensa con independencia, con sujeción solamente a la propia conciencia. Nunca me he sentido comprometido por intereses derivados del gran dinero, no solamente porque nadie ha intentado someterme a ellos, sino porque yo no aceptaría imposición ninguna que tuviera ese origen. Sin ninguna excepción, he expuestos mis opiniones basado en mis convicciones y con la finalidad de buscar lo mejor para la comunidad.


Siempre me he guiado por mis principios liberales, en el más alto sentido de esta palabra. Uno de esos principios consiste en el respeto a las ideas de los demás, a su libertad para expresarlas.


Si he censurado a alguien y lo he mencionado por su nombre propio, no me ha movido a hacerlo ningún sentimiento personal, sino el ánimo de mostrar vicios o faltas que implican un perjuicio para los demás. Por esto he respetado la vida privada, la intimidad, como derecho fundamental de la persona. Ese espacio personal es sagrado y solamente pertenece a la persona y a su entorno familiar.


De la misma manera he procedido en lo que tiene que ver con la honra, con el buen nombre. Esa calidad se la gana la gente con su manera de actuar en sociedad, y es algo que le pertenece y que no puede ser objeto de ataques injustificados. ES un bien propio, en el exacto sentido de las palabras.


He librado algunas batallas en defensa de la comunidad. Lo he hecho con desinterés, sin buscar ningún beneficio para mí. Debo confesar que, en la mayoría de los casos, no he conseguido mis objetivos. Menciono algunas de ellas.


En primer lugar, la lucha contra la corrupción que invade, asfixia y esteriliza   la administración pública. He librado esta batalla siempre, no solamente por medio de mis escritos, sino por el ejemplo. Ni en el ejercicio de mi profesión ni cuando he servido a la comunidad en el ejercicio de funciones públicas, he incurrido en falta que me haya hecho merecedor de reprobación o sanción


Otra de mis luchas ha sido por la recuperación del espacio público, generalmente invadido en las ciudades de Colombia, y en particular en Armenia, mi ciudad natal. Guiado por ese propósito intenté conseguirlo mediante el ejercicio de una acción popular, como lo prevé la ley, y hasta la propia Constitución. La torpeza o la ignorancia de algunos empleados de la rama judicial, magistrados del Tribunal Administrativo del Quindío, por más señas, hizo fracasar  el correspondiente proceso. Tengo entendido que la circunstancia de no haber nacido en esta tierra, lleva a algunos de estos funcionarios a sentirse forasteros, ajenos a los problemas de la ciudad que lo acogió.


Ese caso demuestra lo que es vox populi: la decadencia de la administración de justicia, que ha llegado al punto más bajo en toda la historia de la nación. Es verdad que aún quedan jueces y magistrados honrados, que cumplen su deber y aplican la ley. Pero cabe preguntarse: ¿son la mayoría?


En fin, lo que he escrito se lo ha llevado el viento. Sería caer en el pecado de la vanidad, pretender que ha causado los resultados que yo perseguía. Para decirlo en pocas palabras, no encuentro una razón para persistir en una actividad infructuosa, que a nada conduce.


He adoptado, en consecuencia, la decisión de no publicar más esta columna. Lo que no obsta para publicar algún comentario ocasional, cuando estime que puede contribuir a la formación de una opinión pública ilustrada, en relación con un hecho, con un problema general.


A quienes durante estos años me han leído, les manifiesto mi gratitud. Lo mismo si han estado de acuerdo conmigo o han disentido. La finalidad que se persigue al escribir es la creación, en la medida de lo posible, de un debate sobre temas que interesan a muchos. Así se intenta conseguir la mejor solución para todos.


Gracias a quienes dirigen EL MUNDO, de Medellín, y La Crónica del Quindío. Permitieron que me valiera de las páginas de los dos diarios, y jamás recibí de ellos una insinuación sobre el contenido de mis comentarios, o sobre su forma.


Todo tiene un final… Y el de estas notas ha llegado…