Columnistas

Glosas ligeras
Autor: Sergio De La Torre
9 de Octubre de 2016


Ahorrémosle hoy al lector más especulación de la que por estos días prolifera entre los columnistas –yo incluido– sobre el plebiscito y sus resultados, que sorprendieron a todos, a los amigos del SI y a los del NO.

Ahorrémosle hoy al lector más especulación de la que por estos días prolifera entre los columnistas –yo incluido– sobre el plebiscito y sus resultados, que sorprendieron a todos, a los amigos del SI y a los del NO. Quizá más a los segundos, que ahora no saben cómo administrar ese triunfo inesperado ni controlar sus consecuencias, sin tener que responder luego por haber propiciado, inocentemente, sin quererlo, un regreso a la zozobra anterior.


La victoria, en la política como en la guerra, conlleva un costo si no se tiene el cuidado de saberla manejar. A veces resulta incluso más cara que la derrota. Provocar el naufragio de un acuerdo de paz tan trabajosamente labrado, sin tener cómo reemplazarlo por algo plausible, que no sea la vuelta a la violencia, podría a la larga resultarle al ganador tan contraproducente como al perdedor. Claro que en la confrontación del domingo la diferencia aritmética fue mínima, tanto que, si el azar o la suerte hubieran obrado al revés, o sea a favor del SI, también sus personeros hoy estarían medio empantanados con su también pírrica victoria, inferior al 1% de ventaja. Nadie discute que un solo voto cuenta en el escrutinio definiendo el sentido de la voluntad popular, pero lo cierto es que en esta ocasión Colombia quedó de facto partida en dos mitades iguales. Y cuando en un plebiscito en que participan 13 millones de ciudadanos la mayoría es apenas de 50.000 papeletas, hay una ventaja, mas no propiamente una victoria.


Sin adentrarnos en largas interpretaciones y concienzudos análisis (que ya se han hecho y muy buenos en esta tribuna del pensamiento libre que es EL MUNDO) sobre lo ocurrido, quisiera por hoy resaltar solo una circunstancia, o un desacierto, que mal podemos soslayar y que debió en alguna medida (acaso más de lo que se cree) incidido en el veredicto de las urnas, pues días antes de los comicios por fuerza tuvo que haber repercutido en la decisión ya tomada de algunos votantes. No sé si muchos o pocos, pues la cantidad no importa cuando la distancia en el conteo final es tan estrecha, como en efecto lo fue.


Fue tan abultada la pifia o error en que, todos a una, incurrieron los sondeos, que causó extrañeza, y hasta la sospecha de haber sido manipulados por quienes siempre resultaban favorecidos, halagándolas con pingues y opíparos contratos. Me resisto a creerlo: es difícil concebir que tanta coincidencia en las cifras que todas arrojaban hubiera sido concertada o dictada a seis firmas encuestadoras bien acreditadas. Demasiadas como para que su pecado no se hubiera conocido tarde o temprano. De cualquier modo, fallaron en sus predicciones en una proporción muy alta y curiosamente uniforme entre ellas. Promediando las cifras, todas rondaban el 63% a favor y el 37% en contra, y sin embargo no alcanzaron a torcer la mayoría registrada el domingo. Nunca lograremos entender el misterioso mecanismo de los sondeos y de sus muestreos. La venalidad, codicia y tentación por la ganancia fácil no tienen límites, pero la torpeza e imprevisión sí los tienen. Aun suponiendo que no hubo dañada influencia ni manipulación, las firmas encuestadoras le hicieron un daño doble a los partidarios del acuerdo de La Habana. Primero por la sospecha que generaron, y segundo, porque los despistaron con el espejismo de un triunfo seguro. Dicho espejismo las desarmó y las hizo confiarse a ciegas en una ilusión que no se cristalizó. Ya proseguiremos con este tema, que es el que nos tiene y tendrá en vilo a todos los colombianos.