Editorial

Caminos de Noviolencia
5 de Octubre de 2016


Santos, habiendo dedicado tantos esfuerzos a la b鷖queda de la paz y la reconciliaci髇 con las Farc, debe con ese mismo ah韓co reconocer en quienes hasta el domingo fueron sus opositores,

Pasados dos días del plebiscito en el que ganó el rechazo al Acuerdo Final y el hundimiento del Acto legislativo para la paz, el doctor Juan Manuel Santos ha convocado a los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, para analizar alternativas de reconocimiento a las objeciones de más de 6 millones de habitantes, y las inquietudes que no dejan de tener muchos votantes del sí, para que se renegocie un Acuerdo respetuoso de la vida, la justicia, la equidad y la democracia. 


Encuentros como estos son el paso sucesivo para líderes que en campaña enarbolan banderas partisanas buscando el apoyo de los sectores que pueden identificarse con ellas, y que en la victoria -o la derrota- las arrían para buscar los puntos de concordancia entre los distintos, para construir un proyecto común. En el caso del presidente Santos, habiendo dedicado tanta paciencia, inteligencia, esfuerzos y recursos a la búsqueda de la paz y la reconciliación con las Farc, e incluso habiéndose acercado, así fuera tangencialmente, a la Noviolencia, este paso debe darlo con ese mismo ahínco para reconocer en quienes hasta el domingo fueron sus opositores, a colombianos que representan buena parte de la nación que debe escuchar y gobernar. Para ello valen también las enseñanzas del Mahatma Gandhi, a quien el mundo honra durante la Semana mundial de la Noviolencia que inició el domingo, día de su natalicio 147. 


Después de haber aceptado el veredicto de las urnas, incontestable no por el margen de la victoria sino por su sorpresiva manifestación a pesar del inequitativo espacio dado en medios oficiales y tradicionales a sus voceros para defender sus múltiples argumentos de rechazo al Acuerdo Final, el Gobierno debe asumir el reto de entenderlo, igual que necesita hacerlo con el sí, de manera que sea posible superar la falsa dicotomía creada en el fragor del proceso electoral, entendiendo que no todos los votos de rechazo representan apoyo al doctor Uribe, así como tampoco todos los votos por el sí, implican un respaldo personal al doctor Santos. En los conteos de las dos únicas alternativas que el Gobierno Nacional permitió como respuesta en este plebiscito, convergen las voces radicales pero sobre todo expresiones de la paz deseada, que todavía deben ser interpretadas. Reconocer esa diversidad ha de ser el paso hacia construir una conversación amplia que convoque a los partidos, las organizaciones sociales multipartidistas y organizaciones de víctimas, sobre todo aquellas que fueron desconocidas en el proceso que concluyó el domingo. 


Como ya lo decíamos en el editorial del lunes, los resultados del plebiscito nos han de generar muchas reflexiones.  Hoy nos queremos concentrar en el trabajo de periodistas y políticos quienes, con honrosas excepciones claro está, desde sus tribunas se sintieron guías morales de masas a las que subvaloran, no interlocutores de una ciudadanía independiente y en claro proceso de maduración. Llevados a la derrota, políticos y periodistas que comparten mesa y conversación, insisten en desestimar el respaldo popular y las razones de sus contradictores -negando las virtudes de Gandhi- para seguir tratándolos como incapaces. 


En cuanto al Partido Liberal, apelamos a nuestra fidelidad a su ideario, que no sujeción a sus normas y autoridades temporales, para reclamarle que vuelva sobre los principios e ideales construidos por generaciones de pensadores y activistas. Después de analizar los resultados, reconocemos que en el proceso plebiscitario el Partido Liberal le falló a sus militantes, por no escuchar sus voces múltiples sobre la negociación y los acuerdos, pero además constreñir a todos sus representantes a una disciplina “para perros” sobre una decisión ultrapersonal que lejos de obedecer a los principios liberales, sólo era exigible por la decisión de algunos de sus dirigentes a formar una coalición política, que no ideológica. De esta manera, el Liberalismo de los doctores César Gaviria, Ernesto Samper, Horacio Serpa y Juan Fernando Cristo le falló a los valores fundacionales de reconocimiento al pluralismo, el libre albedrío y la libre expresión. Si, como debe esperarse, aspiramos como partido proponer un candidato presidencial capaz de interpretar al pueblo colombiano y guiarlo al poder, el Partido Liberal debe reconocer que el enfoque arrogante, impositivo y politiquero fracasó, y sus líderes actuales deben asumir las responsabilidades de una derrota que también es suya.  Los liberales somos ahora los que debemos exigir una renovación de sus dirigentes con nuevas generaciones de liberales más conectados con su pueblo. 


El domingo, aunque tantos no quieran verlo así, los colombianos demostraron que, sin abrazarla, viven valores de  la  Noviolencia. Con valentía le dijeron a las Farc que no se dejan chantajear por sus acciones armadas y las hostilidades que persisten. Y le notificaron al Gobierno, los medios de comunicación y los partidos políticos que su vigencia depende de su capacidad para escuchar a ciudadanos que tienen todo para decirles.